Adicción al sexo

¿Adicción al “sexo” o Adicciones al “amos”?

Se puede hablar de tres especies en que se distingue la adicción al sexo o al amor mal entendido: La adicción al romance, la adicción a los vínculos destructivos y la adicción al sexo.

–       La adicción al romance es la propensión enfermiza a seducir o mantener romances ocasionales con distintas personas. Puede ser vivido solo de una forma fantasiosa (en la imaginación forjándose sus propias novelas amorosas) o en la realidad.

–       La adicción a los vínculos destructivos o “relaciones funestas”, se refiere a la enfermiza inclinación a unirse y convivir con personas que resultan dañosas o destructivas, y el ir pasando de una “pareja” a otra, escapando siempre de la soledad y el abandono.

–       La adicción al sexo se caracteriza por que el objeto de la preocupación del adicto es primaria y formalmente el placer o gratificación sexual.

Naturaleza de la adicción (sexual)

Como toda adicción existe una alteración del carácter. Los adictos se vuelven progresivamente más preocupados con la “fijación” sexual hasta que esta pasa a ser lo central de sus vidas. En la medida en que la enfermedad progresa, la obsesión sexual toma un mayor control de la vida de la persona y esta necesita gastar cada vez más tiempo y energía en la actividad sexual para mantener su nivel de excitación. El adicto se aleja de la realidad con dirección a la locura. Pueden generar estructuras psicopatitas clásicas; trastornos narcisistas, antisociales, etc.; baja tolerancia a la ansiedad; poca capacidad en manejo de impulsos y poca capacidad de sublimar.

Gerald May, en su clásico estudio Addiction and Grace, habla de una triple naturaleza de la adicción.

  1. La adicción psicológica. Ataca cada parte de la estructura mental; pero el ataque parece enfocado principalmente en dos áreas primarias: la voluntad y la autoestima.
  2. La naturaleza neurológica de la adicción. En la adicción, la actividad cerebral funciona en forma desequilibrada. De hecho, las alteraciones cerebrales de la pornografía, por dar un ejemplo, han sido objeto de importantes estudios, mostrando que esta interviene en las funciones cognoscitivas, incluyendo el conocimiento racional y su expresión en el “lenguaje Libre”. [1]
  3. La naturaleza teológica de la adicción. El adicto es prisionero de sus impulsos y esclavo de su egoísmo. Lo incapacita para amar y lo hace sacrificar el hombre espiritual al hombre carnal y animal.

Hay que destacar que no estamos ante un problema de conducta, sino ante una estructura de personalidad que incluye todo un sistema de pensamientos, modos de relacionarse y vincularse con los demás, con los objetos y las circunstancias de la vida, etc. Incluye, por lo tanto múltiples aspectos.

Consecuencias de la adicción

Las consecuencias de la adicción pueden ser muchas y nefastas.

  • La adicción sexual tiene, ante todo, consecuencias físicas. Aumenta las posibilidades a contraer infecciones tales como SIDA, herpes genital, sífilis, gonorrea y otras de transmisión sexual.
  • Más notables son las consecuencias psicológicas. El adicto pierde su capacidad de elección, su voluntad se debilita y parece incapaz de obrar en contra de lo que le exige la adicción. También pierde el respeto por sí mismo y se profundiza el complejo de inferioridad que, algunas veces, está en la base de estos problemas.
  • Serias consecuencias en el campo laboral y económico. Disminución de la capacidad de trabajo, llegando incluso a la incapacidad laboral y, consecuentemente, a la pérdida de la profesión. Algunos adictos terminan en prisión, son echados de su trabajo, sufren demandas judiciales u otros tipos de consecuencias legales y financieras por sus hábitos.
  • Destruye la reputación y la buena fama, ya que es muy difícil que una persona adicta pueda ocultar por mucho tiempo su problema.
  • Son dramáticas las consecuencias para la misma familia. Muchas veces la adicción es la causa de la ruptura familiar, de separaciones y divorcios. Las familias del adicto están marcadas por el conflicto constante, el aislamiento y la falta de diálogo y comunicación. La adicción puede generar co-adicción o co-dependencia en los otros miembros de la familia.
  • Hay que mencionar también las consecuencias legales y sociales. Las adicciones pueden empujar fácilmente a acciones que la ley castiga. Como por ejemplo la corrupción de menores.
  • Finalmente, la posibilidad de ser arrastrados por la dependencia sexual a otras adicciones.

[1] Reisman, Judit, Ph.D. “The Psychopharmacology of Pictorial Pornography”.

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La masturbación como una forma de adicción sexual

Tomado del libro del Padre Jorge Loring, ‘Para salvarte’ (n. 68,23).

El vicio solitario (masturbación) consiste en abusar del propio cuerpo excitando los órganos genitales para procurarse voluntariamente el placer hasta el orgasmo. A veces, se comienza por mera curiosidad; pero si no se corrige esta inclinación se convierte en un vicio obsesivo que esclaviza a la persona y le desinteresa por todo lo demás: como le pasa al drogadicto.

La masturbación puede llegar a ser algo obsesivo en la persona. Hace del placer sexual algo egoísta, cuando Dios lo ha hecho para ser compartido dentro del matrimonio. Conozco casos de matrimonios fracasados porque uno de los dos, esclavizado por la masturbación, se negaba a las naturales expresiones de amor dentro del matrimonio.
Quien se deja esclavizar del vicio de la masturbación puede arruinar la armonía sexual de su matrimonio. Una mujer joven se quejaba en la consulta de un médico de que su marido tenía con ella muy pocas relaciones sexuales. Él reconoció, delante de ella, que prefería masturbarse .

