Noviazgo

Se dice que un hombre y una mujer son “novios” cuando mantienen una relación amorosa con vistas a casarse. Se llama “noviazgo” al período durante el cual ambas personas son novios o bien a su misma relación durante ese período.

Dado que el noviazgo está ordenado a un posible matrimonio (más o menos probable), para comprender qué es el noviazgo hay que comprender qué es el matrimonio. La doctrina católica sobre el matrimonio enseña que éste es una comunidad íntima de vida y de amor que tiene como fines naturales el bien integral de los cónyuges y la generación y educación de los hijos. Aquí no podemos desarrollar esa doctrina, que supondremos conocida. No obstante diremos que el Creador ha conferido una alta dignidad a la alianza matrimonial y que Jesucristo ha elevado dicha dignidad mucho más aún, al establecer al matrimonio como uno de los siete sacramentos de su Iglesia.

Considerando las características del matrimonio cristiano, es evidente que éste necesita una preparación previa. El noviazgo es precisamente esa preparación. Debe tener una duración adecuada, a fin de que los novios puedan conocerse mutuamente lo suficiente para decidir responsablemente si se casarán o no y para prepararse para la futura convivencia. Tanto un noviazgo demasiado corto como uno demasiado largo pueden dar lugar a graves problemas, por lo cual deberían evitarse.

Algunas parejas de novios rompen su noviazgo sin llegar a casarse, mientras que otras llegan al matrimonio.

Usualmente en esta última clase de noviazgos podemos distinguir dos fases: Una primera fase en la cual los novios todavía no han decidido casarse y una segunda fase en la cual ellos ya han tomado esa decisión. Se dice entonces que están “comprometidos”. Es importante que ambas fases tengan una duración adecuada.

El noviazgo debe ser una relación seria, no un simple juego amoroso. En un verdadero noviazgo existe de parte de ambos novios una apertura al matrimonio, al menos como posibilidad. Si esa posibilidad se excluye o ni siquiera se toma en cuenta, no hay noviazgo. Dos concubinos que han decidido no casarse nunca, no son novios. Tampoco son novios dos adolescentes que salen juntos sólo para divertirse y no tienen ninguna voluntad de explorar siquiera la posibilidad de construir una relación duradera.

Por esto, al igual que el matrimonio, también el noviazgo requiere una edad mínima, que varía según las circunstancias. En todo caso, no podemos sino deplorar la costumbre, que se va extendiendo, de permitir a los niños tener “novias” (y viceversa) o, peor aún, de incentivarlos a ello. Es obvio que se trata de un juego, pero es un juego que puede dar más adelante frutos amargos.

A diferencia del matrimonio, el noviazgo no es indisoluble; no obstante, existe una analogía y una relación entre la unidad del matrimonio y la unidad del noviazgo. En un momento dado un hombre no puede tener más de una novia, ni una mujer más de un novio. También el deber de fidelidad matrimonial se corresponde analógicamente (es decir, con semejanzas y desemejanzas) con el deber de fidelidad en el noviazgo.

En nuestros tiempos postmodernos -y de crisis del matrimonio y de la familia- se han oscurecido bastante estos simples conceptos. Nuestro mismo lenguaje refleja la confusión reinante. A menudo los jóvenes mantienen relaciones amorosas más o menos prolongadas sin saber siquiera si definirse y presentarse como novios (se habla a veces de “amigovios”, palabra tan fea como confusa). Además con frecuencia un mismo joven mantiene simultáneamente varias relaciones ambiguas de este tipo.

Al decir esto no pretendemos negar que también el noviazgo (como el matrimonio) requiere de contactos y encuentros humanos previos. Estos contactos previos no necesariamente deben tener lugar con una sola persona y estar deliberadamente ordenados a un posible noviazgo. Pero la prolongación excesiva de esta fase de “prenoviazgo” y sus manifestaciones ambiguas, sin avances claros hacia un verdadero noviazgo, puede llegar a ser muy dañina.

El noviazgo es sólo una preparación para el matrimonio; no es todavía matrimonio. Ésta es la razón por la cual los novios no deben tener relaciones sexuales. Éstas son un signo corporal de una donación mutua total que todavía no ha tenido lugar y que quizás no existirá jamás. De ahí que ellas sean, en el mejor de los casos, un grave error o, en el peor, una horrible mentira. Además, la relación sexual está esencialmente abierta a la procreación, por lo cual implica una probabilidad (mayor o menor según los casos) de engendrar un hijo. Dado que los hijos tienen derecho a nacer en una familia bien constituida, las mal llamadas “relaciones sexuales prematrimoniales” implican siempre una grave falta de responsabilidad y de respeto hacia los posibles hijos.

En el centro del noviazgo y del matrimonio cristiano no se halla el placer ni la utilidad sino el amor, por lo cual los novios y los esposos cristianos deben procurar crecer siempre en la donación mutua, según la santa y sabia voluntad de Dios.

Daniel Iglesias Grèzes

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Matrimonio y familia

El matrimonio: un camino de santidad

Paternidad responsable

El amor se ordena a dar la vida, a ser fecundo. Sin embargo, la fecundidad por la cual los esposos se convierten al mismo tiempo en padres y madres debe ser también una dimensión ‘humana’, es decir, guiada por la razón y por la virtud que la perfecciona en el plano del obrar: la prudencia. De aquí que el Magisterio hable de paternidad y maternidad responsables.

Lamentablemente este término, preñado de sentido, ha sido manipulado hasta hacerlo sinónimo del concepto opuesto: para muchos, en efecto, equivale a cerrarse a la paternidad y a la maternidad, incluso definitivamente.

¿Qué significa, en realidad, este concepto en la sana teología y en el auténtico Magisterio de la Iglesia?

Significa, en resumidas cuentas, que la transmisión de la vida, como todas la cosas humanas de gran monta, debe estar guiada por un juicio recto, por una decisión ponderada de llamar un hijo o nuevos hijos a la existencia, o también, llegado el caso, de no llamarlos por el momento. De modo muy preciso la definía Carlo Caffarra diciendo: la procreación responsable es el acto de la voluntad con el cual dos esposos deciden poner las condiciones de la concepción de una nueva persona humana, en un contexto en el cual prudentemente se presume que la persona del (posible) concebido será respetada en sus derechos fundamentales.

De este concepto derivan algunos corolarios.

El primero: la procreación responsable no es un concepto negativo, sino positivo. El mismo define desde el punto de vista ético cómo debe moverse la voluntad humana hacia esta bondad presente en el acto sexual. Sólo como consecuencia dice como no debe moverse: es decir, cuándo no procrear.

El segundo: la voluntad de un bien no tiene necesidad de ninguna justificación extrínseca al hecho puro y simple de que se trata de un bien lo que es querido. Es necesario justificar lo contrario: no querer un bien. Se deben tener razones para no procrear, no para procrear. Los esposos deben retener que son llamados a procrear, mientras no se demuestre lo contrario[1].

Ésta es precisamente la doctrina constante del Magisterio. Decía la Gaudium et spes que los cónyuges ‘con responsabilidad humana y cristiana cumplirán su misión y, con dócil reverencia hacia Dios’. Y explica luego que esto quiere decir que: ‘De común acuerdo y común esfuerzo, se formarán un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida, tanto materiales como espirituales; y, finalmente, teniendo en cuenta el bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia’[2].

Cuando se dice que los esposos han de practicar la paternidad responsable según un juicio recto, quiere decir que han de hacerlo con la conciencia formada y dócil a la verdad (natural, revelada por Dios y expresada en el Magisterio de la Iglesia)[3].

Podemos entender ahora que la paternidad y maternidad responsables no significa -como mal se lo entiende a veces- decidir (elegir con toda libertad) si tener o no tener más hijos, o hacerlo por el medio más bueno o cómodo a juicio de los propios cónyuges. Por eso el texto de la Gaudium et spes continúa: ‘En su modo de obrar, los esposos cristianos sean conscientes de que no pueden proceder a su antojo, sino que siempre deben regirse por la conciencia, la cual ha de ajustarse a la ley divina misma, dóciles al Magisterio de la Iglesia, que interpreta auténticamente esa ley a la luz del Evangelio’[4].

