Ética de la regulación de la natalidad

Ordenamiento de la sexualidad a la procreación

En todo momento el acto sexual de los esposos debe ser idóneo para expresar el mutuo amor (su intención unitiva) y al mismo tiempo debe respetar la capacidad procreativa que la naturaleza le otorgue.

El principio fundamental de la Humanae Vitae es que los dos significados deben mantenerse juntos en cada acto y nunca separarse voluntariamente; por lo tanto siempre que se usa la sexualidad de un modo pleno (acto sexual) debe estar presente: la unión real (no solo el cuerpo sino el afecto y el espíritu) y la apertura a la procreación que es propia del momento elegido por los esposos para realizar sus actos sexuales.

La anticoncepción se trata de una acción que desvirtúa substancialmente –y por lo tanto gravemente- la naturaleza de la sexualidad y de la conyugalidad, por cuanto separa las dos dimensiones o significados del acto conyugal; en los casos de los anticonceptivos que tienen un efecto abortivo, además, se suma el agravante de un homicidio calificado.

Cultura de la vida: alternativa a la necesidad de espaciar nacimientos por causas graves

El Papa Juan Pablo II expresa: «Hay que excluir aquí que pueda ser calificada de ‘responsable’, desde el punto de vista ético, la procreación en la que se recurre a la anticoncepción para realizar la regulación de la natalidad. El verdadero concepto de ‘paternidad y maternidad responsables’, por el contrario, está unido a la regulación de la natalidad honesta desde el punto de vista ético»

«Cuando los esposos, mediante el recurso a la anticoncepción, separan estos dos significados que Dios Creador ha inscrito en el ser del hombre y de la mujer y en el dinamismo de su comunión sexual, se comportan como ‘árbitros’ del designio divino y ‘manipulan’ y envilecen la sexualidad humana, y con ella la propia persona del cónyuge, alterando su valor de donación ‘total’. Así, al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, la anticoncepción impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal».

Se pueden hallar más confirmaciones de la gravedad moral objetiva de la anticoncepción prestando atención a algunas características que ese comportamiento ha asumido en nuestro tiempo. La difusión en las masas de la anticoncepción ha sido el primer paso de un camino de muerte. De allí ha derivado pronto una vasta «mentalidad anticonceptiva» es decir, una amplia actitud de rechazo de todo hijo no querido, abriendo así el camino a una gran aceptación social de la esterilización y del aborto. A su vez, esto está constituyendo la premisa para la aceptación social de la eutanasia y de su legitimación jurídica.

La anticoncepción ha desempeñado y desempeña un papel muy importante en el desarrollo de la asoladora «cultura de la muerte», cuyas víctimas se cuentan por decenas de millones cada año. Una cultura que, además, envilece la sexualidad humana y desvirtúa el amor incluso en su forma más sublime, como es el amor materno, cuando confiere a la madre el absurdo derecho de matar al niño que lleva en su seno. Cultura que ha llegado hasta la modificación del significado de las palabras, para con ello, confundir y poder lograr sus propósitos con menor resistencia social (para citar solo un  ejemplo: llamando anticoncepción artificial a los dispositivos intrauterinos, cuyo mecanismo de acción es probadamente abortivo, al impedir la anidación en el endometrio, del embrión cuya vida ya tuvo inicio varios días antes).

Los cónyuges que eligen la anticoncepción, lo sepan o no, contribuyen a consolidar y potenciar en su fuente esa cultura de la muerte. Teniendo esto en cuenta hay que decir que es ilícito procurar un buen fin (evitar el riesgo para la salud) o cualquier otro fin que se evidencie, con el mal medio de la anticoncepción artificial. Recordemos lo visto anteriormente respecto de la necesidad de bondad tanto en el objeto, como en el fin o la circunstancia. La anticoncepción es mala en sí, pues separa los dos aspectos que son intrínsecos al acto conyugal: el unir a los esposos y al mismo tiempo y volverlos potencialmente fecundos. En cambio es lícito buscar un buen fin (por ej. evitar el peligro para la vida) a través del uso honesto de los ritmos naturales[1]. Estos actos son buenos porque en este caso los esposos se limitan a conocer una disposición natural (es decir, causada por el Creador) que son los ritmos naturales de la mujer, para servirse de ella (cf. HV,16); en este caso los esposos se reconocen “no árbitros de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador” (Humanae vitae, 13).