Quien tiene la desgracia de verse esclavizado de esta mala costumbre debe poner el mayor esfuerzo en corregirse cuanto antes. Este vicio encadena fuertemente, cada vez es más difícil desligarse de él, y cuando tiene esclavizada a una persona, la envilece, la embrutece, anula su voluntad, destroza su carácter, perturba el desarrollo de su personalidad, debilita la fe, produce desequilibrio nervioso, hace egoístas e incapacita para amar a otra persona.

No se puede abusar del organismo. La naturaleza pasa después la factura. El cuerpo humano tiene sus límites. No se pueden gastar las energías destinadas al desarrollo integral de la persona humana.

Incluso para Freud ‘el masturbador incurre en riesgo de bloquear el desarrollo y maduración de su psicoafectividad’ (Dr. HONORIO SANJUÁN: Estudios sobre sexualidad, 3º, III. Toledo, 1979).
‘La práctica habitual de la masturbación conduce a graves desequilibrios nerviosos’ (Dr. JOSÉ TODOLÍ: Estudios sobre sexualidad, 4º, II. Toledo).

Todos los médicos están de acuerdo que cuando la masturbación es frecuente, conduce a la neurastenia (DUBOIS: La revolución sexual, XIII, 2. Barcelona, 1975).

Y cuando la masturbación es un vicio esclaviza como todos los vicios.

‘Cuando la masturbación se convierte en hábito, debe ser calificada como falta de madurez. (…) Cuando la masturbación presenta síntomas de psicosis y neurosis, debe buscarse la ayuda de un profesional que la someta a un tratamiento adecuado. (…) Las fuentes que dan pábulo a la fantasía -lecturas, televisión, cine- han de considerarse como la base de muchas acciones que no deberían haber tenido lugar, si no hubiesen sido estimuladas’.

Hay maníacos sexuales que buscan el placer una y otra vez por sí mismo, y caen, como los drogadictos, en el círculo de una insaciable repetición, con el fin de superar en cada nuevo intento, las incesantes frustraciones.

‘La masturbación hecha costumbre da por lo general seres psíquicamente replegados sobre sí mismos, especialmente incapaces de elevarse a un auténtico amor sexual’ (B. HÄRING: La ley de Cristo, 3º, 3ª, I. Ed. Herder. Barcelona).

El vicio de la masturbación es causa de muchos fracasos en los estudios y en el deporte. Esto lo saben muy bien los estudiantes y los deportistas.

Cuando un ser humano se habitúa a satisfacer un instinto en una forma determinada, puede llegar a perder, a través de un mecanismo psicológico, el deseo o la atracción por todas las demás formas.

El hábito de saciar el hambre sexual de una forma anormal y viciosa, puede llegar a provocar la repelencia por el acto natural, con lo cual el masturbador entra de lleno en el campo de la incapacidad sexual psicológica.

El vicio de la masturbación lleva a la eyaculación precoz en el matrimonio, que impide acomodarse al ritmo de la mujer que es más lenta, y es causa de graves problemas en la armonía sexual matrimonial.

Los médicos americanos que habían tratado a muchachas que se masturbaban, descubrieron que después de casarse resultaban esposas frígidas.

Dice el Dr. Luis Riesgo: ‘No es inteligente considerar la masturbación como algo natural, pues causa una serie de trastornos en el adolescente. No sólo en el campo religioso, sino en el afectivo, psicológico, intelectual, etc., donde se hacen sentir sus malos efectos. (…) El que en plena adolescencia el joven sienta fuertemente el impulso sexual, tiene un profundo valor educativo.

(…). Más tarde en su vida conyugal, muchas veces tendrá que dominar sus inclinaciones’ (Dr. LUIS RIESGO: Hablando en familia, III, 5. EAPSA. Madrid).

Estas partes del cuerpo deben respetarse con delicadeza, y sólo tocarlas por necesidad, limpieza, higiene, etc. Pero nunca tocar estos órganos sólo por gusto. Con eso no se juega.

Éste es un pecado degradante, repugnante, inconcebible en una persona delicada. Sin embargo, si después te da vergüenza confesarlo, entonces la desgracia es doble e irreparable. Si tuviste la desgracia de la caída, no permitas la de la vergüenza de confesarlo. Acude a un sacerdote y ábrele tu conciencia para que te perdone y te ayude a salir de tan triste estado. Ten confianza. Tienes remedio.

Muchos empezaron esta mala costumbre sin conocer su importancia. Bien porque lo descubrieron de un modo casual, bien porque fueron enseñados por otra persona que intencionadamente quitó importancia al asunto.
Pero la masturbación es un vicio que puede esclavizar fuertemente y transformar el carácter de la persona, y hasta su ideología religiosa.

La masturbación puede llevar a perder la fe. Muchas incredulidades han empezado en la masturbación. El joven siente inclinación a masturbarse, oye que la Iglesia lo prohíbe, y siente la tentación de dejar la Iglesia que le prohíbe lo que le gusta hacer, y quizás le cuesta trabajo evitar.

Dice José Antonio Sayés:’Pero, por otro lado, no podemos olvidar que la masturbación no contribuye a la superación del problema sexual o de la tensión de un momento dado. Conduce, por sí misma, a la larga, a una erotización mayor y a una obsesión creciente, de modo que a la larga el problema no se soluciona.

El sexo, no lo olvidemos, (Chauchard no se cansa de repetirlo) está sobre todo en la cabeza. Tiene una capacidad obsesionante tal, que la solución del problema sólo se logra cuando el hombre consigue entregar su pensamiento a tareas que le ilusionen. La solución al problema del sexo, y a una obsesión excesiva, sólo se encuentra de modo indirecto, cuando el hombre consigue centrar su pensamiento en algo que le ilusiona. He sido testigo de cómo muchachos que se han entregado con ilusión a una ocupación deportiva, incluso en presencia de chicas, o a otro tipo de ocupación, no tenían problema alguno sexual; mientras éste surgía siempre que se dejaban llevar por el ocio’.

