Fecundación

Durante una relación sexual los espermatozoides entran en contacto con el moco cervical e invaden el canal cervical. A las 2 horas los que no han penetrado en el moco son destruidos por el pH ácido de la vagina, el cual es amortiguado durante unos minutos por el líquido seminal. El paso por las trompas se hace gracias al impulso de los flagelos y a las ondas rítmicas de las trompas (desde el istmo hasta la ampolla). En el istmo se acumulan los espermatozoides debido a una secreción viscosa, que los libera de forma intermitente. El momento de la fecundación se produce cuando el espermatozoide penetra en el ovocito y se fusionan los pronúcleos, dando lugar al cigoto o huevo fecundado. Comprende varias fases:

  • Encuentro de los gametos: El ovocito está rodeado por la zona pelúcida y por el cúmulo. Los espermatozoides llegan del istmo en oleadas. Conservan su poder fecundante durante tres días. El espermatozoide entra en contacto con el cúmulo y libera hialuronidasa, que es capaz de disgregar el cúmulo. El paso entre las células del cúmulo y de la matriz extracelular se hace gracias al impulso del flagelo.
  • Interacción con la zona pelúcida: Los espermatozoides se ponen en contacto con la zona pelúcida, gracias a glucoproteínas de esta zona (IR específicos de especie) y proteínas de la membrana plasmática de la cabeza del espermatozoide (ZP1, ZP2, ZP3). Esta fijación desencadena la reacción acrosómica, en la que una enorme concentración de calcio produce la fusión de las membranas que va seguida de su ruptura con liberación de enzimas acrosómicas que hidrolizan la zona pelúcida y producen un túnel a través del cual el espermatozoide llega al espacio perivitelino. –
  • Fusión de los gametos y activación del ovocito: El primer espermatozoide que llega al espacio perivitelino produce la fusión con el ovocito, que gracias al calcio se activa. El ovocito es capaz de incorporar la cabeza al citoplasma. –
  • Reacción cortical y terminación de la meiosis: Inducidos por el calcio, los gránulos corticales del citoplasma del ovocito salen fuera de la célula, formando una capa alrededor de la membrana. Se liberan enzimas hidrolíticas que producen cambios en la zona pelúcida que la hacen impermeable a los demás espermatozoides. Se pone en marcha la meiosis II del óvulo. Los dos pronúcleos se sitúan de forma excéntrica en el citoplasma del ovocito fecundado. Se replica el DNA y por los microfilamentos, emigran hacia la zona central del citoplasma. Se produce una profase y pierden sus membranas. Se intercambia el material genético femenino y masculino y se originan las dos primeras células del embrión.

¿Desde qué momento puntual podemos empezar a hablar de VIDA HUMANA? Existen numerosos testimonios científicos, pero por razones de espacio, citamos a uno indiscutible. Jerome Lejeune, descubridor del trisomía 21 o síndrome de Down, profesor de Genética de la Universidad de Paris sostiene: “En cuanto los 23 cromosomas del espermatozoide se encuentran con los 23 cromosomas el óvulo, toda la información necesaria y suficiente esta allí, reunida en el ADN (Ácido Desoxiribo Nucleíco) para determinar todas las cualidades de un nuevo ser humano. No se trata de una opinión, de un postulado moral o de una idea filosófica, sino de una verdad experimental. La fecundación in vitro lo ha demostrado: si antes, en la probeta, no es un ‘bebé’ ¿para qué, entonces, implantarlo en el útero? Si el ser humano no comienza con la fecundación, no comienza nunca. Ningún científico informado puede indicar un solo dato objetivo posterior a la constitución de un nuevo ADN como hecho del que dependa el inicio de una vida humana. El endometrio no genera al ser humano; solo lo recibe y lo nutre. Afirmar  que la vida humana comienza después de la fecundación, no es científico. Es una afirmación arbitraria, fruto ideologías o intereses ajenos a la Ciencia. El cigoto, fruto de la fusión de las dos células germinales, es un individuo distinto del padre y de la madre, con una carga genética que tiene el 50%  de cada uno de los progenitores”. Esta primera célula, el cigoto, único y extraordinario, contiene el complejo diseño genético para todos y cada uno de los detalles del desarrollo del ser humano. El cigoto es único, porque nunca antes en la historia de la humanidad ha existido este ser humano, y nunca más, volverá a existir otro igual que este. Esta célula, además, está completa, lo cual significa que “nada se añadirá a este nuevo ser humano, excepto tiempo, nutrición y oxígeno. Está ahí en su totalidad, a la espera de recorrer cada una de las etapas del desarrollo”.[1] Esta célula es, desde el primer momento, masculina o femenina. El jovencísimo ser humano, justo después de la fecundación, se divide en 2 células (blastómeros), una de ellas se vuelve a dividir en dos (pasamos por un estadio de 3 células), luego se llega a 4 y se continúa por múltiplos de 2.[2] A partir de aquel instante inicial de la concepción, el crecimiento y desarrollo del embrión atraviesa una concatenación de procesos vitales que son determinados por su propio código genético. Esto nos permite reconocer que cada nueva vida no es un ser humano potencial, sino un ser humano con potencialidades. Por ser autónomo, el movimiento de segmentación y diferenciación lo hace por sí mismo, en un proceso coordinado, continuo y gradual.