Por este motivo, el Papa Juan Pablo II afirma categóricamente: ‘Hay que excluir aquí que pueda ser calificada de ‘responsable’, desde el punto de vista ético, la procreación en la que se recurre a la anticoncepción para realizar la regulación de la natalidad. El verdadero concepto de ‘paternidad y maternidad responsables’, por el contrario, está unido a la regulación de la natalidad honesta desde el punto de vista ético’[5].

En la Humanae vitae la paternidad y maternidad responsables implica diversas cosas[6]:

1º Ante todo, el conocimiento y respeto de los procesos biológicos de la procreación, es decir, el descubrir con la inteligencia las leyes biológicas que forman parte de la persona y que se ordenan a dar la vida. Los esposos deben esforzarse por conocer su íntima naturaleza.

2º En segundo lugar, comporta el dominio de la inteligencia y de la voluntad sobre las pasiones y las tendencias del instinto en lo que tiene que ver con la vida sexual. Es decir, implica adquirir las virtudes morales (castidad, dominio de sí, etc.).

3º En tercer lugar, usando las palabras textuales de la Encíclica, ‘ya sea… la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa, ya sea… la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto por la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido’. Sólo pues en último lugar se señala como ejercicio de la paternidad y maternidad responsables la decisión respecto del número de hijos o la regulación de la natalidad, y lo hace en términos que hay que ponderar:

a) Puede tratarse, ante todo, de una decisión ponderada y generosa de tener una familia numerosa; nada más absurdo de identificar ‘paternidad responsable’ con la simple decisión de ‘limitar’ la familia. Juan Pablo II decía: ‘en la concepción de la ”paternidad responsable‘ está contenida la disposición no solamente a evitar ‘un nuevo nacimiento”, sino también a hacer crecer la familia según los criterios de la prudencia’[7]. En cuanto al número de hijos decía Juan Pablo II: ‘Es preciso que se establezca este nivel justo teniendo en cuenta no sólo el bien de la propia familia y estado de salud y posibilidades de los mismos cónyuges, sino también el bien de la sociedad a que pertenecen, de la Iglesia y hasta de la humanidad entera. La Encíclica Humanae vitae presenta la ”paternidad responsable” como expresión de un alto valor ético… supone también la disponibilidad a acoger una prole más numerosa’[8].

b) También puede tratarse de una decisión de evitar un nuevo nacimiento (durante algún tiempo o por tiempo indefinido); decisión que debe ser tomada: a) por graves motivos; b) y en el respeto de la ley moral; esto último es fundamental y por eso dice el Papa Juan Pablo II: ‘Bajo esta luz, desde la cual es necesario examinar y decidir la cuestión de la ”paternidad responsable’, queda siempre como central ”el orden moral objetivo, establecido por Dios, cuyo fiel intérprete es la recta conciencia’[9]. Y en otro lugar: ‘… La paternidad responsable, o sea… la regulación de la fertilidad moralmente recta, se trata de lo que es el bien verdadero de las personas humanas y de lo que corresponde a la verdadera dignidad de la persona’[10].

En conclusión: una decisión contra la ley moral de Dios objetivamente no es jamás un acto de paternidad y maternidad responsables.

Bibliografía para profundizar:

Pablo VI, Enc. Humanae vitae.

Juan Pablo II, Exhortación ‘Familiaris consortio’.

Juan Pablo II, La paternidad y la maternidad responsables a la luz de la Gaudium et spes y de la Humanae vitae (Catequesis del 1/08/84; en: L’OR, 5/08/84, p. 3).

Juan Pablo II, Las enseñanzas de la Iglesia sobre la transmisión responsable de la vida humana, Discurso a los participantes en el Congreso Internacional (L’OR, 17/04/88, p. 11).

Juan Pablo II, Varón y Mujer. Teología del cuerpo, Palabra, Madrid 1996.

Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2331-2400.

Caffarra, Carlo, Etica generale della sessualità, Ares, Milano 1992.


[1] Caffarra, Carlo, Etica generale della sessualità, Ares, Milano 1992, p. 53-54.

[2] Gaudium et spes, n. 50.

[3] Cf. Veritatis splendor, nn. 62 y 64.

[4] Gaudium et spes, n. 50.

[5] Juan Pablo II, L’OR, 2/09/84, p.3, n. 1.

[6] Cf. Humanae vitae, n. 10.

[7] Juan Pablo II, L’OR, 5/08/84, p. 3, n. 5.

[8] Juan Pablo II, L’OR, 9/09/84, p. 3, n. 3.

[9] Juan Pablo II, L’OR, 5/08/84, p. 3, n. 5.

[10] Juan Pablo II, L’OR, 9/09/84, p. 3, n. 2.

Artículo tomado de “el teólogo responde”. Autor: P. Miguel Angel Fuentes IVE.

Educación de los hijos

Enseñarles a tener todos estos principios en cuenta puede constituir la herencia más valiosa que, en el conjunto íntegro de la educación, leguen los padres a sus hijos 


Padre y madre son, por naturaleza, los primeros e irrenunciables educadores de su hijos. Su misión no es fácil. Está llena de contrastes en apariencia irreconciliables: han de saber comprender, pero también exigir; respetar la libertad de los chicos, pero a la vez guiarles y corregirles; ayudarles en sus tareas, pero sin sustituirlos ni evitarles el esfuerzo formativo y la satisfacción que el realizarlas lleva consigo…

De ahí que los padres tengan que aprender por sí mismos a serlo… y desde muy pronto. En ningún oficio la capacitación profesional comienza cuando el aspirante alcanza puestos de relieve y tiene entre sus manos encargos de alta responsabilidad. ¿Por qué en el «oficio de padres» debería ser de otra forma? ¿Acaso porque se trata más de un arte que de una ciencia? De acuerdo; pero en ningún arte bastan la inspiración y la intuición; es menester también instruirse, formarse.

En cualquier caso, aprender este «oficio» no consiste en proveerse de un conjunto de recetas o soluciones ya dadas e inmediatamente aplicables a los problemas que van surgiendo. Tales recetas no existen. Existen, por el contrario, principios fundamentos de la educación, que iluminan las distintas situaciones: los padres deben conocerlos muy a fondo, hasta hacerlos pensamiento de su pensamiento y vida de su vida, para con ellos encarar la práctica diaria.

Teniendo esto claro, y sin demasiadas pretensiones, ofreceré un memorándum , el más accesible y concreto posible, de los principales criterios y sugerencias sobre «el arte de las artes», como ha sido llamada la educación.

— Tres consejos de primer orden. 

1) La primera cosa que los padres necesitan para educar es un verdadero y cabal amor a sus hijos 

Según escribe G. Courtois en El arte de educar a los muchachos de hoy , la educación requiere, además de «un poco de ciencia y de experiencia, mucho sentido común y, sobre todo, mucho amor». Con otras palabras, es preciso dominar algunos principios pedagógicos y obrar con sentido común, pero sin suponer que baste aplicar una bonita teoría para obtener seguros resultados.

¿Por qué? Entre otros motivos, porque «cada niño es un caso» absolutamente irrepetible, distinto de todos los demás. Ningún manual es capaz de explicarnos ese «caso» concreto. Hay que aprender a modular los principios a tenor del temperamento, la edad y las circunstancias en que se encuentren los hijos. Y solo el amor permite conocer a cada uno de ellos tal como es hoy y ahora y actuar en consecuencia: aun concediendo la parte de verdad que encierra el dicho de que «el amor es ciego», resulta mucho más profundo y real sostener que es agudo y perspicaz, clarividente; y que, tratándose de personas, solo un amor auténtico nos capacita para conocerlas con hondura.