Es fácil que quienes han contraído el hábito de la masturbación experimenten un fuerte sentimiento de culpabilidad capaz de destruir todo estímulo de vida y de producir un permanente complejo de inferioridad. El único tratamiento pastoralmente eficaz es el de procurar abrir horizontes hacia expresiones plenas de la afectividad y hacia tareas culturales, profesionales, sociales y religiosas, que den sentido a sus vidas .

La gravedad de cada acto masturbatorio no siempre es fácil determinarla pues depende de muchas circunstancias y pueden darse atenuantes de la responsabilidad. Sin embargo se debe poner un serio empeño en evitarlo por el peligro de caer en la esclavitud del hábito.

Dice Robinson: ‘Los trastornos afectivos y algunas situaciones neuróticas provocan frecuentemente manifestaciones de autoerotismo, que alcanza, a veces, un carácter convulsivo claramente psicopático…

Está comprobado que la masturbación ejerce siempre una mala influencia, sobre todo en la psicología juvenil. Debilita la fuerza de voluntad, la confianza en sí mismo, y perturba el desarrollo de la personalidad. Crea melancólicos e introvertidos y, en el fondo, egoístas. La masturbación es una satisfacción sexual egoísta, que marca a la persona y la incapacita para el verdadero amor.

La masturbación es, muchas veces, un recurso barato y triste; una compensación, un consuelillo de segunda clase por algún otro éxito de cualquier otro tipo que no hemos sido capaces de conseguir.

Con todo, no todos los actos masturbatorios son de la misma gravedad.

Cuando un joven tiene interés en corregirse y pone los medios que tiene a su alcance aunque tenga caídas, éstas pueden tener atenuantes a su culpabilidad. Siempre se puede acudir a Dios pidiéndole ayuda, pues Él nunca abandona a los que acuden a Él, pidiéndole ayuda para algo bueno y conveniente. Y como dice San Pablo: ‘Todo lo puedo en Aquel que me conforta’.

En la adolescencia, la masturbación puede aparecer como algo pasajero.

Como eso de los granos.

Pero si es repetitivo, puede degenerar en hábito; y esto es grave. Lo lógico es que deje un sentimiento de culpa. Sin duda es mejor dominarse que dejarse vencer. Dominarse es señal de adultez. La victoria es señal de madurez. La caída es señal de debilidad; por eso deja sentimiento de culpa.

En la edad madura, la masturbación puede ser síntoma de algo más serio, sobre todo si es persistente. Puede indicar un estado de adolescencia mental, o alguna otra deficiencia psíquica. Se encuentra, desde luego, en muchos tipos de demencia senil y en el alcoholismo. En general puede aparecer en todos los estados mentales, en los que se dé una descohesión de la personalidad que tenga por consecuencia una pérdida de control de los instintos más primitivos’.

A veces las caídas en la masturbación no son por una intención lujuriosa. Son consecuencia de una depresión, una angustia, una ansiedad que no permite conciliar el sueño, etc. Casos así pueden remediarse con algún sedante inofensivo como Huberplex, Librium, etc.

En una conferencia que le oí en 1976 al Dr. D. José M Poveda Ariño, Jefe del Departamento de Psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid, titulada ‘Ciencia y Doctrina Moral Sexual’, dijo que la masturbación es un fenómeno evitable por cualquier persona normal. Y en los casos en que esta superación parezca difícil es perfectamente asequible con los productos que un médico puede recomendarle.

En enero de 1976 el Vaticano publicó un documento sobre Moral Sexual donde dice: ‘El uso deliberado de la facultad sexual, fuera de las relaciones conyugales normales, contradice esencialmente la finalidad de esta facultad (n 5)’. También dice este documento que ‘la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado (n 9)’.

Y en 1983 el Vaticano ha publicado otro documento sobre la educación sexual donde dice: ‘La masturbación es un grave desorden moral .Y aunque sólo Dios conoce la responsabilidad moral subjetiva de cada acto, de ningún modo se puede sostener que en el campo sexual no se cometen pecados mortales’.

Pero no has de considerar pecado todos los tocamientos en tus órganos genitales. Pueden ser pecado los tactos encaminados a excitar el placer sexual; pero otros actos que se hacen por necesidad o por higiene, no son pecado alguno. Y en las conmociones orgánicas que sientas involuntariamente, reprime el consentimiento, y en paz. No has pecado contra la pureza. Aprende a distinguir entre el sentir y el consentir. Puede ser que a veces sientas movimientos contra tu voluntad en tus órganos genitales. Acostúmbrate a prescindir de esas sensaciones.
El pecado no está en el sentir, sino en el consentir. En el noveno mandamiento te expongo el modo de luchar contra estas tentaciones molestas.

Pero si tuvieras la desgracia de haberte complacido voluntariamente en ese placer sexual, entonces manchaste tu pureza.

El orgasmo, que es la sacudida que experimenta el cuerpo con la satisfacción del placer sexual, es derecho exclusivo de casados. Una persona soltera no puede ni procurárselo voluntariamente ni aceptarlo si lo experimenta involuntariamente. A veces el orgasmo se produce imprevistamente. En ese caso tampoco es lícito saborearlo voluntariamente, aunque no se pueda evitar la sensación placentera.

Pero cuando ocurre durmiendo no es pecado alguno.

El placer venéreo completo, el orgasmo, buscado directamente, sólo está permitido dentro del matrimonio, dentro del acto conyugal.

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¿Cómo salir de la adicción sexual ?

