Homosexualidad

Varón y mujer

La homosexualidad es una anomalía que consiste en la desviación de la atracción afectivo-sexual, por la cual el sujeto experimenta una inclinación hacia personas de su mismo sexo, pudiendo mantener relaciones. Esta desviación puede responder a causas puramente morales o causas morales y psicológicas. En cromosomas, hormonas sexuales y constitución física los homosexuales son normales. Hubo un tiempo, el de Freud, en que se pensó que se debía a factores hereditarios, pero esta hipótesis hoy ha sido científicamente desechada. Los homosexuales son biológicamente normales, lo que no es normal es el ejercicio de la homosexualidad. Es de advertir que el homosexual tiene instintos heterosexuales; lo que ocurre es que se le bloquean por alguna razón, que puede ser un complejo de inferioridad. Quienes de verdad se empeñan en luchar contra ese complejo, aun en casos de transexualidad, en uno o dos años acaban con sus obsesiones. Para dar la impresión de normalidad, hay quien asegura que quizá uno de cada cinco hombres tiene ‘tendencias’ homosexuales, pero las estadísticas lo desmienten y ponen de manifiesto que en realidad no pasan de un uno o dos por ciento.

En la pubertad, puede tratarse de un fenómeno transitorio. Hay casos en que la homosexualidad arraiga en los primeros años de juventud. Este hecho ha llevado a algunos a pensar que no tiene sentido procurar desarraigarla. La teoría más en boga es que la homosexualidad se basa en una perturbación del llamado ‘sentido de identidad sexual’. La realidad demuestra que los homosexuales están afectados no sólo en su faceta sexual, sino en todo su mundo emotivo. Su vida emotiva coincide mucho, por ejemplo, con la de tipo ansioso, compulsivo o depresivo, caracterizada por depresiones, nerviosismo, problemas relacionales y psicosomáticos. No son capaces, en determinados aspectos de su vida emotiva, de madurar y de ser adultos y, pese a querer aparentar jovialidad y alegría no son felices interiormente. La causa no está en la discriminación de la que se quiere acusar a la sociedad que les haría ‘víctimas’ de ella, sino en fuerzas que actúan en el interior mismo de los interesados (…)

Las personas con tendencia homosexual se dividen en varias categorías, de las cuales las más importantes son los llamados homosexuales esenciales y los ocasionales.

  • Homosexuales esenciales son quienes están sujetos a un instinto casi compulsivo que los orienta hacia personas de su propio sexo.
  • Homosexuales ocasionales son aquellos que, conservando sus tendencias homosexuales, buscan relacionarse afectiva o genitalmente con personas de su mismo sexo por motivos superficiales (aventuras, dinero o falta de pareja de otro sexo).

A su vez, tanto en unos como en otros es necesario distinguir la tendencia hacia personas de su mismo sexo y el acto homosexual (bajo cuyo concepto no solo se incluyen los actos externos físicos sino también los actos plenamente consentidos de deseo y pensamiento). 

El acto homosexual es intrínsecamente desordenado y de malicia objetiva. Por acto homosexual se entiende tanto los actos externos consumados (relaciones genitales  y toda clase de actos incompletos, como caricias, besos, etc.) como también los actos internos de deseo y pensamientos plenamente consentidos. De todos estos actos hay que decir que son intrínsecamente desordenados, es decir malos por su objeto moral. Desde el punto de vista moral esto significa que ninguna circunstancia, ni finalidad, ni consecuencia; puede hacerlos moralmente buenos o justificados.

Desde el punto de vista de la razón, la inmoralidad de los actos homosexuales se pone de manifiesto en que tales actos están absolutamente desposeídos de la finalidad procreativa que es propia del acto sexual humano (y la cual no puede ser excluida voluntariamente). Niegan asimismo, la complementariedad entre el varón y la mujer, que está inscripta en la naturaleza humana. Los actos homosexuales son una violación de las estructuras del cuerpo humano. Finalmente es un acto antisocial porque de suyo no contribuye con la generación de nuevos hijos para la sociedad.