De hecho, será el amor el que enseñe a los padres a descubrir el momento más adecuado para hablar y para callar; el tiempo para jugar con los niños e interesarse por sus problemas sin someterlos a un interrogatorio y el de respetar su necesidad de estar a solas; las ocasiones en que conviene «soltar un poco de cuerda» y «no darse por enterados» frente a aquellas otras en que lo que procede es intervenir con decisión e incluso con resuelta viveza…

Y, según decía, en todo este difícil arte los padres resultan insustituibles. Un matrimonio muy agobiado por su trabajo profesional buscaba en una tienda de juguetes un regalo para su niño: pedían algo que lo divirtiera, lo mantuviese tranquilo y, sobre todo, le quitara la sensación de estar solo. Una dependiente inteligente les explicó: «lo siento, pero no vendemos padres».

2) La primera cosa que el hijo necesita para ser educado es que sus padres se quieran entre sí 

«Hacemos que no le falte de nada, estamos pendientes hasta de sus menores caprichos, y sin embargo…». Expresiones como ésta las oímos a menudo, proferidas por tantos padres que se vuelcan aparentemente sobre sus hijos —alimentos sanos, reconstituyentes, juegos, vestidos de marca, vacaciones junto al mar, diversiones, etc.—, pero se olvidan de la cosa más importante que precisan los críos: que los propios padres se amen y estén unidos.

El cariño mutuo de los padres es el que ha hecho que los hijos vengan al mundo. Y ese mismo afecto recíproco debe completar la tarea comenzada, ayudando al niño a alcanzar la plenitud y la felicidad a que se encuentra llamado. El complemento natural de la procreación, la educación, ha de estar movido por las mismas causas —el amor de los padres— que engendraron al hijo.

Desde hace ya bastantes siglos se ha dicho que, al salir del útero materno, donde el líquido amniótico lo protegía y alimentaba, el niño reclama imperiosamente otro «útero» y otro «líquido», sin los que no podría crecer y desarrollarse; a saber, los que originan el padre y la madre al quererse de veras.

Por eso, cada uno de los esposos debe engrandecer la imagen del otro ante los hijos y evitar cuanto pueda hacer disminuir el cariño de éstos hacia su cónyuge. Desde que los críos son muy pequeños, además de manifestar prudente pero claramente el afecto que los une, los padres han de prestar atención a no hacerse reproches mutuos delante de ellos, a no permitir uno lo que el otro prohíbe, a evitar de plano ciertas aberrantes recomendaciones al niño: «esto no se lo digas a papá (o a mamá)», etc.

3) Enseñar a querer 

Como acabamos de ver, el principio radical de la educación es que los padres se quieran entre sí y, como fruto de ese amor, que quieran de veras a sus hijos; el fin de esa educación es que los hijos, a su vez, vayan aprendiendo a querer, a amar .

Curiosamente y en compendio, educar es amar, y amar es enseñar a amar.

Según explica Rafael Tomás Caldera, «la verdadera grandeza del hombre, su perfección, por tanto, su misión o cometido, es el amor. Todo lo otro —capacidad profesional, prestigio, riqueza, vida más o menos larga, desarrollo intelectual— tiene que confluir en el amor o carece en definitiva de sentido»… e incluso, si no se encamina al amor, pudiera resultar perjudicial.

La entera tarea educativa de los padres ha de dirigirse, pues, en última instancia, a incrementar la capacidad de amar de cada hijo y a evitar cuanto lo torne más egoísta, más cerrado y pendiente de sí, menos capaz de descubrir, querer, perseguir y realizar el bien de los otros.

>Sólo así contribuirán eficazmente a hacerlos felices, puesto que la dicha —como muestran desde los filósofos más clásicos hasta los más certeros psiquiatras contemporáneos— no es sino el efecto no buscado de engrandecer la propia persona, de mejorar progresivamente: y esto solo se consigue amando más y mejor , dilatando las fronteras del propio corazón.

— Siete recomendaciones más. 

4) El mejor educador es el ejemplo. 

Los niños tienden a imitar las actitudes de los adultos, en especial de los que quieren o admiran. Jamás pierden de vista a los padres, los observan de continuo, sobre todo en los primeros años. Ven también cuando no miran y escuchan incluso cuando están super-ocupados jugando. Poseen una especie de radar, que intercepta todos los actos y las palabras de su entorno.

Por eso los padres educan o deseducan, ante todo, con su ejemplo.

Además, el ejemplo posee un insustituible valor pedagógico, de confirmación y de ánimo: no hay mejor modo de enseñar a un niño a tirarse al agua que hacerlo con él o antes que él. Las palabras vuelan, pero el ejemplo permanece, ilumina las conductas… y arrastra.

En el extremo opuesto la incongruencia entre lo que se aconseja y lo que se vive es el mayor mal que un padre o una madre puede infligir a sus hijos: sobre todo a determinadas edades, cuando el sentido de la «justicia» se encuentra en los chicosrígidamente asentado, sobre-desarrollado… y dispuesto a enjuiciar con excesiva dureza a los demás.

5) Animar y recompensar. 

El niño es muy receptivo. Si se le repite con frecuencia que es un maleducado, un egoísta, que no sirve para nada, se creerá y será verdaderamente maleducado, egoísta, e incapaz de realizar tarea alguna…«aunque no fuera sino para no defraudar a sus padres». Es mejor que tenga un poco de excesiva confianza en sí mismo, que demasiado poca. Y si lo vemos recaer en algún defecto, resultará más eficaz una palabra de ánimo que echárselo en cara y humillarlo. Mostrar al hijo que confiamos en sus posibilidades es para él un gran incentivo; en efecto, el pequeño —como, con matices, cualquier ser humano— se encuentra impulsado a llevar a la práctica la opinión positiva o negativa que de él se tiene y a no defraudar nuestras expectativas al respecto.

Cuando hace una observación correcta, incluso opuesta a la que nosotros acabamos de comentar o sugerir, no hay que tener miedo a darle la razón. No se pierde autoridad; más bien al contrario, la ganamos, puesto que no la hacemos residir en nuestros puntos de vista, sino en la misma verdad objetiva de lo que se propone.

Al animar y elogiar es preferible estar más atentos al esfuerzo hecho que al resultado obtenido. En principio, no se debe recompensar al niño por haber cumplido un deber o por haber tenido éxito en algo, si el conseguirlo no le ha supuesto un empeño muy especial. Un regalo por unas buenas calificaciones es deformante. Las buenas calificaciones, junto con la demostración de nuestra alegría por ese resultado, deberían ser ya un premio que diera suficiente satisfacción al niño.

Tampoco es bueno multiplicar desmesuradamente las gratificaciones. Por un lado, porque se le enseña a actuar no por lo que en sí mismo es bueno, sino por la recompensa que él recibe (o, lo que es idéntico, a pensar más en sí mismo que en los otros). Y además, porque cuando éstas vinieran a faltar, el pequeño se sentirá decepcionado: premiar reiteradamente lo que no lo merece equivale a transformar en un castigo todas las situaciones en que esa compensación esté ausente.

Conviene no olvidar una ley básica: educar a alguien no es hacer que siempre se encuentre contento y satisfecho, por tener cubiertos todos sus caprichos o deseos , sino ayudarle a sacar de sí (e-ducir), con el esfuerzo imprescindible por nuestra parte y la suya, toda esa maravilla que encierra en su interior y que lo encumbrará hasta la plenitud de su condición personal… haciéndolo, como consecuencia, muy dichoso.

6) Ejercer la autoridad, sin forzarla ni malograrla. 

Por lo mismo, para educar no son suficientes el cariño, el buen ejemplo y los ánimos; es preciso también ejercer la autoridad, explicando siempre, en la medida de lo posible, las razones que nos llevan a aconsejar, imponer, reprobar o prohibir una conducta determinada.

