¿Qué es el Juramento Hipocrático?

(AA) El Juramento Hipocrático (JH) es el documento más famoso de la ética médica por el que el médico se compromete a dedicarse totalmente a la vida, en toda circunstancia, con independencia del rango social, la edad o la inteligencia. Lo propio del médico es mantener la vida, y nunca causar la muerte o cooperar a ella. Crece el número de los médicos que no se comprometen a seguir una ética rigurosamente definida.

 

No se conoce a ciencia cierta quién fue su autor: no hay pruebas de que fuera Hipócrates mismo. Muchos indicios y pruebas indican que el JH es obra de distintos autores, de épocas diferentes. El texto original del JH es, literariamente, una pieza maestra, que expresa valores humanos elevados con mucha sencillez y transparencia, pero también abierto a una multiplicidad de interpretaciones.

El juramento  impone una obligación fuerte de ciencia y competencia, que el médico ha de obtener por el estudio y la observación, y dirigidas al diagnóstico, pronóstico y tratamiento de los pacientes. Las palabras “según mi capacidad y buen juicio” se repiten dos veces en el texto del JH, para afirmar este elemento básico de la profesionalidad.

El JH impone los dos mandatos gemelos de buscar el beneficio del paciente y de abstenerse de todo lo que pueda redundar en su daño o humillación. Quedan así afirmados los principios de beneficencia y de no-maleficencia, lo que implica usar prudentemente los medios terapéuticos disponibles, y poner especial empeño en evitar el daño y atrogénico.

Que el médico añadiera sufrimiento a la enfermedad por su falta de juicio o diligencia suponía un daño irreparable para su reputación. Errar el tratamiento era como engañar al paciente. Por ello, el precepto de no dañar se convertía muchas veces en el de abstenerse por prudencia de iniciar un tratamiento de efectos difíciles de calcular.

Es neta y bien conocida la condena que el JH hace de la ayuda al suicidio (se infiere también la de la eutanasia) y del aborto. Lo propio del médico es mantener la vida, y nunca causar la muerte o cooperar a ella. Gran parte de la aceptación, y del rechazo, del JH se ha de atribuir al contenido de este parágrafo. El respeto por la vida humana del JH enlaza de modo simbólico con la cláusula que sigue, un compromiso de vivir y trabajar el médico en la pureza y santidad. Son muchos los médicos que vibran ante esa invitación tan llena de idealismo, sinceridad y entrega al trabajo profesional.

El compromiso de acudir el médico a la casa del enfermo solo para su beneficio y atento a no incurrir en malas acciones o daño constituye una vigorosa introducción del principio de justicia. “Malas acciones” podría también traducirse por injusticia. Además, se enumera a hombres o mujeres, esclavos o libres como miembros de un colectivo familiar o social, en el que no se introducen diferencias de dignidad, en el que todos son tratados sin discriminación, es una magnífica expresión de justicia.

Por último, la prohibición de instrumentalizar la visita médica como oportunidad de gratificación sexual no es solo un freno a la frivolidad, sino que es la condena ética de una injusticia grave.

La cláusula sobre la guarda del secreto se sustenta en el profundo, casi religioso, respeto que se debe a la intimidad del paciente.

La sección final del JH trata de las sanciones que al médico se le adjudicarán por cumplirlo o quebrantarlo. Tanto la esperanza de premio, como la amenaza de castigo se proyectan en dos campos: en la vida presente y en la posteridad. El médico fiel a sus compromisos espera ser premiado aquí ya con una vida próspera y feliz, en lo material y espiritual; y confía en gozar de fama duradera entre los hombres después de su muerte. El médico que quebrantara sus promesas acepta ser condenado a vivir en la infelicidad del fracaso y a caer en el olvido.

El ataque post-moderno al Juramento Hipocrático

En los últimos años ha sido objeto de una crítica muy dura con el propósito de debilitar su autoridad y su capacidad de crear una conciencia profesional fuerte, opuesta a la mentalidad de tecnócratas y utilitarista en la que se deja indeterminado el momento en que comienza la vida humana y la obligación de respetarla.

La antropologa Margaret Mead [1], sostiene que el JH marcó uno de los puntos de inflexión en la historia de la humanidad, al establecer desde la época de los griegos que la profesión médica había de dedicarse totalmente a la vida, en toda circunstancia, con independencia del rango social, la edad o la inteligencia: lo mismo la vida del esclavo, que la del Emperador, que la del extranjero, o la de un niño malformado.

 

“Este es un avance que no podemos dilapidar. Pero algunos están siempre empeñados en convertir al médico en un administrador de la muerte: matar al deficiente al nacer, dejar una dosis letal en la mesilla del enfermo de cáncer” expresa Mead.

Esa es una de las razones para aferrarse al JH. Podrá parecer anticuado en su estilo. Pero ha de ser respetado por su belleza moral, y, sobre todo, por haber salvado a la medicina occidental de sucumbir a las terribles tentaciones del dinero, la superstición y el poder. Esa es la fundamental aportación del JH a la medicina.