Uno de los argumentos que utilizan los activistas homosexuales es el de alegar que la inclinación homosexual es algo innato, que no es un desorden psicológico o enfermedad y que, por lo tanto, la actividad homosexual es un “derecho humano” que la sociedad debe respetar[1]. Sin embargo, los estudios realizados en torno al tema no demuestran con suficiente claridad que la homosexualidad tenga un origen genético, hormonal, neurológico o cerebral. A lo sumo, las conclusiones de los poquísimos estudios que alegan tales causas se apoyan sobre evidencias muy débiles. En 1992 se llevó a cabo un estudio sobre la homosexualidad, fruto de más de 30 horas de investigación. En dicha investigación, llevada a cabo por computadoras, se estudiaron más de 3,400 artículos publicados desde 1975 hasta ese año en búsqueda de las causas biológicas, genéticas y hormonales de la homosexualidad. Solamente en dos de esos artículos, ambos muy especulativos, se intentaba identificar la causa de la homosexualidad como algo de índole genético, biológico, hormonal o neurológico[2].

Los bien conocidos terapeutas, Masters y Johnson, afirmaron en su libro Human Sexuality (pp. 319-320), que “la teoría genética de la homosexualidad ha sido en general descartada hoy en día” y que “a pesar del interés en posibles mecanismos hormonales en el origen de la homosexualidad, ningún científico serio hoy sugiere que pueda existir una simple relación de causa y efecto”.

Sin embargo, gran parte de la comunidad científica se ha convertido en aliada de los homosexuales militantes, hasta el punto de que la Asociación de Psicología del Estado de Washington ha llegado a oponerse a la terapia que busca cambiar la orientación homosexual en heterosexual. Esta asociación alega, aun habiendo pruebas de lo contrario[3], que no hay evidencia de que la orientación homosexual se pueda cambiar aunque fuese deseable hacerlo, y se opone a tal terapia de conversión porque “refuerza el negativismo social hacia la homosexualidad”. Esta desafortunada claudicación de una parte de la comunidad científica ante la presión política pro homosexual no es nueva. Ya en 1973, la Asociación de Psiquiatría de EE.UU. había retirado la homosexualidad de la lista de los desórdenes de su Manual de diagnósticos bajo la presión de activistas homosexuales, aunque no llegó a decir que era normal, como la heterosexualidad[4].

En conclusión, la evidencia científica no ha demostrado que la homosexualidad sea el resultado directo de causas biológicas, genéticas o neuro-hormonal. Lo más que se puede decir es que pudiera existir alguna base genética, hormonal, neurológica o cerebral que predispone a la homosexualidad. Esta pudiera inclinar a unas personas más que a otras al homosexualismo, pero no obligarlas a practicarlo. Los estudios contemporáneos han mostrado que el alcoholismo puede tener una base orgánica que predispone a unas personas más que a otras a ese problema. Sin embargo, sabemos que las personas afectadas son libres de buscar ayuda y curarse. John Schlafly, al reconocer que era homosexual, declaró que “la inclinación [homosexual] no es algo que la persona escoge, pero todos sí tenemos la opción de qué hacer con respecto a tal inclinación”. Además, suponiendo que hubiese alguna base genética, biológica u hormonal en la inclinación o comportamiento homosexual, eso no justifica un comportamiento que, como veremos a continuación, es de por sí dañino para el ser humano y para la sociedad.

Consecuencias médicas del comportamiento homosexual

Una de las maneras de percibir la maldad intrínseca de un tipo de comportamiento es constatando las consecuencias negativas que dicho comportamiento tiene para la salud mental o física. Casi siempre un comportamiento inherentemente malo tiene consecuencias negativas, debido a su desviación del uso correcto de las funciones naturales. Tal es el caso del homosexualismo.