La educación al margen de la autoridad, en otro tiempo tan pregonada, se presenta hoy como una breve moda fracasada y obsoleta, contradicha por aquellos mismos que la han sufrido. El niño tiene necesidad de autoridad y la busca. Si no encuentra a su alrededor una señalización y una demarcación, se torna inseguro o nervioso. Incluso cuando juegan entre ellos, los niños inventan siempre reglas que no deben ser transgredidas. Por lo demás, todos sabemos lo antipáticos, molestos y tiránicos que son los hijos de los otros, cuando están malcriados, habituados a llamar siempre la atención y a no obedecer cuando no tienen ganas.

Pero tratándose de los propios, es más difícil un juicio lúcido. No se sabe bien si imponerse o abajarse a pactar y dejar hacer, para no correr el riesgo de tener una escena en público…, o acabar la cuestión con una explosión de ira y una regañina (que después deja más incómodos a los padres que al niño).

Por detrás de esta inseguridad, hay siempre una extraña mezcla de miedos y prevenciones. El horror a perder el cariño del chiquillo, el temor a que corra algún riesgo su incolumidad física, el pavor a que nos haga quedar mal o nos provoque daños materiales.

En definitiva, aunque no lo advirtamos ni deseemos, nos queremos más a nosotros mismos que al chico o la chica, anteponemos nuestro bien al suyo. De ahí que, si por encima de tantos temores prevaleciera el deseo sincero y eficaz de ayudar al crío a reconocer los propios impulsos egoístas, la codicia, la pereza, la envidia, la crueldad, etc., no existiría esa sensación de culpa cuando se lo corrigiera utilizando el propio ascendiente.

Con base en lo expuesto hasta aquí, y aun cuando no esté de moda, es menester reiterar de modo claro y neto la imposibilidad de educar sin ejercer la autoridad (que no es autoritarismo) y exigir la obediencia desde el mismo momento en que los niños empiezan a entender lo que se les pide. Por eso, es importante que los padres, explicando siempre los motivos de sus decisiones, indiquen a los niños lo que deben hacer o evitar, no dejando por comodidad caer en el olvido sus órdenes, ni permitiendo que los niños se les opongan abiertamente.

Como consecuencia, un criterio básico en la educación del hogar es que deben existir muy pocas normas y muy fundamentales y nunca arbitrarias , lograr que siempre se cumplan… y dejar una enorme libertad en todo lo opinable, aun cuando las preferencias de los hijos no coincidan con las nuestras: ¡ellos gozan de todo el «derecho» a llegar a ser aquello a lo que están llamados… y nosotros no tenemos ninguno a convertirlos en una réplica de nuestro propio yo!

A veces, sin embargo, se prohíbe algo sin saber bien por qué, qué es lo que encierra de malo, sólo por impulso, por las ganas de estar tranquilos o porque uno se siente nervioso y todo le molesta. Se compromete así la propia autoridad sin que sea necesario, abusando de ella… y se desconcierta a los muchachos, que no saben por qué hoy está vedado lo que ayer se veía con buenos ojos.

Cualquier niño sano tiene necesidad de movimiento, de juego inventivo y de libertad. Interviniendo de manera continua e irrazonable se acaba por hacer de la autoridad algo insufrible. Como aquella madre de la que se cuenta que decía a la niñera: «Ve al cuarto de los niños a ver que están haciendo… y prohíbeselo».

Por otro lado, la convicción del niño de que nunca hará desistir a los padres de las órdenes impartidas posee una extraordinaria eficacia, y ayuda enormemente a calmar las rabietas o a que no lleguen a producirse. (Lo más opuesto a esto, como ya he insinuado, es repetir veinte veces la misma orden —lávate los dientes, dúchate, vete ya a dormir…— sin exigir que se cumpla de inmediato: provoca un enorme desgaste psíquico, tal vez sobre todo a las madres, que suelen pasar mayor parte del día bregando con los críos, al tiempo que disminuye o elimina la propia autoridad).

Vale asimismo la pena estar atentos al modo como se da una indicación. Quien ordena secamente o alzando sin motivo el volumen de la voz deja siempre traslucir nerviosismo y poca seguridad. Un tono amenazador suscita con razón reacciones negativas y oposiciones. Demos las órdenes o, mejor, pidamos por favor, con actitud serena y confiando claramente en que vamos a ser obedecidos. Reservemos los mandatos estrictos para las cosas muy importantes. Para las demás peticiones resultará preferible utilizar una forma más blanda: «¿serías tan amable de…?», «¿podrías, por favor…?», «¿hay alguno que sepa hacer esto?». De este modo, se estimulará a los críos para que realicen elecciones libres y responsables, y se les dará la ocasión de actuar con autonomía e inventiva, de sentirse útiles… y experimentar la satisfacción de tener contentos a sus padres.

A veces es necesario pedir al hijo un esfuerzo mayor del acostumbrado; convendrá entonces crear un clima favorable. Si, por ejemplo, sabéis que vuestro cónyuge está particularmente cansado o lo atenaza una jaqueca insufrible, hablaréis a solas con el niño y le diréis: «Mamá (o papá) tiene un fuerte dolor de cabeza; por eso, esta tarde te pido un empeño especial para hacer el menos ruido posible…». Quizá sea oportuno darle una ocupación, y dirigirle una mirada cariñosa o una caricia, de vez en cuando, para recompensar sus desvelos… sin olvidar que en este, como en los restantes casos, hay que arreglárselas para que el niño cumpla su obligación.

Firmeza, por tanto, para exigir la conducta adecuada, pero dulzura extrema en el modo de sugerirla o reclamarla.

7) Saber regañar y castigar. 

Los ánimos y las recompensas no son normalmente suficientes para una sana educación. Un reproche o una punición, dados de la manera oportuna, proporcionada y sin arrepentimientos injustificados, contribuirá a formar el criterio moral del muchacho.

Sensata e inteligente debe ser la dosificación de las reprimendas y de los castigos. La política del «dejar hacer» es típica de los padres o débiles o cómplices. También en la educación, la «manga ancha» viene dictada a menudo por el temor de no ser obedecido o por la comodidad («haz lo que quieras, con tal de dejarme en paz»)… que no son sino otros tantos modos de amor propio: de preferir el propio bien (no esforzarse, no sufrir al demandar la conducta correcta) al de los hijos.

Pero resultaría pedante, o incluso neurótico, un continuo y sofocante control de los chicos, regañados y castigados por la más mínima desviación de unos cánones despóticos establecidos por los padres.

Para que una reprensión sea educativa ha de resultar clara, sucinta y no humillante. Hay por tanto que aprender a regañar de manera correcta, explícita, breve, y después cambiar el tema de la conversación. En efecto, no se debe exigir que el hijo reconozca de inmediato el propio mal y pronuncie un mea culpa , sobre todo si están presentes otras personas (¿lo hacemos nosotros, los adultos?). Convendrá también elegir el lugar y el momento pertinente para reprenderle; a veces será necesario esperar a que haya pasado el propio enfado, para poder hablar con la debida serenidad y con mayor eficacia.

Por otro lado, antes de decidirse a dar un castigo, conviene estar bien seguros de que el niño era consciente de la prohibición o del mandato. Naturalmente, hay que evitar no solo que la sanción sea el desahogo de la propia rabia o malhumor, sino también que tenga esa apariencia. Tratándose de fracasos escolares, conviene saber juzgar si se deben a irresponsabilidad o a limitaciones difícilmente superables del chico o de la chica.

Cuando se reprenda es menester además huir de las comparaciones: «Mira cómo obedece y estudia tu hermana…». Las confrontaciones sólo engendran celos y antipatías.