¿Por qué se niega el momento real de la fecundación? La afirmación de que el ser humano se inicia en la implantación, no cuenta con el respaldo de la Ciencia. Es una afirmación gratuita, infundada y criminal que hacen las personas o las instituciones abortistas para poder negar el asesinato de los seres humanos que abortan (“no es aborto, dicen, porque el aborto se da sólo desde el embarazo, y éste existe sólo desde la implantación”). Como si se les ocurriera decidir que mientras no nazca, no es humano… El término ‘pre-embrión’ no tiene fundamento científico; como tampoco tendría un ‘pre-ADN; porque es la fecundación el momento en el que se genera una nueva vida humana con su propio ADN, el código irrepetible y original de cada vida humana. El que rechace esto, no rechaza un dogma religioso, sino una verdad científica. Si se impide la vida del huevo cigoto, se mata a un ser humano, microscópico, pero humano. Todos los humanos, comenzamos nuestra vida a este nivel molecular. En el instante mismo en el que se unen las dos células germinales portadoras del ADN de nuestros padres, Dios interviene creando e infundiendo nuestra alma al resultado de esa fusión molecular. Tan indiscutible, incuestionable, contundente e incontrovertible es este hecho biológico que Dios mismo, enemigo de toda arbitrariedad, lo respeta. Basta que la unión de las células se dé, para que Él indefectiblemente  infunda el alma al nuevo ser, sin cuestionarse sobre si ‘eso’ fue fruto del amor casto de los esposos o de una brutal violación. Más aún: Dios no quiere que los seres humanos sean ‘re-producidos’ como terneros por dinero en un laboratorio, sino que sean ‘pro-creados’ por amor en casto acto conyugal por los esposos (como Él mismo creó a Adán y Eva: por puro amor). Sin embargo, basta que los hombres hayan respetado la ley biológica (¡ay!… lamentablemente no la moral) uniendo un espermatozoide y un óvulo en condiciones que se garantice la viabilidad, incluso en un laboratorio, para que Él se ‘someta’ a ese hecho físico y a esa ley natural que Él mismo estableció, y cree un alma para esa fusión de las dos células germinales, lograda en artificialmente dentro de un tubo de ensayo… ¡Dios respeta el inicio biológico a nivel molecular de la vida humana, creando un alma e infundiéndola a lo que, en contra de sus sabios preceptos, el hombre logró en el laboratorio! Como testimonio de esto, la Iglesia ni siquiera cuestiona la dignidad, incluso de los seres humanos ‘re-producidos’ en los laboratorios; ellos son tan dignos como cualquiera. La Iglesia no discrimina; los abortistas sí. El abortista es arbitrario ante los hechos científicos; Dios, y con Él la Iglesia, no. En conclusión: la vida humana siempre comienza con la fecundación, no con la implantación. Allí, a nivel molecular, comienza la vida, y la dignidad de cada ser humano, y los mismos derechos humanos, allí comienzan. Allí comenzamos todos.

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