Lo que hemos acabado de afirmar se demuestra observando las consecuencias de las relaciones sexuales anales, las cuales son típicas del homosexualismo en casi un 90% de los casos[5]. Durante las relaciones heterosexuales el esperma normalmente no puede penetrar las paredes interiores de la vagina, ya que ésta está protegida por una mucosa especial para que los virus no penetren, además de que tiene múltiples capas. El recto, por el contrario, tiene sólo una célula de espesor y, además, por estar destinado a asimilar los últimos alimentos útiles, contiene vasos linfáticos extremadamente desarrollados, que reabsorben casi todo (incluso los medicamentos y los virus). Esta disposición no es peligrosa porque este conducto normalmente no se abre excepto para descargar su contenido sin dejar entrar nada. Sin embargo, cuando se hace un uso anti natural del mismo se le abre la puerta a muchos virus que normalmente no tendrían casi oportunidad de éxito. Esto se debe a que el esperma penetra fácilmente la pared del recto, rompiéndola o magullándola y produciendo daños inmunológicos. Esta práctica comúnmente produce entre los homosexuales, además de trauma en el recto, un gran intercambio de fluidos del cuerpo con un acceso casi directo de sustancias infecciosas al torrente sanguíneo. Debido a todo esto, las relaciones sexuales anales y otras prácticas (que por pudor no mencionamos aquí), son las formas de contacto sexual más eficientes de contagiar ciertos tipos de hepatitis, SIDA, sífilis y una serie de enfermedades que se trasmiten a través de la sangre. No es extraño que, aun antes de la aparición del SIDA, ya el 90% de los hombres homosexuales promiscuos estuvieran infectados de Hepatitis B y de otras enfermedades, con su sistema inmunológico deteriorado[6].

Además, muchas de estas prácticas insalubres ocurren en sitios extremadamente anti higiénicos, como baños o espectáculos pornográficos. Y como cada año hasta el 25% de los homosexuales viaja a otro país, este dañino intercambio de gérmenes se produce en muchas partes del mundo[7].

Otro factor que agrava la trasmisión del SIDA y de otras enfermedades por contacto homosexual, es el número elevado de diferentes compañeros que tienen los homosexuales. Los estudios al respecto informan que el 43% de los hombres homosexuales admiten haber tenido relaciones sexuales con 500 hombres; el 28% con más de 1000 y los casi “monógamos” con 10 ó menos en toda su vida[8]. La anomalía psicológica y la esterilidad de las relaciones homosexuales, caracterizadas por el autocentrismo y la búsqueda del placer sin responsabilidad, hacen que la “monogamia” entre homosexuales o lesbianas sea casi imposible[9].

Si bien es cierto que los casos de SIDA están aumentando con más rapidez últimamente entre los heterosexuales[10], hay que tomar en cuenta que los factores biológicos y sociales relacionados con el homosexualismo crearon un contexto ideal, en EE.UU. y en otros países del primer mundo, para la trasmisión del SIDA hacia el sector heterosexual de la población. Una vez que el grupo de más riesgo (los homosexuales promiscuos), alcanzó su punto de saturación (un gran número de sus miembros ya están infectados y continúan siendo promiscuos entre ellos), una ola de infección contaminó a otros grupos de menor riesgo a través de hombres bisexuales y del uso intravenoso de drogas[11]. Sin embargo, la población homosexual sigue siendo el grupo con mayor número de víctimas de SIDA en esos países. En 1992, el 83% de los casos de SIDA en hombres blancos de los EE.UU., tuvieron lugar entre los homosexuales 20 y en Europa los hombres homosexuales constituyen más del 85% de todos los casos de SIDA[12].

Las consecuencias negativas, tanto físicas como mentales, del estilo de vida de los homosexuales y las lesbianas, han dado como resultado un promedio de longevidad bastante más bajo que el resto de la población. Esto se debe no sólo al SIDA, sino a que los ataques al corazón, el cáncer, las fallas hepáticas y otras enfermedades y peligros (como el suicidio y los accidentes), son bastante más frecuentes entre ellos. Comparados con los heterosexuales, los homosexuales tienen 8 veces más propensión a contraer hepatitis; 14 veces más la sífilis y 5,000 veces más el SIDA. En efecto, un estudio reciente ha mostrado que menos del 2% de los homosexuales alcanzan los 65 años de edad. En cambio, en el resto de la población masculina la edad promedio para morir de un hombre casado era de 75 años y el 80% viven más de 65 años. Para los hombres solteros o divorciados la edad promedio era de 57 y el 32% alcanzó una edad mayor. Entre las lesbianas que murieron, la edad promedio era de 45 años y sólo el 26% murió de edad avanzada. En cambio, en el resto de la población femenina la edad promedio de muerte para las mujeres casadas era de 79 y el 85% alcanzó los 65 años. Para las mujeres solteras o divorciadas, la edad promedio de muerte fue 71 y el 60% alcanzó una edad mayor. El examen de la distribución por edades de los homosexuales en las publicaciones científicas, desde 1858 hasta 1992, sugiere un patrón similar de longevidad[13].