Tener que castigar puede y debe disgustarnos, pero a veces es el mejor testimonio de amor que cabe ofrecer a un hijo: el amor «todo lo sufre», cabría recordar con san Pablo,… incluso el dolor de los seres queridos, siempre que tal sufrimiento sea necesario. Ningún temor, por tanto, a que una corrección justa y bien dada disminuya el amor del hijo respecto a vosotros. A veces se oye responder al muchacho castigado: «¡No me importa en absoluto!». Podéis entonces decirle, con toda la serenidad de que seáis capaces: «No es mi propósito molestarte ni hacerte padecer».

8) Formar la conciencia. 

En nuestra sociedad, los niños resultan bombardeados por un conjunto de eslóganes y de frases que transmiten «ideales» no siempre acordes con una visión adecuada del ser humano, e incapaces por tanto de hacerlos dichosos. La solución no es un régimen policial, compuesto de controles y de castigos. Es menester que los hijos interioricen y hagan propios los criterios correctos, que formen su conciencia, aprendiendo a distinguir claramente lo bueno de lo malo.

Y para ello no basta con decirles: «¡Esto no está bien!» o, menos todavía, «¡Esto no megusta!». Se corre el riesgo de transformar la moral en un conjunto de prohibicionesarbitrarias, carentes de fundamento. Por el contrario, es muy importante «educar en positivo» , como se suele afirmar; lo cual equivale, en mi opinión, a mostrar la belleza y la humanidad de la virtud alegre y serena, desenvuelta y sin inhibiciones . Para lograrlo, hay que esforzarse por vivir la propia vida, con todas sus contrariedades, como una gozosa aventura que vale la pena componer cada día. En tales circunstancias, al descubrir la hermosura y la maravilla de hacer el bien, el niño se sentirá atraído y estimulado para obrar correctamente.

Además, interesa hacer comprender lo decisiva que es la intención para determinar la moralidad de un acto, y ayudar a los hijos a preguntarse el porqué de un determinado comportamiento. A tenor de sus respuestas, se les hará ver la posible injusticia, envidia, soberbia, etc., que los ha motivado. El denominado complejo de culpa, es decir, la obscura y angustiosa sensación de haberse equivocado, acompañada de miedo o de vergüenza, nace justo de la falta de un valiente y sereno examen de la calidad moral de nuestros actos. Por el contrario, como muestran también los psiquiatras más avezados, es necesario y sano el sentido del pecado. La clara percepción de las propias concesiones y faltas, con las que hemos vuelto las espaldas a Dios, provoca un remordimiento que activa y multiplica las fuerzas para buscar de nuevo el amor que perdona.

Para formar la conciencia puede también ser útil comentar con el niño la bondad o maldad de las situaciones y hechos de los que tenemos noticia, así como sugerirle la práctica del examen de conciencia personal al término del día, acaso ayudándole en los primeros pasos a hacerse las preguntas adecuadas. A medida que crece, hay que dejarle tomar con mayor libertad y responsabilidad sus propias decisiones, diciéndole como mucho: «Yo, de ti, lo haría de este o aquel modo» y, en su caso, explicándole brevemente el porqué.

9) No malcriar a los niños. 

Se malcría a un niño con desproporcionadas o muy frecuentes alabanzas, con indulgencia y condescendencia respecto a sus antojos. Se lo maleduca también convirtiéndolo a menudo en el centro del interés de todos, y dejando que sea él quien determine las decisiones familiares. Un pequeño rodeado de excesiva atención y de concesiones inoportunas, una vez fuera del ámbito de la familia se convertirá, si posee un temperamento débil, en una persona tímida e incapaz de desenvolverse por sí misma. Si, por el contrario, tiene un fuerte temperamento, se transformará en un egoísta, capaz de servirse de los otros o de llevárselos por delante.

Por eso, frente a los caprichos de los niños no se debe ceder: habrá simplemente que esperar a que pase la pataleta, sin nerviosismos, manteniendo una actitud serena, casi de desatención, y, al mismo tiempo, firme. Y esto, incluso —o sobre todo— cuando «nos pongan en evidencia» delante de otras personas: su bien (¡el de los hijos!) debe ir siempre por delante del nuestro .

10) Educar la libertad. 

En este ámbito, la tarea del educador es doble: hacer que el educando tome conciencia del valor de la propia libertad, y enseñarle a ejercerla correctamente.

Pero no resulta fácil entender a fondo lo que es la libertad y su estrecha relación con el bien y con el amor. ¿Quién es auténticamente libre?: el que, una vez conocido, hace el bien porque quiere hacerlo , por amor a lo bueno. Al contrario, va «perdiendo» su libertad quien obra de manera incorrecta. Un hombre puede quitarse la vida porque es «libre», pero nadie diría que el suicidio lo mejora en cuanto persona o incrementa su libertad.

Educar en la libertad significa por tanto ayudar a distinguir lo que es bueno (para los demás y, como consecuencia, para la propia felicidad), y animar a realizar las elecciones consiguientes, siempre por amor .

Conceder con prudencia una creciente libertad a los hijos contribuye a tornarlos responsables. Una larga experiencia de educador permitía afirmar a San Josemaría Escrivá: «Es preferible que [los padres] se dejen engañar alguna vez: la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre».

En definitiva, igual que antes afirmaba que el objetivo de toda educación es enseñar a amar, puede también decirse —pues en el fondo es lo mismo— que equivale a ir haciendo progresivamente más libre e independiente a quienes tenemos a nuestro cargo: que sepan valerse por sí mismos, ser dueños de sus decisiones, con plena libertad y total responsabilidad.

— …Y la clave de las claves 

11) Recurrir a la ayuda de Dios. 

El conjunto de sugerencias ofrecidas hasta el momento estarían incompletas si no dejáramos constancia de este «último» y fundamentalísimo precepto, que debe acompañar a todos y cada uno de los precedentes.

Educar procede de e-ducere ex-traer hacer surgir. El agente principal e insustituible es siempre el propio niño. De una manera todavía más profunda, Dios, en el ámbito natural o por medio de su gracia, interviene en lo más íntimo de la persona de nuestros hijos, haciendo posible su perfeccionamiento.

Ningún hijo es «propiedad» de los padres; se pertenece a sí mismo y, en última instancia, a Dios. Por tanto, y como apuntaba, no tenemos ningún derecho a hacerlos a «nuestra imagen y semejanza». Nuestra tarea consiste en «desaparecer» en beneficio del ser querido, poniéndonos plenamente a su servicio para que puedan alcanzar la plenitud que a cada uno le corresponde: ¡la suya !, única e irrepetible.

Por consiguiente, el padre o la madre, los demás parientes, los maestros y profesores… pueden considerarse colaboradores de Dios en el crecimiento humano y espiritual del chico; pero es este el auténtico protagonista de tal mejora.

A los padres en concreto, en virtud del sacramento del matrimonio, se les ofrece una gracia particular para asumir tan importante tarea. Por todo ello es muy conveniente que, sobre todo pero no sólo en momentos de especial dificultad, invoquen la ayuda y el consejo de Dios… y que sepan abandonarse en Él cuando parece que sus esfuerzos no dan los resultados deseados o que el chico —en la adolescencia, pongo por caso— enrumba caminos que nos hacen sufrir.

Además, no debe olvidarse del gran servicio gratuito del Ángel Custodio, a quien el propio Dios ha querido encargar el cuidado de nuestros hijos. Y recordar también que la Virgen continúa desde el cielo desplegando su acción materna, de guía y de intercesión.

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Artículo tomado de Fundación Arbil (n. 97) – http://www.arbil.org

Tomás Melendo Granados
tmelendo@masterenfamilias.com
www.masterenfamilias.com 

Ética de la regulación de la natalidad

Ordenamiento de la sexualidad a la procreación

En todo momento el acto sexual de los esposos debe ser idóneo para expresar el mutuo amor (su intención unitiva) y al mismo tiempo debe respetar la capacidad procreativa que la naturaleza le otorgue.

El principio fundamental de la Humanae Vitae es que los dos significados deben mantenerse juntos en cada acto y nunca separarse voluntariamente; por lo tanto siempre que se usa la sexualidad de un modo pleno (acto sexual) debe estar presente: la unión real (no solo el cuerpo sino el afecto y el espíritu) y la apertura a la procreación que es propia del momento elegido por los esposos para realizar sus actos sexuales.