El texto del Juramento Hipocrático

  • Juro por Apolo, médico, por Asclepio, y por Higía y Panacea, y por todos los dioses y diosas, tomándolos por testigos, que cumpliré este juramento y promesa según mi capacidad y buen juicio:
  • Consideraré al que me enseñó este arte como igual a mis padres, compartiré mis bienes con él y, si tuviera necesidad de dinero, compartiré el mío con él.
  • Consideraré a sus hijos como hermanos míos y les enseñaré el arte, si desearan aprenderlo, sin exigirles pago ni promesa alguna.
  • A mis hijos, a los hijos de mi maestro y a quienes se obligaran con el juramento que manda la ley de la Medicina, y a nadie más, les enseñaré los preceptos, las lecciones orales y la práctica.
  • Aplicaré mis tratamientos para ayuda de los enfermos, según mi capacidad y buen juicio, y nunca los usaré para hacerles daño o engañarlos.
  • A nadie, aunque así me lo pidiera, daré un veneno, ni a nadie le sugeriré una cosa así.
  • Del mismo modo, nunca daré a una mujer un pesario para causar el aborto.
  • Con pureza y santidad viviré y ejerceré mi arte. No usaré el cuchillo ni siquiera con los que sufren de cálculos, antes bien dejaré esa operación a los expertos en ella.
  • En cualquier casa que entrare, lo haré para ayudar al enfermo, absteniéndome de toda mala acción o daño, en particular, de tener relaciones sexuales con mujeres o con hombres, esclavos o libres.
  • De todo lo que, en el curso de mi trabajo, o incluso fuera de él en mi trato social, vea u oiga algo que no deba ser divulgado, guardaré silencio, pues consideraré esas cosas como un secreto intangible.
  • Si guardo este juramento y no lo quebranto, que pueda gozar de honor en mi vida y en mi arte por siempre entre los hombres; pero si lo quebrantara y jurara en falso, que me suceda lo contrario.

El Juramento de Hipócrates como puede prestarlo un cristiano

  • Bendito sea Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo: sea bendito por los siglos de los siglos. No miento.
  • No mancharé la enseñanza de la medicina. Ni daré a nadie un veneno, aunque me lo pida, ni sugeriré a nadie tal cosa. Igualmente, no daré a ninguna mujer un tratamiento, ni por arriba ni por abajo, que le provoque el aborto.
  • Enseñaré el arte a los que quieran aprenderlo, sin ocultarles nada y sin imponerles un contrato.
  • Usaré mis tratamientos para ayudar a los enfermos según mi habilidad y buen juicio. En pureza y santidad ejerceré mi arte. En cualquier casa en que entre, lo haré para ayudar a los enfermos, absteniéndome de cualquier acción, intencionada o no, que pueda causar daño o provocar la muerte, y de toda relación erótica con siervos o libres, con hombre o mujer.
  • De todo lo que vea u oiga, con ocasión de mi práctica (o incluso fuera de ella en mis relaciones sociales), guardaré silencio y no lo divulgaré, sino que consideraré esas cosas como un secreto sagrado.
  • Que Dios me ayude en mi vida y en mi arte y que sea yo honrado en el tiempo por todos los hombres, si guardo esta promesa y no la quebranto. Si me mantengo fiel, que me salve; pero si la rompo, que me suceda lo contrario.

Tomado del Juramento cruciforme de la Biblioteca Vaticana, del siglo X u XI.

Ambos juramentos han sido traducidos de la versión inglesa de W.H.S. Jones (The Doctor’s Oath. (Cambridge: Cambridge UP, 1924). Transcrita en: Leake CL. Percival’s Medical Ethics. Baltimore: Williams & Wilkins; 1927. p 216-7.

[1 ] Margaret Mead. Toward a More Natural Science. Biology and Human Affairs. New York: The Free Press; 1985. p. 238.

Bibliografía consultada:

Nuevo Diccionario de Bioética. Carlos Simón Vázquez, Director. Segunda Edición, mayo de 2012. Editorial Monte Carmelo, Burgos, España. ISBN 978-84-8353-475-5

 

Por Martín Patrito

Anuncios

Educar en la fuerza de voluntad

Una de las grandes carencias de la juventud de hoy es la fuerza de voluntad, la energía interior para afrontar las dificultades, retos y esfuerzos que la vida plantea continuamente.

Desarrollar la capacidad de autodominio de los jóvenes se ha convertido en un objetivo de primordial importancia, de modo que sean capaces de esforzarse para conseguir lo bueno, aunque cueste y la recompensa no se alcance enseguida.

El desarrollo de la fortaleza apoya el de todas las demás virtudes: no hay virtud moral sin el esfuerzo por adquirirla. En un ambiente social como el actual, donde el influjo familiar es cada vez más reducido, el único modo para que los jóvenes sean capaces de vivir con dignidad es llenarles de fuerza interior. La capacidad de esfuerzo está muy relacionada con la madurez y la responsabilidad.

Exigir también cuesta

La capacidad de exigencia amable de los padres y profesores va a marcar, en buena medida, el desarrollo de la capacidad de trabajo y esfuerzo, y de sus virtudes relacionadas (constancia, perseverancia, paciencia, etc.). Exigir también cuesta esfuerzo. Parece que todo va a ser más rápido y menos conflictivo si los educadores cargan con los esfuerzos, renuncias y sacrificios; pero sin ese esfuerzo no va creciendo la persona.