Tomado de la página de Sexólicos Anónimos de España (http://es.geocities.com/sa_espanarec/)


LA VICTORIA SOBRE LA LUJURIA Y LAS TENTACIONES 

Cuando interrumpimos nuestras conductas adictivas habituales y somos capaces de mantenernos sobrios durante un cierto periodo de tiempo, descubrimos que aunque no cedamos a nuestras compulsiones, las obsesiones todavía nos persiguen, aunque a veces puedan desaparecer durante un tiempo. La lujuria, tal como lo hemos comprobado, puede adoptar muchos disfraces, y a medida que avanza la sobriedad aprendemos a reconocerlos. Para una persona, la lujuria puede consistir en desear a alguien. Para otra, en la obsesión con que la deseen. Para otra, se puede presentar como una necesidad sexual o emocional desesperada de alguien. En cualquier caso, es nuestra actitud interna la que constituye el problema, y el trabajo que corresponde a nuestra recuperación ulterior consiste en un cambio de actitud y en la victoria progresiva sobre la lujuria.

La lujuria sólo cede ante el trabajo lento y paciente del programa en compañía de otros que hacen lo mismo. Esta es una de las razones por la que necesitamos permanentemente la fraternidad de la sobriedad. Las recompensas son infinitas y nos proporcionan la auténtica libertad que siempre hemos anhelado.
En el siguiente texto, un miembro nos cuenta cómo venció la obsesión que tenía con la lujuria. Estas sugerencias nos han ayudado a muchos a mantenernos sobrios y han resultado útiles para vencer la lujuria y las tentaciones.

COMO VENCÍ MI OBSESIÓN CON LA LUJURIA

¿Cómo la vencí? No fui yo. Una mujer de AA, después de intervenir en una reunión, me dijo citando el capítulo quinto de Alcohólicos Anónimos que ‘Dios podía y lo haría si lo buscábamos’. Así fue como lo conseguí. Permitiéndole a Dios que lo hiciera, ya que yo no podía. Pero Dios podía y lo haría—y así sucedió—. Pero tuve que asistir a las reuniones y aprender cosas como esas. ‘Reuniones, reuniones, reuniones, reuniones’. Eso fue lo que me decían. ‘Sigue trayendo el cuerpo’. ‘Trabaja los pasos, trabaja los pasos, trabaja los pasos’. Yendo a las reuniones y trabajando los pasos; de este modo lo logré. Así fue como aprendí a dejar que la gracia de Dios penetrara en mí y eliminara la obsesión. Paso a relatar las conductas que me ayudaron:
1. Dejar de practicar la compulsión . Interrumpí mis actividades sexuales adictivas en todas y cada una de sus formas, incluidos los actos sexuales conmigo mismo y las relaciones sexuales fuera del matrimonio. La obsesión con la lujuria no disminuye si sigo practicando conductas lujuriosas.

2. Dejar de satisfacer la obsesión . Esto significaba eliminar dentro de mi esfera de control todos los materiales impresos y visuales y otros símbolos de mi tiranía. Tenía que dejar de satisfacer a la lujuria en las miradas, en el uso de la televisión, de las películas y de la música, y dejar de utilizar y de escuchar el lenguaje de la lujuria.

También tenía que dejar de vivir exclusiva y permanentemente encerrado en mí mismo. Eso era una de las ventajas que proporcionaba el asistir a muchas reuniones. La mayoría de nosotros vivimos encerrados en nosotros mismos, rara vez estamos en el mundo real.

3. Participar en la fraternidad del programa . No conozco a nadie que pueda permanecer sobrio y libre de la obsesión con la lujuria sin la ayuda de otros adictos. Yo no pude. La fraternidad es donde tiene lugar la acción, donde está la magia, donde se establece la Conexión, donde nos sentimos parte de algo.

Al principio, lo único que era capaz de hacer era asistir a las reuniones. Más tarde seguí el consejo que me habían dado de participar en la mecánica de las mismas: colocar las sillas, limpiar, ocupar puestos tales como los de encargado de las publicaciones, tesorero o secretario. El hecho de participar hizo que me sintiera parte integrante de algo , en vez de estar aparte de todo- mi eterno problema. Más tarde fui capaz de salir a tomar café, comencé a tratar a los miembros de forma individual, e inicié el molesto pero necesario proceso de mejorar relacionándome y abriéndome a otros fuera de las reuniones.

4. Admitir que era impotente . Al comienzo del todo, cuando la compulsión me arrastraba a la acción, lo único que era capaz de hacer era gritar: ‘Soy impotente; por favor, ayúdame.’ A veces hasta cien veces al día. A medida que comencé a experimentar el primer paso a fondo, la palabra impotencia se convirtió para mí en la más hermosa del vocabulario. Todavía lo es. Más tarde descubrí que era impotente frente a mí mismo.

Cuanto más combatía a la lujuria, más se resistía y contraatacaba; mi fuerza de voluntad parecía incrementar el poder de la lujuria en vez de mantenerla a raya. La lectura del primer paso del Doce y doce me ayudó a comprender que mi impotencia era ‘la base firme sobre la que se podían construir vidas felices y plenas’ (pág. 19). Finalmente, dejé de intentar parar. Sólo admitiendo a otros miembros el poder que la lujuria tenía sobre mí era capaz de recibir el poder necesario para vencerla.

5. Rendirme . Si no nos hemos rendido, la mera admisión de impotencia no nos ayuda a contactar con nuestro Poder Superior. En mi caso, al principio, admití mi derrota y capitulación al grupo a cuyas reuniones asistía y me puse en sus manos. Esto implicaba acudir a las reuniones y ser lo más sincero, abierto de mente, y adoptar la mejor disposición posible. De esta forma llegué a experimentar el segundo paso y a tener la esperanza de que un Poder superior a mí me devolvería el sano juicio. Esto preparó el camino hacia la rendición que más tarde tendría lugar en el paso tercero, y esta rendición consistiría en ponerme en manos de Dios tal como Lo concebimos.