Aspectos legales y matrimonio homosexual

El matrimonio homosexual: ubicando la cuestión

El matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer. Esta verdad puede ser descubierta por la razón humana. Está escrita en la ley de la naturaleza y en el lenguaje del cuerpo y del espíritu humano. Es una verdad enaltecida desde el principio de los tiempos. No se necesita tener fe religiosa para ver que el matrimonio es una relación única entre un hombre y una mujer. Lo que define esta relación es el hecho de que se trata de una sociedad basada en la complementariedad sexual. Ésta hace posible la realización de los dos fines equivalentes del matrimonio: el amor mutuo entre esposos y la procreación de los hijos. Ninguna otra relación humana, sin importar cuánto amor o cariño haya ni cuán generadora sea, puede adjudicarse este propósito ni cumplirlo.

Dado que el matrimonio es una estructura social fundamental basada en la naturaleza humana, ni la Iglesia ni el estado pueden cambiarla en lo fundamental. El matrimonio, y la familia que éste produce, es una sociedad que precede a todas las demás sociedades. Es una institución que no poseemos, sino que hemos recibido. Esto no significa que la Iglesia y el estado no puedan regular el matrimonio, por ejemplo poniendo límites de edad mínima, pero sí significa que no somos libres de alterar su estructura básica.

El matrimonio de un hombre y una mujer hace una contribución única a la sociedad. Es el patrón fundamental para las relaciones entre hombre y mujer. Es el modelo de la manera en que las mujeres y los hombres viven de forma interdependiente y se comprometen, para toda la vida, a buscar el bien del otro. La unión también sirve al bien de la sociedad. De ella emana la siguiente generación, al proporcionar la familia las mejores condiciones para criar a los hijos, esto es, la relación amorosa y estable de un padre y una madre presente sólo en el matrimonio. Otras relaciones pueden contribuir al bien común, pero no realizan en un sentido completo lo que hace el matrimonio[14].

¿Debería haber matrimonio entre personas del mismo sexo?

Algunas personas buscan localizar la cuestión dentro del marco de los derechos individuales y la justicia. La enseñanza católica afirma la dignidad de las personas homosexuales y pide que sean tratadas con respeto. Esto significa, entre otras cosas, que el estado puede crear leyes para proteger los derechos de estas personas y para proporcionarles beneficios sociales. Algunos ejemplos incluyen medidas para asegurar el acceso a puestos de trabajo, vivienda, cuidado médico, derecho a tener propiedad en común y la potestad de tomar decisiones médicas por la otra persona. Existen beneficios y derechos que deben estar garantizados para cada persona. Pero el remedio para casos específicos de injusticia – falta de beneficios o de derechos-no puede ser una injusticia aún mayor, es decir, cambiar la definición del matrimonio.

El matrimonio está dirigido al servicio del bien común, no a proporcionar derechos y beneficios dentro de esa relación. No es, pues, necesario ni incluso deseable alterar una estructura social fundamental para proteger los derechos individuales y otorgar a todos los ciudadanos sus legítimos beneficios sociales.

El matrimonio es un consentimiento personal y también social. Lo que se reconoce legal y socialmente no es sólo el consentimiento personal sino también un consentimiento social que contribuye al futuro de la sociedad al tener y criar hijos. Aunque no todas las parejas casadas tengan hijos, la relación entre un hombre y una mujer tiene el potencial inherente de crear hijos.

Permitir a las parejas del mismo sexo casarse cambiaría la definición de matrimonio hasta tal punto que dejaría de ser matrimonio. La procreación no es sólo el fin del matrimonio sino que es esencial a la institución. Además, la complementariedad y riqueza de la diferencia sexual es esencial para la expresión del amor conyugal.

¿Por qué nos encontramos ante este fenómeno?