La anticoncepción se trata de una acción que desvirtúa substancialmente –y por lo tanto gravemente- la naturaleza de la sexualidad y de la conyugalidad, por cuanto separa las dos dimensiones o significados del acto conyugal; en los casos de los anticonceptivos que tienen un efecto abortivo, además, se suma el agravante de un homicidio calificado.

Cultura de la vida: alternativa a la necesidad de espaciar nacimientos por causas graves

El Papa Juan Pablo II expresa: «Hay que excluir aquí que pueda ser calificada de ‘responsable’, desde el punto de vista ético, la procreación en la que se recurre a la anticoncepción para realizar la regulación de la natalidad. El verdadero concepto de ‘paternidad y maternidad responsables’, por el contrario, está unido a la regulación de la natalidad honesta desde el punto de vista ético»

«Cuando los esposos, mediante el recurso a la anticoncepción, separan estos dos significados que Dios Creador ha inscrito en el ser del hombre y de la mujer y en el dinamismo de su comunión sexual, se comportan como ‘árbitros’ del designio divino y ‘manipulan’ y envilecen la sexualidad humana, y con ella la propia persona del cónyuge, alterando su valor de donación ‘total’. Así, al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, la anticoncepción impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal».

Se pueden hallar más confirmaciones de la gravedad moral objetiva de la anticoncepción prestando atención a algunas características que ese comportamiento ha asumido en nuestro tiempo. La difusión en las masas de la anticoncepción ha sido el primer paso de un camino de muerte. De allí ha derivado pronto una vasta «mentalidad anticonceptiva» es decir, una amplia actitud de rechazo de todo hijo no querido, abriendo así el camino a una gran aceptación social de la esterilización y del aborto. A su vez, esto está constituyendo la premisa para la aceptación social de la eutanasia y de su legitimación jurídica.

La anticoncepción ha desempeñado y desempeña un papel muy importante en el desarrollo de la asoladora «cultura de la muerte», cuyas víctimas se cuentan por decenas de millones cada año. Una cultura que, además, envilece la sexualidad humana y desvirtúa el amor incluso en su forma más sublime, como es el amor materno, cuando confiere a la madre el absurdo derecho de matar al niño que lleva en su seno. Cultura que ha llegado hasta la modificación del significado de las palabras, para con ello, confundir y poder lograr sus propósitos con menor resistencia social (para citar solo un  ejemplo: llamando anticoncepción artificial a los dispositivos intrauterinos, cuyo mecanismo de acción es probadamente abortivo, al impedir la anidación en el endometrio, del embrión cuya vida ya tuvo inicio varios días antes).

Los cónyuges que eligen la anticoncepción, lo sepan o no, contribuyen a consolidar y potenciar en su fuente esa cultura de la muerte. Teniendo esto en cuenta hay que decir que es ilícito procurar un buen fin (evitar el riesgo para la salud) o cualquier otro fin que se evidencie, con el mal medio de la anticoncepción artificial. Recordemos lo visto anteriormente respecto de la necesidad de bondad tanto en el objeto, como en el fin o la circunstancia. La anticoncepción es mala en sí, pues separa los dos aspectos que son intrínsecos al acto conyugal: el unir a los esposos y al mismo tiempo y volverlos potencialmente fecundos. En cambio es lícito buscar un buen fin (por ej. evitar el peligro para la vida) a través del uso honesto de los ritmos naturales[1]. Estos actos son buenos porque en este caso los esposos se limitan a conocer una disposición natural (es decir, causada por el Creador) que son los ritmos naturales de la mujer, para servirse de ella (cf. HV,16); en este caso los esposos se reconocen “no árbitros de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador” (Humanae vitae, 13).

Hay que tener en cuenta que los métodos naturales no son  anticonceptivos, sino “no-conceptivos”: no van “contra la concepción” (ni la impiden ni la destruyen) pues consisten simplemente en abstenerse de los actos sexuales conyugales en los períodos que la mujer reconoce como fecundos.[2] Tener o no tener relaciones sexuales matrimoniales es algo que pertenece a la libertad de los cónyuges; pero, si deciden tenerlas, deben ser una expresión de su amor, que como ya vimos, es inseparablemente unitivo y procreador. El hecho de saber de antemano que no podrá haber una concepción, puesto que la mujer no es fértil en ese momento, no quita al acto conyugal su sentido procreador, que no depende del resultado alcanzado. Este significado es originario en el acto conyugal, y para que éste quede privado de él hace falta una manipulación artificial que lo deforme, cerrándolo a la transmisión de la vida.

Por otro lado recordemos el tema de la necesidad de graves motivos para utilizar el recurso de los días infértiles, de lo contrario, podría ser utilizado como anticonceptivo en la intención, la cual, sin embargo, no conduce en la práctica a actos anticonceptivos, sino a abstenerse de la realización de actos que puedan conducir a la concepción de una vida nueva: no priva a ningún proceso de su natural eficacia generadora. Existe por tanto, una diferencia objetiva respecto a la acción anticonceptiva, porque es muy distinto privar un acto de sus potencialidades, que no realizarlo. El desorden moral del recurso inmotivado a los ritmos de infertilidad femenina consiste en haber tomado una decisión negativa sobre los hijos, que no corresponde a su misión. Existe la diferencia de hacer positivamente el mal y no realizar el bien debido.

Los métodos naturales de reconocimiento de la fertilidad se colocan en el contexto más amplio de la educación de las virtudes, propio de una antropología correcta. Exigen no sólo el conocimiento de sí mismos sino el aprendizaje del dominio de sí mismos. Por ello estos métodos son educativos del carácter. En esencia, los “métodos naturales” son solamente un método de diagnóstico de los periodos fértiles de la mujer lo cual permite la abstinencia de las relaciones sexuales cuando justificados motivos de responsabilidad exigen evitar una nueva concepción. De este modo, se constituyen en un medio para que los cónyuges modifiquen su comportamiento sexual mediante la abstinencia. De este modo, se trabaja en la capacidad de dominar, controlar y orientar los impulsos de carácter sexual. Supone la práctica de la virtud de la castidad conyugal, constituyéndose esta en una de las razones fundamentales de la bondad de estos métodos, pues la adquisición y la práctica de las virtudes en general y de la castidad en particular son esenciales para el autentico amor conyugal.

El juicio moral, por lo tanto, que se examine no solo el objeto sino además el fin y la circunstancias. La decisión de recurrir a los métodos naturales implica un juicio prudencial por el cual los esposos juzgan que no es prudente aquí y ahora poner los medios para concebir un nuevo hijo.

La cultura de la muerte, es fruto de la cultura del egoísmo que envenena el corazón del hombre. La solución está en la instauración de una nueva cultura de la vida, pero esta ha de brotar de corazones generosos, con Dios y con los demás, en la familia y la sociedad, generosos con el don de la vida misma. Esta cultura de la muerte ha visto como gran medio para lograr sus objetivos, tergiversar el sentido de la sexualidad (que sintetizamos en los puntos anteriores). Nunca una educación de la sexualidad estará completa, ni será del todo proveedora de significados, y por lo tanto eficaz, si no está integrada en  la educación para el amor; teniendo siempre como marco los valores humanos.


[1] Dice S.S Pablo VI: “Si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los períodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales” (Humanae vitae, 16).

[2] R.P. Miguel Ángel Fuentes. idem

Sexualidad humana

Algunos creen que en el tema de la sexualidad “lo único natural es lo espontáneo”, pero se equivocan seriamente porque olvidan, o no tienen muy presente, que el ser humano es pensante; que planifica su vida desde que tiene el uso de razón; planifica su día de trabajo e inclusive sus días de descanso, para aprovecharlos a pleno.  Lo natural en el ser humano es la racionalidad.