En lo que a mi lujuria respecta, sabía exactamente lo que para mí significaba rendirme y qué era lo que tenía que hacer. Cada vez que tenía alguna tentación, procedente de mi interior o del exterior, decía: ‘Renuncio a la oportunidad que tengo de desear a esta persona; por favor, libérame de este deseo.’ Y tal como lo afirma ‘Dios podía y lo haría…’, así sucedió. Puede que haya sentido algún malestar o miedo, y puede que haya tenido que repetir el acto de rendición varias veces, pero me da buenos resultados. Al principio estaba asustado, pero continuaba sobrio, y paulatinamente, a medida que iba superando las tentaciones, me iba resultando más fácil.

6. Sacar a la luz lo que hay en nuestro interior . Cuando comencé a ver que por lo que parecía nunca me curaría de la posibilidad de desear con lujuria, me vi obligado a incorporar los otros pasos a mi vida. Los pasos cuarto y quinto me brindaron la posibilidad de examinarme críticamente. Esto fue probablemente el cambio de actitud más importante en el primer periodo de mi recuperación.

Pero tuve que continuar realizando mini-inventarios con la lujuria, tal como se sugiere en los pasos quinto y décimo. Cuando veía que alguna experiencia, imagen, recuerdo, o pensamiento se apoderaba de mí, tal como a menudo sucedía, lo sacaba a la luz comentándoselo a otra persona del programa. Los exponía al aire y a la luz del sol. La lujuria odia la luz y huye de la misma. Ama los escondrijos oscuros de mi ser. Una vez que permito que se acomode ahí, se reproduce como los hongos. Pero en cuanto la expongo a la luz, mostrándosela a otro sexólico en recuperación, pierde el poder que sobre mí ejercía. La luz mata la lujuria. Actuaba así en casos concretos, no con generalidades. A veces implicaba robarle a alguien su tiempo, pero me purificaba y me mantenía sobrio. Cada vez que lo hablaba con alguien con actitud de rendición, el poder que esa experiencia o recuerdo ejercía sobre mí desaparecía. Otro descubrimiento nuevo e importante.

7. Confiar . Cuando ya iba siendo capaz de vivir libre de la lujuria, e iba confiando cada vez más en el poder de Dios para vencer la obsesión, adquirí la costumbre de comenzar el día con una oración en la que, durante ese periodo de veinticuatro horas, ponía mi lujuria y me ponía a mí mismo en las manos de Dios. Esto quería decir que estaba aprendiendo a vivir sin la lujuria y que quería sinceramente liberarme de la misma. Ahora comienzo el día con la oración del tercer paso (de Alcohólicos Anónimos , pág. 59), cambiando algunas palabras para que se adecuen a mi caso personal. Es más o menos así:

‘Te ruego que me mantengas sobrio y me protejas de la lujuria hoy, porque solo yo no puedo…En este día te ofrezco mi voluntad y mi vida, para que obres en mí según tus deseos. Libérame de la servidumbre del ego, para que pueda cumplir mejor tu voluntad. Elimina los obstáculos que haya en mi camino y haz que mi victoria sobre los mismos sea un testimonio para aquellos que con el apoyo de tu fortaleza, de tu amor y de la puesta en práctica de tu forma de vida, reciban mi ayuda. Concédeme hoy lo que necesite. Hágase tu voluntad y no la mía’.

8. Utilizar las publicaciones del programa . El Doce y doce Alcohólicos Anónimosfueron mis primeras guías en el trabajo de los pasos. Siempre encontré lo que necesitaba en esos documentos fundacionales del programa de los doce pasos. Muchos de nosotros descubrimos que trabajar los principios descritos en nuestras publicaciones ensancha el horizonte de nuestra sobriedad y es muy útil. Al utilizarlos aprovechando la soledad y el recogimiento de nuestros momentos de tranquilidad, enriquecemos la visión que tenemos de nosotros mismos y de nuestra recuperación, de acuerdo con nuestra realidad y circunstancias.

9. Trabajar los otros defectos . Descubrí para mi sorpresa que la lujuria no era mi problema fundamental. Era sólo un síntoma más de mi enfermedad espiritual subyacente- mis actitudes enfermizas. La lujuria era sólo una manifestación más de esta enorme fuerza negativa que yacía en mi interior y que trataba de irrumpir de la forma que fuera. Tan pronto como la lujuria comenzaba a disminuir, aparecía el resentimiento. Más tarde el miedo. Después el espíritu crítico y de condena. Era como intentar taponar el agujero de una presa. Mientras tratas de tapar una grieta, se abre una nueva en otro lugar, porque hay una masa enorme de agua tras la presa, y la presión que ejerce hará que se desborde por el punto más débil.

Esta masa enorme de agua es mi lado destructivo y negativo. Y el grado en el que puedo conectar con la fuerza positiva (Dios) revela la medida en la que estoy desconectado de la parte negativa en cualquiera de sus formas. Gracias a Dios, hoy soy libre y capaz de decidir qué es lo que quiero.

La consecuencia más positiva de tener que trabajar mis defectos para liberarme de la obsesión con la lujuria es la posibilidad de conectar finalmente con la vida. Pero no puedo liberarme de una obsesión mientras estoy ebrio de otra. No puedo estar libre de la lujuria mientras me encuentro borracho de resentimientos, etcétera. Asistí a reuniones de estudio de los pasos para conocer los métodos que otros utilizaban para superar sus defectos. Me dijeron que una de las mejores formas de cortar de raíz los resentimientos es rezar por la persona a la que guardo rencor. Pide para ellos lo que quieres para tí, me recomendaron. ¡Me dio resultado! La primera persona que me ayudó a alcanzar la sobriedad fue objeto de innumerables oraciones diarias. Al parecer no le beneficiaron mucho (¿quién sabe?), pero a mí me impidieron caer en la trampa del resentimiento.