Algunos grupos buscan con gran interés el que se legalice (como si fuese equivalente al matrimonio) la unión de personas del mismo sexo. En diversos lugares las autoridades han reconocido cierto valor a las “uniones de hecho” entre personas homosexuales o lesbianas. En otros se está buscando que sea posible, en el registro civil, dejar de lado cualquier consideración sobre el sexo de los contrayentes a la hora de registrar un matrimonio, lo cual abriría la puerta a una especie de reconocimiento del matrimonio entre homosexuales. En otros, se quiere reconocer, de modo explícito, que no hay diferencia entre la unión de personas de distinto sexo y la unión de personas de igual sexo, como aconteció recientemente en nuestro país.

¿Por qué nos encontramos ante este fenómeno? Porque los grupos de presión que quieren defender los “derechos” de los homosexuales piensan que ganarán mucho para su causa si consiguen que sus defendidos puedan acceder al matrimonio civil. Sin embargo, el reconocimiento como “matrimonio” de estas parejas homosexuales puede llevar a un resultado bastante diferente del que se buscaba. Es un dato evidente que la unión basada en la vida afectiva y sexual entre dos personas del mismo sexo es constitutivamente estéril, es decir, incapaz de cualquier fecundidad biológica. Esto da a entender que en las uniones homosexuales nos encontramos ante algo distinto de un matrimonio, pues lo que define al matrimonio es precisamente el hecho de que se unan, en un compromiso de amor, dos personas sexualmente complementarias y, por lo mismo, potencialmente capaces de generar nuevas vidas humanas.

La complementariedad permite a quienes se unen en matrimonio la apertura a la vida y una riqueza en su diversidad que permite construir una educación equilibrada a los hijos que puedan nacer de su amor. La palabra “matrimonio” va a ser usada de ahora en adelante para nombrar otras uniones que no son matrimonio. Habrá que preguntarse, entonces, si podrían unirse bajo esa nueva noción de matrimonio dos hermanos, o un padre y su hija, o un grupo de amigos.

Nos toca a los cristianos, en esta nueva situación cultural, dar una imagen clara y valiente de la belleza de la unión esponsal. Cada matrimonio (entendido según su definición auténtica, la unión indisoluble y exclusiva entre un hombre y una mujer) está llamado a ofrecer al mundo el testimonio de un amor que se da sin límites, para siempre, en los momentos de alegría y en los de prueba, con esa generosidad que permite el nacimiento de cada nuevo hijo.

La comunidad cristiana, aunque no puede aceptar los actos homosexuales y menos aún los “matrimonios” entre personas del mismo sexo, tiene que respetar a quienes, por diversos motivos, se encuentran en una condición de homosexualidad que, si no es superada a través de una correcta ayuda psicológica, les impide vivir la vocación al matrimonio. Esta situación no obstaculiza a los homosexuales el poder realizarse en otras formas de amistad y de afecto que son posibles entre los seres humanos[15].

Adopción por homosexuales

La Academia Americana de Pediatría publicó en su revista “Pediatrics” una declaración en la que apoyaba el derecho de homosexuales y lesbianas de adoptar a los hijos de su compañero, alegando que “los niños nacidos o adoptados por un miembro de pareja del mismo sexo, merecen la seguridad de dos padres legalmente reconocidos”. Y para justificar tal afirmación, la Academia puntualizaba: “un número suficiente de estudios sugiere que los hijos de padres homosexuales tienen las mismas ventajas y expectativas de salud, adaptación y desarrollo que los hijos de heterosexuales”.

Seguramente los pediatras, con el loable fin de velar por la salud infantil, tomaron en consideración las ventajas de tener dos seguros de salud y dos ayudas sociales por fallecimiento del progenitor. Incluso, la pensión de alimentos y las visitas en caso de separación de la “pareja”. Pero no está de más preguntarse cuál es el verdadero bienestar de un niño en estos casos. Porque, salvo que las cosas cambien, el interés del niño es el centro de toda ley de adopción, que aspira a darle lo más parecido al hogar que no conoció.