Amor y sexualidad

La persona es capaz de amor superior: no el de concupiscencia, que solo ve objetos con los cuales satisfacer sus propios apetitos, sino el de amistad y entrega, capaz de conocer y amar a las personas por sí mismas. Un amor capaz de generosidad, que genera la comunión entre las personas, ya que cada uno considera el bien del otro como propio.

La sexualidad es un elemento básico de la personalidad, un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, expresar, y vivir el amor humano. Feminidad y masculinidad son dones complementarios, en cuya virtud la sexualidad humana es parte integrante de la concreta capacidad de amar[1].

En este marco hemos de hacer referencia a la virtud de la castidad. Nuestros adolescentes y jóvenes han de saber que la castidad es posible. También es muy importante saber que la castidad se construye y es “parte” de un conjunto de virtudes que deben ir juntas. Quien busca sólo la castidad no la encontrará. La madurez humana a nivel natural es consecuencia del desarrollo armónico de todas las virtudes humanas.[2] Y esta es tarea para llevar a cabo desde la más tierna infancia. Una vez le preguntaron a un santo cuando había que empezar a educar a los hijos; a lo que sabiamente respondió: -“15 años antes de que nazcan”. Con lo cual hacía referencia a la necesidad de la formación integral de los jóvenes, previo a iniciar su vida conyugal. Nunca es tarde para reeducar o reeducarse, pero si hablamos de lo ideal, convengamos que una esmerada educación producirá mejores “frutos”.

La castidad es fundamental para la educación del carácter. El joven o la joven que llegan al noviazgo y se encaminan al matrimonio no pueden eludir la obligación de ayudar a su futuro cónyuge a educar su carácter. La maduración psicológica es un trabajo de toda la vida. Consiste en forjar una voluntad capaz de aferrarse al bien a pesar de las grandes dificultades. Así como los padres se preocupan de ayudar a sus hijos a lograr esta maduración, también el novio debe ayudar a su novia (y viceversa) y el esposo a su esposa. Quien no trabaja en esto no sólo es un impuro sino que puede llegar a ser un hombre o una mujer despersonalizados, sin carácter.

El sentido de la donación

En cuanto a la modalidad de relacionarse y abrirse a los otros, la sexualidad tiene como fin intrínseco el amor, más precisamente el amor como donación y acogida, como dar y recibir. Cuando dicho amor se actúa en el matrimonio, el don de sí expresa, a través del cuerpo, la complementariedad y la totalidad del don; el amor conyugal llega a ser entonces, una fuerza que enriquece y hace crecer a las personas y, al mismo tiempo, contribuye a alimentar la civilización del amor; cuando por el contrario falta el sentido y el significado del don en la sexualidad, las personas se usan como si fueran cosas.

En esta línea, Juan Pablo II, en la Familiaris Consortio llega a afirmar que «la donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona…; si la persona se reservase algo… ya no se donaría totalmente».

La donación entre los esposos es total cuando incluye: todo cuanto se tiene (cuerpo, alma, afectividad, presente y futuro); de modo exclusivo (es decir, a una sola persona con exclusión de todas las demás); en estado perfecto (no disminuido o deteriorado voluntariamente); para toda la vida (lo cual es garantizado sólo tras el compromiso público que se da en el consentimiento matrimonial). Estos elementos sólo pueden ser vividos en el matrimonio válidamente celebrado.

Virginidad y Celibato

Quienes han ingresado voluntariamente en el estado de virginidad consagrada o de celibato, viven su pureza en la forma más elevada. El fin primordial de la virginidad y el celibato es el amor a Dios y a sus cosas o empresas. Es la forma más elevada de renuncia al mundo, por valor del servicio y amor divinos, para conformarse con su Esposo Jesucristo.

Inseparabilidad de los significados unitivo y procreador del acto conyugal

El acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad. Existe una inseparable conexión entre estos dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador…

El amor se ordena entonces a dar la vida, a ser fecundo. Sin embargo, la fecundidad por la cual los esposos se convierten al mismo tiempo en padres y madres debe ser también una dimensión «humana», es decir, guiada por la razón y por la virtud que la perfecciona en el plano del obrar: la prudencia. De aquí que el Magisterio de la Iglesia hable de “paternidad y maternidad responsables”.

Paternidad y maternidad responsables implica diversas cosas[3]:

Ante todo, el conocimiento y respeto de los procesos biológicos de la procreación, es decir, el descubrir con la inteligencia las leyes biológicas que forman parte de la persona y que se ordenan a dar la vida. Los esposos deben esforzarse por conocer su íntima naturaleza.

En segundo lugar, comporta el dominio de la inteligencia y de la voluntad sobre las pasiones y las tendencias del instinto en lo que tiene que ver con la vida sexual. Es decir, implica adquirir las virtudes morales (castidad, dominio de sí, etc.).

En tercer lugar, se señala como ejercicio de la paternidad y maternidad responsables la decisión respecto del número de hijos o la regulación de la natalidad, y lo hace en términos que hay que ponderar: a) Puede tratarse, ante todo, de una decisión ponderada y generosa de tener una familia numerosa o bien; b) También puede tratarse de una decisión de evitar un nuevo nacimiento (durante algún tiempo o por tiempo indefinido); decisión que debe ser tomada: a) por graves motivos; b) y en el respeto de la ley moral.

Cada matrimonio debe tener tantos hijos cuantos en conciencia formada y delante de Dios vea que Dios quiere, siempre manteniéndose abiertos a la vida en cada uno de sus actos conyugales. Amor y vida son, por consiguiente, los valores centrales que están en juego en el amor conyugal. Y esos valores son evidentemente de suma importancia.


[1] Sexualidad Humana. Verdad y Significado. Consejo Pontificio para la familia.Pág.12.

[2] David Isaacs. La educación de las virtudes humanas. EUNSA. 1991

[3] Idem. en “matrimonio y familia”

 

El hombre: persona

Toda ciencia (como es la biomedicina) y toda ética, suponen una relación con la antropología, no sólo porque se ocupan del hombre o del mundo del hombre, sino porque plasman sobre el hombre (paciente o investigado) la visión del hombre que tiene el científico. Lo mismo se diga de la ética y de la bioética: según sea la visión antropológica tal será la visión ética sobre los problemas analizados. Para esto, será necesario definir una antropología adecuada, que es “aquella que trata de comprender e interpretar al hombre en lo que es esencialmente humano”. Por lo tanto, hace falta aquí delimitar varios principios claves que han de guiar  toda la reflexión moral de la bioética.

 

El hombre como totalidad unificada

“El hombre es una unidad substancial de alma y cuerpo”. Se oponen a este aserto todos los reduccionismos, es decir, todas aquellas teorías que “reducen” la naturaleza del hombre ya sea negando el alma o reduciendo el cuerpo a pura apariencia.

Contra todo esto, debemos afirmar que el hombre es una “totalidad unificada”, es decir: cuerpo y alma unidos substancialmente: “esa naturaleza es al mismo tiempo corporal y espiritual. Cada persona humana, en su irrepetible singularidad, no está constituida solamente por el espíritu, sino también por el cuerpo, y por eso en el cuerpo y a través del cuerpo se alcanza a la persona misma en su realidad concreta. Respetar la dignidad del hombre comporta, por consiguiente, salvaguardar esa identidad del hombre.

La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar al alma como la ‘forma’ del cuerpo; es decir, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza.

 

El hombre es “persona”

La persona es fruto de un acto creador de Dios, quien crea e infunde el alma en cada ser humano. El acto generativo de un hombre y una mujer no dan razón de las superioridades que tiene el ser engendrado por ellos respecto de los seres engendrados de la unión de cualquier pareja de animales irracionales: no explica que este nuevo ser sea espiritual, inteligente y con voluntad. El ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas.