10. Aprender a dar en vez de recibir . Esta técnica también daba buenos resultados con la lujuria. Cuando capto una imagen apetecible de refilón, en vez de dejarme llevar por el impulso que me arrastraba a mirar y beber, rezaba por esa persona y continuaba mi camino sin mirarla. Podía ser un simple: ‘Dios la bendiga y le proporcione lo que necesite’. O dependiendo de la intensidad del estímulo lujurioso, podía ser más ferviente: ‘Dios la bendiga y le ayude; hágase Su voluntad en su vida’.

Comencé a hacer lo mismo con las modelos de los anuncios que ejercían un poder semejante sobre mí. Cuando actúo de esta forma, me siento mejor y recibo algo que es limpio, fuerte, libre y bueno. De alguna manera, me convierto en un canal transmisor del bien, en vez de abrirle un conducto a la lujuria a través del cual penetre la maldad. El grado en el que bebo de esa imagen indica en qué medida soy esclavo de la misma; la medida en la que doy de mí a otro es la medida en la que me libero de su poder. Además…resulta mucho más fácil conseguir la victoria dando que intentándolo a través del fastidioso y mortificante recurso a la fuerza de voluntad.

Haz la prueba alguna vez: no puedes desear con lujuria a alguien por quien rezas de este modo. He aquí una experiencia tal como la relata una mujer de SA:

Recuerdo al comienzo de mi sobriedad un video muy sugestivo en unos grandes almacenes. Sentí una atracción irresistible, y sin darme cuenta de lo que me había pasado, esa imagen se apoderó de mí. Comencé a rezar una y otra vez por esa cantante. El resultado fue increíble. Desde entonces lo he hecho muchas veces, y siempre me da buenos resultados .

Esta acción puede servir para enmendar de forma indirecta los daños causados a todos los objetos anónimos de mi lujuria y de mis actos sexuales- esos extraños a los que ayudé a consolidar su forma de vida destructiva. Parece ser una ley natural del universo: recibo en la medida que doy.

11. Elegir un padrino de SA . Necesitaba a alguien que tuviera una visión de mí más objetiva que la que yo tenía, aunque esa persona tuviera también sus propios defectos. (Cada vez que me decidía por un padrino encontraba que tenía defectos lo suficientemente grandes como para justificar mi rechazo si hubiera querido buscar una excusa). Lo que me daba mejor resultado era pedir ayuda y seguir sus instrucciones. Establecimos un contacto regular y hacía lo que me decía. Esto me transformó en una persona dispuesta a aprender y me evitó muchos sufrimientos y pérdida de tiempo.

12. Buscar amigos del programa . El sexolismo me había impedido disfrutar de la verdadera intimidad. Me había convertido en un ser solitario, incapaz de dar y de recibir amor. Para recuperarme tuve que dejar de aislarme y comenzar a tratar a la gente. Pero no sabía cómo hacerlo. Al principio, para mantenerme sobrio, me vi forzado a hacer algunas llamadas telefónicas. Después, a medida que le contaba a otros mis tribulaciones y ellos me hablaban de sus problemas, se fue creando un vínculo entre nosotros. Compañeros de sobriedad- ¡qué alegría! Contribuyó a que ese mundo interior, tan gris y solitario, del ego aislado se transformara en la luz radiante de los tiempos alegres que pasábamos juntos. La victoria sobre la lujuria no era la aburrida y deprimente experiencia que yo me temía. Comenzaba a contactar con la vida y a sentir brotes de gozo. Comenzaba a adquirir lo que la lujuria en realidad había estado buscando. No puedo liberarme de la tiranía de mis deseos lujuriosos y disfrutar de la experiencia de la liberación interior sin este contacto con lo real.

13. Transmitir el mensaje de mi recuperación . Al principio, comencé cautelosamente a hablar de mi obsesión sexual y de mi deseo de recuperación a los que en sus alusiones dejaban traslucir tener problemas semejantes. No sabía que esto era parte del paso duodécimo. Lo hacía porque quería. Después comencé a transmitir la verdad de mi propia experiencia en otras reuniones a las que asistía. Muy pocos respondían, pero el caso es que a mí me ayudaba.

Bill W. de AA solía decir que el paso duodécimo ‘exige poco dinero y mucho tiempo’. Descubrí que estar dispuesto a emplear una fracción del tiempo y del dinero que había empleado en mi adicción, en transmitir el mensaje de recuperación, me ayudaba a mantenerme sobrio. Cuando doy desinteresadamente así de mi tiempo y de lo que tengo, recibo los valiosísimos dones de la liberación de la lujuria, además de alegría y serenidad. En el transcurso de este proceso, he dado los primeros pasos vacilantes e inseguros en el aprendizaje de cómo amar a otro ser humano. No podía pedir mejor recompensa.

14. Realizar actos de amor . La sobriedad negativa -limitarme a no hacerlo- termina en fracaso al cabo de cierto tiempo. Eso fue lo que conocí durante muchos meses, y ese es el motivo por el que un día, sin tener ningún problema concreto y después de haberle dicho a un antiguo compañero de enseñanza secundaria que era un borracho de sexo recuperado, comencé mi viaje de regreso a la adicción. No sabía lo que me había ocurrido. No fue un pequeño desliz. Fue una auténtica caída. Caí con todo el equipo.

El aspecto más crucial de mi recuperación es que fracasaré a menos que encuentre lo que mi lujuria en realidad está buscando. Interrumpir lo negativo sin conectar con lo positivo no sirve de nada. Para los sexólicos como yo nuestra opción es el todo o la nada. ‘Andarnos con medias tintas no nos sirvió de nada’ dice Alcohólicos Anónimos en la página 59. Y en mi caso es verdad.