Paradójicamente para estos especialistas, la pareja de un hombre y una mujer unidos en matrimonio y viviendo con su progenie bajo el mismo techo, es decir, la familia tal como todos la entendemos y vivimos desde que el hombre es hombre, es sólo una alternativa más, producto de costumbres repetidas, y tan válida (o, tal vez, menos) como cualquier otra “forma de organización de la vida íntima”.

Pero veamos los hechos: ante el argumento de que “denegar a las parejas homosexuales el derecho de adopción es una discriminación” habría que responder que es  necesario distinguir entre dos conceptos: el trato desigual y la discriminación. La discriminación sería un trato desigual no justificado. Por ejemplo, es acorde con los criterios de justicia el trato desigual de la ley que exige el pago de un impuesto de renta proporcional a la riqueza del declarante. Del mismo modo, una persona de baja estatura no puede alegar “discriminación” al ser rechazada como jugador de basquetbol. O una persona con problemas de visión, para puestos donde esa cualidad es relevante. En el caso que nos ocupa, la homosexualidad de los adoptantes es una característica relevante para la educación y desarrollo de un niño.

¿Por qué? En primer lugar, porque estudios científicos serios muestran que los niños de hogares homosexuales son cuatro veces más propensos a buscar su identidad sexual experimentando con conductas homosexuales. Tomemos en cuenta otro dato: la más alta tasa de suicidio en EEUU se produce entre los adolescentes con tendencias homosexuales. Conociendo las enormes presiones que derivarían de una identidad sexual confusa, permitir esa adopción equivaldría a colocar a esos niños, de por vida, una carga traumática con tal de reafirmar socialmente los derechos gays.

En segundo lugar, está comprobada la mayor promiscuidad de las uniones homosexuales, que se rompen cuatro veces más que las heterosexuales. Imaginemos de nuevo las consecuencias sobre los niños, tan necesitados de estabilidad. ¿Cuántos padres o madres podría llegar a tener un solo niño? Asimismo, para un buen desarrollo de su personalidad, los niños necesitan contar con modelos de identidad masculina y femenina. ¿Cómo podrán llegar a entender la complementariedad entre los sexos? ¿Cómo vivirán su propia sexualidad? ¿Encuentran ustedes una respuesta adecuada a la pregunta “por qué mis amigos tienen papá y mamá” o bien “qué es una mamá”?

En definitiva, los niños no pueden ser utilizados como instrumento para la reivindicación de los derechos de un grupo social, ni la adopción es una institución que pueda regirse por los criterios de la corrección política.

Conclusión

En la vida cotidiana no son pocas las personas que reducen aún más el significado de sexo refiriéndose con esa palabra solamente a los genitales o empleándola únicamente para referirse al  acto sexual (tener sexo, hacer el sexo). Este enfoque reduccionista es tal vez consecuencia del empobrecimiento del sentido y significado de la sexualidad para el ser humano contemporáneo, lo cual a nuestro juicio constituye también la raíz de nocivos fenómenos, entre los que se encuentran la infidelidad matrimonial, la promiscuidad, la prostitución, la pornografía, la expansión todo tipo de desviaciones sexuales, la propagación acelerada de las infecciones  de transmisión sexual, así como el incremento de la violencia sexual entre otros, elementos estos que degradan a la sexualidad humana degradando por ende en último término al ser humano  mismo.

Se torna pues imprescindible una intensa labor educativa, coordinada entre los diversos sectores de nuestras sociedades (escuelas y demás instituciones docentes, organizaciones intermedias, medios de comunicación social, Iglesia e instituciones gubernamentales), que les permita a las personas de nuestro tiempo descubrir y  asumir el  verdadero sentido y significado de su sexualidad, única forma quizás, de encarar de forma satisfactoria las difíciles problemáticas en este campo. En este sentido la familia tiene una influencia decisiva en el posterior desarrollo sexual del niño, y es, precisamente por ello, la instancia social que tiene mayor significado en la educación sexual, incluso aunque se hable poco de sexualidad dentro de ella.

Exige esta realidad, una activa tarea de prevención, cuidando responsablemente los modelos que se proponen a nuestros hijos y alumnos. Es necesaria una reacción positiva de presentar como modelos aquellas personas que han sido y son ejemplos dignos de imitar para bien personal y de toda la sociedad.