Al decir que el hombre es persona, estamos diciendo que es una “sustancia individual de naturaleza racional”. Lo que caracteriza a esta  sustancia individual, a diferencia de otras sustancias individuales (como el perro y la mosca), lo que la hace ser como es y obrar del modo como obra, es la racionalidad.

Al observar los vegetales y los animales… ¿Alguno de ellos es capaz de conocer las cosas en lo que “son” más allá de su apariencia sensible? ¿Alguno es capaz de hacer ciencia? ¿De conducirse, guiar sus propios actos, planeándolos por anticipado? ¿De renunciar a lo placentero por un bien mayor? ¿De amar y valorar la familia, la Patria o a Dios? Estas operaciones de inteligencia y voluntad, nos muestran, por el modo de operar, que la naturaleza del hombre, de la persona, es racional.

 

Características constitutivas

a)      Esta persona humana es compuesta. Materia: cuerpo y Forma: alma. Alma espiritual, incorpórea  y subsistente. Si bien la persona humana es compuesta, hay en ella una unidad esencial y existencial. Es una “totalidad integrada” y ordenada jerárquicamente. Un montón de ladrillos no es una totalidad, una casa sí lo es.

b)      La persona humana es limitada, finita. Limitada en el tiempo: nacemos y morimos. Además cada uno de nosotros no es todo lo demás, hay otras realidades que también son, que están más allá de nuestra individualidad real.

c)       El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Sin embargo, esta imagen divina no es univoca y perfecta, sino análoga e imperfecta.[1] La persona humana no es perfecta. En cada uno de nosotros hay imperfecciones. Pero hay también una posibilidad real de perfección. Nuestra naturaleza no tiene actualizadas, realizadas, todas sus posibilidades; pero tiende a ello. Y en ese tender a la perfección se desenvuelve la vida humana. Aquí está el profundo sentido de la educación.

d)      El hombre es un ser con interioridad.  Lo cual nos demuestra que es:

  • Capaz de reflexión, de un abandono de los objetos externos y una vuelta, un giro sobre sí, un giro sobre su interioridad psíquica.
  • Capaz de juzgar, es decir, de afirmar o de negar algo. Puede juzgar las cosas que son y como son. Se trata de juicios provenientes de la contemplación del orden dado. También puede juzgar lo que debe ser y lo que se debe hacer. Este es un juicio práctico. La razón establece un orden donde no existía.
  • Capaz de proyectar, en el sentido de elaborar un proyecto en su interioridad. Hay una conducta pensada, proyectada, juzgada en la interioridad, previa a la conducta vivida.

e)      El hombre es un ser capaz de guiar su propia vida. Nace con un proyecto vital específico… pero hay una diferencia fundamental entre él y los otros seres vivos. El hombre elabora su propio proyecto, y lo vive después; conduce su vida concreta y da sentido a sus actos. Y esto es posible dada su capacidad para conocer el fin, y conocer los medios adecuados para alcanzar ese fin. Y el hombre es el único ser vivo capaz de conocer fines y juzgar cuál es el medio más adecuado y más conveniente para alcanzarlos.

f)        El hombre es un ser capaz de elegir. Es posible elegir:

  • El “modo” de realizarnos como personas.
  • Los distintos medios para alcanzar los fines [2]intermedios y el fin último
  • Los fines intermedios

Sin embargo  No podemos elegir:

  • El fin último de la naturaleza humana: la felicidad. Para poder hacerlo tendríamos que ser sus autores, y de hecho no lo somos.
  • El fin último sobrenatural, ni
  • El Bien Común.

 

El conocimiento, y la búsqueda de estos fines y medios tienen una estrecha relación con la ética. La persona humana lleva en su naturaleza inscrita una ordenación obligatoria, necesaria, al bien común universal que es Dios y al bien común de la sociedad, que está por debajo y es más particular que aquel bien que subordina a sí cualquier otro.

El hecho de compartir todos los hombres la común naturaleza humana, tiene importantes consecuencias:

1°) las personas humanas compartimos un único e idéntico fin último; y 2°) los preceptos éticos son universales, es decir, se aplican por igual a todos los hombres, de todos los tiempos y bajo cualquier circunstancia. Todo esto fue, es y será así, mientras la naturaleza humana siga siendo la misma; y si cambiara, ya no seríamos persona humana, sino otra cosa diferente, a la cual habría que aplicarle sus propias reglas… Sin embargo, no todos admiten un fin último común –hay personas a las que por su estilo de vida, esto parece resultarles sumamente inconveniente.

Las maravillas de la naturaleza, tras una simple y atenta observación, tanto el macro como el microcosmos, sólo pueden explicarse, aceptando un orden asombroso y una Inteligencia Ordenadora, de una naturaleza muy superior a las posibilidades de la humana.

Sería impensable que ese maravilloso orden de la Creación, no se aplicase a la criatura más noble –el ser humano-. Ahora bien, todo orden implica –necesariamente-, un fin; que es -precisamente-, el criterio ordenador.

Por nuestra libertad –capacidad de hacer el bien o no hacerlo-, los seres humanos podemos auto-proponernos múltiples y subjetivos fines, muchos de los cuales –a su vez-, son medios para alcanzar otros fines superiores. Pero esa multiplicidad de fines no puede ser una cadena infinita; alguno tiene que ser el último, en cuanto meta final de la vida humana; o, lo que es lo mismo, el fin primario que ordena y da sentido, a la totalidad de la vida y actos de cada hombre. Y como nuestra naturaleza es común, dicho fin también –necesariamente- lo es.  Además, es experiencia universal que todas las personas buscamos ardientemente la felicidad, entendida como la pacífica posesión del bien. La felicidad es, pues, el fin último natural del hombre.

La discrepancia radica en cómo obtenerla, pero no en que todos la buscamos, o en que no sea el fin último de la humanidad. Parece experiencia universal indubitada, que la felicidad no está en ninguna cosa, ni en la sumatoria de todas ellas; sino más bien en la propia satisfacción, al realizar constantemente el bien, y éste en sentido objetivo.

Por tanto, la ética es el conocimiento de lo bueno –para realizarlo-, y de lo malo –para evitarlo-. Tiene estrecha relación con el último fin, que es el que marca la bondad objetiva, la cual, a la postre, es la único que puede hacernos felices.

 

Orden Natural y comportamiento humano.

Al estar estudiando actos humanos,  hemos de conocer la naturaleza humana para saber de las leyes que la rigen. Esa naturaleza no es resultado del azar ciego, que sostiene el materialismo, sino que posee un Orden, una jerarquía que se manifiesta en todos los seres y todos los fenómenos.

El hombre siempre se ha admirado de la regularidad de la marcha de los planetas, del ritmo de las estaciones, de la generación de la vida. Todo lo cual nos evidencia que hay una naturaleza y que existe un orden en ella, a lo que llamamos orden natural.

Cicerón nos enseña que hay un orden de la naturaleza con tres caracteres fundamentales:

a)      Es objetivo, pues no depende de “la opinión general”, ni de los “decretos de los imperantes”, ni de las “sentencias de los jueces”, todos ellos elementos subjetivos y cambiantes. El bien y lo justo no dependen de la conveniencia o capricho.

b)     Es universal, pues atañe a todos los hombres -mujeres y varones-, de todos los tiempos, lugares y demás circunstancias; pues la naturaleza humana es común a todos.

c)      Finalmente dicho orden de la naturaleza es inmutable, pues nuestra naturaleza -esencia-, no cambia. El mismo Cicerón no era ni más ni menos hombre que ninguno de nosotros, aunque por sus excepcionales cualidades, probablemente nos supere a todos en ellas; pero esas habilidades son elementos accidentales, y no hacen propiamente a la humanidad de ninguna persona, sólo la califican.

 


[1] Antonio Royo Marin. Dios y su obra. BAC. Madrid.1963

[2] El fin último y los fines intermedios pueden ser conocidos  por la inteligencia. Por la voluntad, adherimos a ellos o nos alejamos de los mismos.