Hay que tener en cuenta que los métodos naturales no son  anticonceptivos, sino “no-conceptivos”: no van “contra la concepción” (ni la impiden ni la destruyen) pues consisten simplemente en abstenerse de los actos sexuales conyugales en los períodos que la mujer reconoce como fecundos.[2] Tener o no tener relaciones sexuales matrimoniales es algo que pertenece a la libertad de los cónyuges; pero, si deciden tenerlas, deben ser una expresión de su amor, que como ya vimos, es inseparablemente unitivo y procreador. El hecho de saber de antemano que no podrá haber una concepción, puesto que la mujer no es fértil en ese momento, no quita al acto conyugal su sentido procreador, que no depende del resultado alcanzado. Este significado es originario en el acto conyugal, y para que éste quede privado de él hace falta una manipulación artificial que lo deforme, cerrándolo a la transmisión de la vida.

Por otro lado recordemos el tema de la necesidad de graves motivos para utilizar el recurso de los días infértiles, de lo contrario, podría ser utilizado como anticonceptivo en la intención, la cual, sin embargo, no conduce en la práctica a actos anticonceptivos, sino a abstenerse de la realización de actos que puedan conducir a la concepción de una vida nueva: no priva a ningún proceso de su natural eficacia generadora. Existe por tanto, una diferencia objetiva respecto a la acción anticonceptiva, porque es muy distinto privar un acto de sus potencialidades, que no realizarlo. El desorden moral del recurso inmotivado a los ritmos de infertilidad femenina consiste en haber tomado una decisión negativa sobre los hijos, que no corresponde a su misión. Existe la diferencia de hacer positivamente el mal y no realizar el bien debido.

Los métodos naturales de reconocimiento de la fertilidad se colocan en el contexto más amplio de la educación de las virtudes, propio de una antropología correcta. Exigen no sólo el conocimiento de sí mismos sino el aprendizaje del dominio de sí mismos. Por ello estos métodos son educativos del carácter. En esencia, los “métodos naturales” son solamente un método de diagnóstico de los periodos fértiles de la mujer lo cual permite la abstinencia de las relaciones sexuales cuando justificados motivos de responsabilidad exigen evitar una nueva concepción. De este modo, se constituyen en un medio para que los cónyuges modifiquen su comportamiento sexual mediante la abstinencia. De este modo, se trabaja en la capacidad de dominar, controlar y orientar los impulsos de carácter sexual. Supone la práctica de la virtud de la castidad conyugal, constituyéndose esta en una de las razones fundamentales de la bondad de estos métodos, pues la adquisición y la práctica de las virtudes en general y de la castidad en particular son esenciales para el autentico amor conyugal.

El juicio moral, por lo tanto, que se examine no solo el objeto sino además el fin y la circunstancias. La decisión de recurrir a los métodos naturales implica un juicio prudencial por el cual los esposos juzgan que no es prudente aquí y ahora poner los medios para concebir un nuevo hijo.

La cultura de la muerte, es fruto de la cultura del egoísmo que envenena el corazón del hombre. La solución está en la instauración de una nueva cultura de la vida, pero esta ha de brotar de corazones generosos, con Dios y con los demás, en la familia y la sociedad, generosos con el don de la vida misma. Esta cultura de la muerte ha visto como gran medio para lograr sus objetivos, tergiversar el sentido de la sexualidad (que sintetizamos en los puntos anteriores). Nunca una educación de la sexualidad estará completa, ni será del todo proveedora de significados, y por lo tanto eficaz, si no está integrada en  la educación para el amor; teniendo siempre como marco los valores humanos.


[1] Dice S.S Pablo VI: “Si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los períodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales” (Humanae vitae, 16).

[2] R.P. Miguel Ángel Fuentes. idem

Anuncios