“…el eros ebrio e indisciplinado no es elevación, « éxtasis » hacia lo divino, sino caída, degradación del hombre. Resulta así evidente que el eros necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer de un instante, sino un modo de hacerle pregustar en cierta manera lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser.

…entre el amor y lo divino existe una cierta relación: el amor promete infinidad, eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de nuestra existencia cotidiana. Pero, al mismo tiempo, se constata que el camino para lograr esta meta no consiste simplemente en dejarse dominar por el instinto. Hace falta una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia. Esto no es rechazar el eros ni « envenenarlo », sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza…”[16]


[1] Trudy Hutchens, “Homosexuality: Born or Bred?”, Family Voice (June 1993): 14; William A. Henry III, “Born Gay?”, Time (July 26, 1993): 36-39.

[2] Estudio citado por la Dra. Dawn Siler, de la Seattle Pacific University, en una conferencia titulada “Are Homosexuals Born or Made?”, el 13 de mayo de 1991, en su clase de Sexualidad Humana.

[3] John F. Harvey, O.S.F.S. The Homosexual Person. New Thinking in Pastoral Care (San Francisco: Ignatius Press, 1987), 76.

[4] Citado en Cal Thomas, “Gays’ Root Cause: Genetics or Choice?,” The Miami Herald (miércoles 7 de octubre de 1992): 17A.

[5] Citado en el artículo de Cal Thomas.

[6] Corey, L. y K.K. Holmes, “Sexual Transmission of Hepatitis A in Homosexual Men,” New England Journal of Medicine (1980): 435-438.

[7] Dr. Jerome Lejeune, “Engaño sobre el amor,” Escoge la Vida (noviembre/diciembre 1989): 2; Corey L., y K.K. Holmes. Mangilit, G.W., et al., “Chronic Inmune Stimulation by Sperm Alloantigens,” Journal of the American Medical Association 1984: 251:237-238; Cecil Adams, “The Straight Dope,” The Reader (Chicago: 28 de mazo de 1986); D.G. Ostrow et al., Sexually Transmitted Diseases in Homosexual Men (New York: Yorke Medical Books, 1984), 204; Gene Antonio, AIDS: Rage & Reality, Why Silence Is Deadly (Dallas: Anchor Books, 1992), 67.

[8] “Consecuencias médicas de lo que hacen los homosexuales,” folleto educativo del Family Research Institute, Washington, D.C., 1992.

[9] Ibid.

[10] Harvey, 46-47, 100-104.

[11] Antonia Novello (Cirujana General de los EE.UU.) en el Medical Tribune, 3 de octubre de 1991.

[12] Gene Antonio, 50-51, 66-70.

[13] CDC, HIV/AIDS Surveillance, abril de 1992.

[14] Fragmento de El matrimonio homosexual: ubicando la cuestión Autor: Richard McCord | Fuente: Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos

[15] Fragmento de: “Matrimonios” del mismo sexo  Autor: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net.

[16] Carta encíclica Deus Caritas est. S.S. Benedicto XVI. 4,5.

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¿SE PUEDE CURAR LA HOMOSEXUALIDAD?

Mucha gente no sabe que la génesis psíquica de esta condición sexual carece en absoluto de misterio y que su terapia es posible. El método que he utilizado consta de dos partes: la primera consiste en hacer adquirir al interesado una visión clara de la propia identidad y de su propio mundo afectivo; la segunda, en afrontar esa situación. Llevamos a las personas a reírse de sí mismas (el humorismo puede ser muy saludable) y a la adquisición de hábitos positivos: valentía, honestidad consigo mismo, autodisciplina, capacidad de amar a los demás; así, hasta lograr que el homosexual pierda sus hábitos neuroinfantiles.

Es esencial neutralizar la autoconmiseración crónica. Es obligado decir que:

– En un treinta por ciento de los casos, la curación es completa: acaban desarrollando actitudes y hábitos sexuales normales y afectivos y una vida emotiva adulta. Por supuesto, una curación sólo sexual no sería una curación completa.

– Otro treinta por ciento de personas cambia más o menos gradualmente, pierde sus obsesiones homosexuales y asume una actitud emotiva nueva, aunque no lo suficiente para poder hablar de curación completa.

