Sexualidad humana

Algunos creen que en el tema de la sexualidad “lo único natural es lo espontáneo”, pero se equivocan seriamente porque olvidan, o no tienen muy presente, que el ser humano es pensante; que planifica su vida desde que tiene el uso de razón; planifica su día de trabajo e inclusive sus días de descanso, para aprovecharlos a pleno.  Lo natural en el ser humano es la racionalidad.

Amor y sexualidad

La persona es capaz de amor superior: no el de concupiscencia, que solo ve objetos con los cuales satisfacer sus propios apetitos, sino el de amistad y entrega, capaz de conocer y amar a las personas por sí mismas. Un amor capaz de generosidad, que genera la comunión entre las personas, ya que cada uno considera el bien del otro como propio.

La sexualidad es un elemento básico de la personalidad, un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, expresar, y vivir el amor humano. Feminidad y masculinidad son dones complementarios, en cuya virtud la sexualidad humana es parte integrante de la concreta capacidad de amar[1].

En este marco hemos de hacer referencia a la virtud de la castidad. Nuestros adolescentes y jóvenes han de saber que la castidad es posible. También es muy importante saber que la castidad se construye y es “parte” de un conjunto de virtudes que deben ir juntas. Quien busca sólo la castidad no la encontrará. La madurez humana a nivel natural es consecuencia del desarrollo armónico de todas las virtudes humanas.[2] Y esta es tarea para llevar a cabo desde la más tierna infancia. Una vez le preguntaron a un santo cuando había que empezar a educar a los hijos; a lo que sabiamente respondió: -“15 años antes de que nazcan”. Con lo cual hacía referencia a la necesidad de la formación integral de los jóvenes, previo a iniciar su vida conyugal. Nunca es tarde para reeducar o reeducarse, pero si hablamos de lo ideal, convengamos que una esmerada educación producirá mejores “frutos”.

La castidad es fundamental para la educación del carácter. El joven o la joven que llegan al noviazgo y se encaminan al matrimonio no pueden eludir la obligación de ayudar a su futuro cónyuge a educar su carácter. La maduración psicológica es un trabajo de toda la vida. Consiste en forjar una voluntad capaz de aferrarse al bien a pesar de las grandes dificultades. Así como los padres se preocupan de ayudar a sus hijos a lograr esta maduración, también el novio debe ayudar a su novia (y viceversa) y el esposo a su esposa. Quien no trabaja en esto no sólo es un impuro sino que puede llegar a ser un hombre o una mujer despersonalizados, sin carácter.

El sentido de la donación

En cuanto a la modalidad de relacionarse y abrirse a los otros, la sexualidad tiene como fin intrínseco el amor, más precisamente el amor como donación y acogida, como dar y recibir. Cuando dicho amor se actúa en el matrimonio, el don de sí expresa, a través del cuerpo, la complementariedad y la totalidad del don; el amor conyugal llega a ser entonces, una fuerza que enriquece y hace crecer a las personas y, al mismo tiempo, contribuye a alimentar la civilización del amor; cuando por el contrario falta el sentido y el significado del don en la sexualidad, las personas se usan como si fueran cosas.

En esta línea, Juan Pablo II, en la Familiaris Consortio llega a afirmar que «la donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona…; si la persona se reservase algo… ya no se donaría totalmente».

La donación entre los esposos es total cuando incluye: todo cuanto se tiene (cuerpo, alma, afectividad, presente y futuro); de modo exclusivo (es decir, a una sola persona con exclusión de todas las demás); en estado perfecto (no disminuido o deteriorado voluntariamente); para toda la vida (lo cual es garantizado sólo tras el compromiso público que se da en el consentimiento matrimonial). Estos elementos sólo pueden ser vividos en el matrimonio válidamente celebrado.

Virginidad y Celibato

Quienes han ingresado voluntariamente en el estado de virginidad consagrada o de celibato, viven su pureza en la forma más elevada. El fin primordial de la virginidad y el celibato es el amor a Dios y a sus cosas o empresas. Es la forma más elevada de renuncia al mundo, por valor del servicio y amor divinos, para conformarse con su Esposo Jesucristo.

Inseparabilidad de los significados unitivo y procreador del acto conyugal

El acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad. Existe una inseparable conexión entre estos dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador…

El amor se ordena entonces a dar la vida, a ser fecundo. Sin embargo, la fecundidad por la cual los esposos se convierten al mismo tiempo en padres y madres debe ser también una dimensión «humana», es decir, guiada por la razón y por la virtud que la perfecciona en el plano del obrar: la prudencia. De aquí que el Magisterio de la Iglesia hable de “paternidad y maternidad responsables”.

Paternidad y maternidad responsables implica diversas cosas[3]:

Ante todo, el conocimiento y respeto de los procesos biológicos de la procreación, es decir, el descubrir con la inteligencia las leyes biológicas que forman parte de la persona y que se ordenan a dar la vida. Los esposos deben esforzarse por conocer su íntima naturaleza.

En segundo lugar, comporta el dominio de la inteligencia y de la voluntad sobre las pasiones y las tendencias del instinto en lo que tiene que ver con la vida sexual. Es decir, implica adquirir las virtudes morales (castidad, dominio de sí, etc.).

En tercer lugar, se señala como ejercicio de la paternidad y maternidad responsables la decisión respecto del número de hijos o la regulación de la natalidad, y lo hace en términos que hay que ponderar: a) Puede tratarse, ante todo, de una decisión ponderada y generosa de tener una familia numerosa o bien; b) También puede tratarse de una decisión de evitar un nuevo nacimiento (durante algún tiempo o por tiempo indefinido); decisión que debe ser tomada: a) por graves motivos; b) y en el respeto de la ley moral.

Cada matrimonio debe tener tantos hijos cuantos en conciencia formada y delante de Dios vea que Dios quiere, siempre manteniéndose abiertos a la vida en cada uno de sus actos conyugales. Amor y vida son, por consiguiente, los valores centrales que están en juego en el amor conyugal. Y esos valores son evidentemente de suma importancia.


[1] Sexualidad Humana. Verdad y Significado. Consejo Pontificio para la familia.Pág.12.

[2] David Isaacs. La educación de las virtudes humanas. EUNSA. 1991

[3] Idem. en “matrimonio y familia”

 

Anuncios