La gente del programa me enseñó que los pensamientos adecuados nunca producen las acciones adecuadas, pero que si realizo las acciones correspondientes, los pensamientos y los sentimientos adecuados vienen a continuación. Durante mi sobriedad sexual descubrí que sólo me sentía inclinado a tocar a mi esposa de forma sensual, erótica o sexual. Nunca la había tocado como persona , de forma espiritual, podríamos decir. Pero me di cuenta que si realizaba la acción de tocarla como persona, el deseo de hacerlo se producía a continuación. Nunca podré olvidar la primera vez cuando, ya sobrio, después de todo ese caos y de una separación horrible, un día fui capaz de mirarle a los ojos, de extender la mano, tocarle el brazo y darle las gracias. ¡De qué manera esa conexión hizo fluir la fuerza del amor! Después de haber realizado esa acción los ojos se me llenaron de lágrimas.

En otra ocasión, mi esposa había preparado sopa, pero las emociones negativas se habían apoderado de mí y me dirigía hacia la puerta, sin saber adónde iría a continuación. Me detuve  el tiempo suficiente para llamar a mi padrino que me recordó bruscamente que era domingo y que estaba ocupado (ninguno de mis padrinos pretendieron ser santos). En diez segundos identificó el “problema” (la obsesión conmigo mismo) y después de decirme: ‘Siéntate y tómate la sopa’ me colgó el teléfono. Me senté sin pensarlo, mecánicamente, y tomé la sopa que ella me había preparado. El ansia terrible de tener que salir corriendo desapareció. Llevé a cabo la acción, y los sentimientos surgieron a continuación.

La oportunidad más grande de practicar el amor no es en las reuniones, sino en el hogar. Ese es el lugar en el que me resulta más difícil. Es mucho más fácil para mí rezar por las prostitutas y los otros miembros de SA que realizar actos de amor para con mi esposa e hijos. Pero tengo que hacerlo si quiero dar el salto a la vida. ¡Y yo quiero vivir!

Otro acto de amor que produce resultados sorprendentes es el de rezar por mi esposa; pedir para ella lo mejor. Está relacionado con uno de los temas antes citados, el de la práctica de dar en vez de la de tomar. Desde que limité mis actividades sexuales a las relaciones con mi esposa, descubrí, al redactar mi inventario, que mi dependencia de ella era enfermiza. En consecuencia, para poder eliminar dicha dependencia, me abstuve con su consentimiento de toda actividad sexual con ella durante un período de tiempo considerable.

Más tarde, llegué a la conclusión de que tenía que estar dispuesto a prescindir por completo de sexo mientras mi dependencia estuviera todavía afectada por alguna forma de ‘intercambio de afecto por sexo’. ‘Con esposa o sin ella, no dejaremos de beber mientras dependamos más de otras personas que de Dios.’ ( Alcohólicos Anónimos , pág. 91).

Por lo tanto, cada vez que experimentaba algún sentimiento negativo hacía mi esposa, rezaba por ella. Lo hacía aunque no me apeteciera. Me daba muy buenos resultados. Tengo que estar siempre dispuesto a renunciar al resentimiento y a perdonar. Para casos como este, los pasos sexto y séptimo nos vienen como anillo al dedo.

15. Reconocer y satisfacer mi sed de Dios . A medida que adquiría un nuevo estado de conciencia, comencé a presentir que mi impulso más importante no era ni hacia el sexo, ni el de acaparar poder, ni hacia cualquier otra cosa que se me ocurriera, sino mi sed espiritual -el ansia de Dios, mi necesidad del mismo Dios. Al parecer, lo que busco en estas borracheras visuales de lujuria mientras camino por las fascinantes avenidas del mundo es un contacto, una conexión. Lo que quiero en realidad es establecer el gran Contacto con la fuente de mi vida. Y para mí como enfermo, la Mujer es la fuente de mi vida, mi dios. La lujuria me engaña y me hace creer que no puedo vivir sin ella, cuando en realidad lo que no puedo es vivir sin Dios.

Así, otra técnica que uso y que me da muy buenos resultados en el momento de la tentación es pedir— antes de volver la cabeza y beber—’Sea lo que sea aquello que busco ahora, permíteme encontrarlo en Ti’. Cada vez que una persona me atrae, repito una y otra vez esta oración. Me da muy buenos resultados. ¿Hay acaso otro modo mejor de practicar el paso undécimo?

Este principio de sustituir las tentaciones por la oración da buenos resultados con todas mis emociones negativas. La presencia divina penetra en el lugar que la lujuria, el resentimiento, el miedo o el juzgar a otro ocupaban en mi mente y lo llena. Sustituyo lo irreal por lo Real. Recurro a Dios en esas situaciones. Cerrar los ojos me ayuda.

16. Expulsar la lujuria y las tentaciones de mi interior . Hay ciertas épocas en las que me da la impresión de que camino a través de un campo de minas, con todo tipo de cargas explotando a mi alrededor. Su severidad y persistencia hacía que me preguntara si no estaba sufriendo un ataque. En ocasiones semejantes, he llegado al extremo de expulsarlas oralmente de mi interior, como si se tratase de una presencia maligna y extraña, y recurriendo, no a mi propio poder o autoridad, sino al de mi Poder Superior. No estoy seguro de comprenderlo, y tampoco le doy demasiada importancia, pero me ha dado buenos resultados, especialmente cuando me daba la impresión que estaba a merced de los acontecimientos. Más tarde, en el transcurso de los años, he oído a otros miembros contar experiencias semejantes.