– Hay otros que progresan con extremada lentitud por su estado neurótico grave, pero también éstos, si son ayudados por una asistencia y un tratamiento constructivos, adquieren fuerza y coraje y poco a poco van perdiendo sus depresiones, nerviosismos y ansiedades.

RESPONSABILIDAD DE LOS EDUCADORES

Los complejos homosexuales se pueden evitar educando a un muchacho como muchacho y a una chica como tales. No se pueden intercambiar y mezclar las cosas. Una total identificación, la total identidad de roles que quiere cierto feminismo exacerbado es absurda. Los sacerdotes y educadores tienen un papel importantísimo cuando aportan al crecimiento psicológico una contribución mucho mayor de la que a veces son conscientes. Cuidado con creer que todo ‘amor’ es bueno; hay formas de amor compasivas y neuróticas que revelan una personalidad dividida en sí misma y que necesitan una guía moral firme y segura. Los pacientes que viven su fe de manera positiva tienen las mayores esperanzas de un cambio radical en su homosexualidad: ésta es mi experiencia de años.

El problema de la homosexualidad es presentado en una injustificada atmósfera de fatalismo. La homosexualidad sigue siendo vista por la mayoría de la gente a la luz de prejuicios e ideas preconcebidas, infundadas y superadas de las que, por desgracia, no están ausentes profesionales (médicos, sociólogos, psicólogos, sacerdotes, periodistas). Si a ello añadimos la falta de puesta al día de la Psiquiatría y de la Psicología, se crea una situación de la que se aprovecha la estrategia de la emancipación de homosexuales militantes, flanqueada por el ‘establishment progre’ occidental que pretende hacer creer que la homosexualidad es una variante normal de la sexualidad humana, que homosexual se nace y que no se puede cambiar. A todos ellos no les vendría mal una mejor información.

LA FALACIA DE LA RESIGNAClÓN

Los responsables mejoran poco a poco las situaciones concretas. Hay directores espirituales que animan correctamente a los homosexuales a vivir la castidad y el dominio de sí mismos, pero de hecho consideran que es imposible desarraigarla. Es muy equivocada la actitud de no pocos hombres de Iglesia que, de buena fe, pero víctimas probablemente de la escasa difusión de las experiencias terapéuticas, consideran que el mejor modo de ayudar a los homosexuales es enseñarles la resignación y la aceptación del sacrificio que supone su situación, en lugar de animarles y ayudarles a salir de ella, con paciencia y perseverancia.

Además de ignorancia, demuestran ingenuidad, ya que es dificilísimo, por no decir imposible, convivir con las propias tendencias homosexuales sin dejarse arrastrar por ellas. El camino de la curación de los homosexuales no pasa por la compasión y mucho menos por la aceptación de su situación como ‘normal’. Es impresionante y doloroso constatar cuántos médicos, terapeutas, sacerdotes, psicólogos ignoran el deseo de cambiar que tienen muchas personas con tendencias homosexuales. La afectividad desviada no es más que un aspecto de una personalidad inmadura. La terapia debe apuntar a enseñar al paciente a reconocer y combatir toda una gama de expresiones deego-centrismo infantil, de temores, complejos de inferioridad, reacciones consolatorias, afectaciones y autocompasiones. En la esfera afectiva crecemos cuanto mayor es la confianza en nosotros mismos como hombres o como mujeres con plenitud y felicidad. Un psiquiatra holandés que militaba en el movimiento de emancipación homosexual cuenta la curación de una lesbiana gracias a un sacerdote dotado de buen sentido psicológico, que le dijo: ‘¡Si es que tú te has quedado en cuando eras una niña … ! ‘. Su proceso de cambio duró un tiempo, pero acabó reconociendo ante el psiquiatra que su problema había desaparecido ‘como una pierna amputada, que no vuelve’.

G. J. M. VAN DEN AARDWEG
(MUNDO CRISTIANO)

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Apostolado de la Iglesia Católica para la atención espiritual de personas con atracción al mismo sexo.

Para más información ingresa a: http://www.courage-latino.org/

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One Response to Homosexualidad

  1. Francisco Maldonado says:

    Valiosísima información, alabado sea Dios

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