17. Buscar refugio en Dios . Invoco a menudo la presencia de Dios para protegerme, a modo de escudo, de mi propia lujuria o emociones, o de la lujuria o emociones de los demás. Tan pronto como me siento abrumado o veo la imagen de refilón y me entran deseos de volver la cabeza y beber, digo: ‘Recurro a Tu presencia para protegerme de mi lujuria (o de lo que sea).’ Pero, ¡tengo que ser yo el que sujete y levante ese escudo! Tengo que acudir a Dios en búsqueda de protección.

Otro mensaje que Le envié hoy, después de algunos años de sobriedad es más o menos: ‘Rechazo esta lujuria (u otra emoción o actitud negativa); quiero que tú Te hagas cargo de ella.’ Cada vez que lo hago, da buenos resultados, pero primero tengo que renunciar a la misma.

18. Mirar a la lujuria a los ojos . Estoy aprendiendo una forma nueva de resistir a las tentaciones que sufro durante el día para evitar que reaparezcan y me ataquen mientras duermo. He observado que a veces puedo, durante el día, en vez de renunciar de verdad a la lujuria, recurrir a la fuerza de voluntad para arrinconarla en algún lugar fuera de mi vista. A veces, después de haber hecho esto, la lujuria regresa en forma de sueños eróticos y lo hace de un modo tal, que me daba cuenta perfecta de que podía sucumbir a la adicción en sueños, sin necesidad de tocarme para nada, y sabiendo que tenía la opción y la libertad de no hacerlo. ¡Llama la atención lo poderosas y terribles son esas tentaciones!

Estoy tan harto de verme en situaciones límites, que he decidido tomar medidas preventivas. Antes de irme a dormir, repaso de forma deliberada todas las tentaciones con que la lujuria me asedió durante el día, y miro a las personas de frente. Expongo cada persona a la luz, ante Dios, y en actitud de rendición, admito mi impotencia ante la lujuria. Digo: ‘Conoces mi corazón, cuánto deseo sumergirme en la lujuria. A ti te la entrego. Ven y vence a mi lujuria. La rechazo, no quiero tener ninguna relación con ella—sea consciente o inconscientemente—. Quiero que tú te hagas cargo de ella. Por favor, ayúdame a mantenerme sobrio de toda mi lujuria esta noche’. A menudo añado una oración por la persona objeto de la tentación, para así salir de mí mismo en actitud de dar. Es mi forma de mantenerme puro a nivel inconsciente. Es la forma en la que supero el miedo a la caída durante el sueño.

RESUMEN

Estas diferentes formas de combatir la lujuria requieren práctica, pero son muy eficaces. Para programarme a mí mismo para la lujuria me hicieron falta muchos años. Descubrí que lleva tiempo interrumpir esta programación y programarme a mí mismo para la realidad.

Cuando recurría a las técnicas citadas, me sentía artificial y forzado. No quería hacerlo; no me sentía bien. Trato de no confiar nunca más en esos sentimientos enfermizos; ellos son los responsables de que esté hoy aquí, de que me encuentre en esta situación.

Tomar algunas de estas medidas era como matar una parte de mi ser, ya que iban contra mis inclinaciones naturales. Pero descubrí que lo que necesitaba para alcanzar la libertad era declararle la guerra a mi forma antigua de pensar y de obrar. Tenía que llevar a cabo una serie de acciones, me apeteciera o no.

Me conviene tener siempre presente que no es la persona que está fuera la causante de mi lujuria y de mi malestar; soy yo. Esto trae a colación otro tema. La lujuria de la que quiero estar sobrio es la mía . Yo la convertí en lo que es. Soy adicto a la lujuria. Del mismo modo, soy una persona resentida e iracunda, una persona que juzga y condena, una persona miedosa. No existe cura para mí si niego, evado o tapo mis defectos. ‘Los secretos son la medida de mi enfermedad.’
Por otra parte, puedo vivir libre del poder que estos defectos ejercen sobre mí, si recurro a Dios en vez de a estas emociones negativas. De esta forma obtengo una tregua día a día, hora a hora, de esa prisión que es la lujuria, etc., siempre que mi actitud sea la correcta. Y lo es si trabajo los pasos y las tradiciones y voy a las reuniones, a muchas reuniones.

Al parecer Dios, al no extirpar de mi naturaleza la tendencia a la lujuria, al resentimiento, al miedo, etc, ha decidido no eliminar esa parte de mí en la que viven y surgen mis defectos.  Si lo hiciera, no tendría ninguna necesidad de Él, sería un autómata. De lo que se trata es de lograr una victoria progresiva sobre la lujuria. Yo mismo soy lo que podríamos llamar un pecador. Pero Dios, para transcender mis pecados, me suministra el poder del que yo carezco. ¡La victoria se produce a través de la gracia de Dios que se manifiesta en mi impotencia!

Esa es la bella paradoja de este programa: en y por mi impotencia recibo el poder -y el amor- que proceden de lo alto.

Y esa es la diferencia entre negarse a sí mismo y rendirse. La negación de mí mismo -el reprimirme- sólo me ha supuesto sufrimientos y fracasos. Reconocer lo que soy, rendirme y confiar en el poder divino me produce alivio, libertad y gozo.

La recuperación es un trabajo interno.

La lista de sugerencias que te ofrecemos para vencer la lujuria siempre estará incompleta, tan  incompleta como la lista de experiencias que recogemos en este libro. Cada persona que se mantiene sobria, a medida que su recuperación se enriquece, añadirá a esta lista en la que se refleja nuestra experiencia  colectiva aquello que le ha resultado útil. Nuestras vidas, tal cual son, son el verdadero libro, ‘conocido y leído por todos los hombres’. A medida que el tiempo transcurre, descubrimos más cosas, y todo mejora. Ésta es la gran aventura de la recuperación de la adicción al sexo.

(del libro Sexólicos Anónimos , pág. 159-170. Copyright ©1998, SA Literature)

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