Entre los siete y los doce años transcurre el período sensitivo de estas virtudes: es cuando se aprenden con mayor arraigo y naturalidad. Si los alumnos se ven privados de los esfuerzos, los retos y las exigencias, llegará la adolescencia, con su crisis de madurez y no estarán dotados de energía interior para superar las dificultades. Nos encontraremos con que o no se dejan exigir, o – aunque entiendan lo que les decimos y deseasen actuar así – no tienen la fuerza y el entrenamiento necesario para conseguir las metas que se proponen.

Algunas veces, los padres pretenden evitar a sus hijos, con un cariño mal entendido, los esfuerzos y dificultades que ellos tuvieron que superar en su juventud: los protegen y sustituyen, llevándoles a una vida cómoda, donde no hay proporción entre el esfuerzo realizado y los bienes que se disfrutan. No se dan cuenta de que más que proteger a los hijos para que no sufran, se trata de acompañarles y ayudarles para que aprendan a superar el sufrimiento.

Autoconsciencia y voluntad

Para que un hábito bueno se convierta en virtud es necesario que haya autoconsciencia (entender qué y por qué se hace) y voluntariedad (querer hacerlo). Por eso es tan importante en la educación de las virtudes humanas, ayudarles a entender el esfuerzo que van a realizar como algo necesario y conveniente, y motivar y estimular sus deseos de esforzarse.

Educar la fortaleza supone poner los medios para que los alumnos sean capaces de emprender acciones que lleven consigo un esfuerzo prolongado, para lo que hace falta tanto salud física como fuerza interior. Esta es la razón por la que la práctica deportiva frecuente es un medio muy adecuado para promover la fortaleza en la práctica deportiva, han de superar la fatiga y el cansancio, llegar hasta el final con perseverancia, superar adversidades, etc.

Existen muchas oportunidades en la vida cotidiana de la familia y del aula para que los niños se ejerciten en resistir un impulso, soportar un dolor o molestia, superar un disgusto, dominar la fatiga o el cansancio, como – por ejemplo – acabar las tareas encomendadas en el colegio o cumplir el tiempo de estudio previsto antes de ponerse a jugar, cumplir su encargo con constancia, etc.

Hemos de valorar positivamente y reconocer su interés y sus esfuerzos, como “aguantar la sed” en una excursión o viaje, comer de (casi) todo o no comer entre horas, terminar bien un trabajo, dejar la ropa preparada por la noche,… De este modo fomentamos la motivación interna: la satisfacción de la obra bien hecha, la alegría del deber cumplido.

El ejemplo

Como siempre, el ejemplo de los educadores es crucial: aprenderán mucho observando la alegría en los sacrificios de sus padres y profesores. Quejarse del trabajo o de los esfuerzos que es preciso realizar contribuye a crear un ambiente familiar contrario a la fortaleza: hay que esforzarse porque no hay más remedio, porque la vida te obliga.

Es importante insistir a los padres en la importancia de la reciedumbre, o capacidad de realizar esfuerzos sin quejarse.

Sin miedo al fracaso

Junto a la reciedumbre, la valentía. Tener decisión y empuje, de modo que los “miedos” infundados no atenacen la personalidad y sean capaces de “dar la cara” cuando sea necesario sin acobardarse por el “que dirán” o por vergüenzas tontas.

Con audacia, sin miedo al fracaso – que para una persona fuerte no es más que una experiencia de la que puede aprender- ni a los riesgos. No se trata de empujar a los alumnos a la temeridad, sino de ayudarles a no ser cobardes ni tener miedo al ridículo. Sólo así serán capaces de comprometerse en empresas valiosas.

Con serenidad y equilibrio interior, de modo que no se desmoronen ante la contrariedad o los pequeños contratiempos e imprevistos. Con elegancia ante el éxito o el fracaso, sin perder la calma si las cosas salen mal. La paciencia tiene mucho que ver con la paz interior, con la serenidad, con la seguridad. Para educar en la paciencia hace falta un ambiente de seguridad afectiva y una exigencia serena. Si la exigencia es caprichosa, produce inseguridad. Necesitan aprender a esperar, a dar a cada cosa su tiempo.

En definitiva, la fortaleza dota a la persona de señorío sobre sí mismo, de autodominio (vencerse a sí mismo es la batalla más importante de la vida).

Posibles planes de acción educativa relacionados con la fortaleza:

– Enseñarle a no quejarse. o Hacer pequeños sacrificios para la buena marcha de la casa o de la clase. o Exigirle acabar lo que comienza. o Aguantar la sed en una excursión o el calor del verano,

– el cansancio, sin irlo pregonando cada dos minutos. o Superar, si aún perviven, los miedos infantiles de quedarse solo, o a oscuras, la vergüenza para hablar, o para reconocer la propia culpa, o el sentido del ridículo. o Tener paciencia cuando no le salen las cosas como él quería, o si sufre cualquier contratiempo (por ejemplo, no quejarse y patalear si se pierde en un juego). o Adoptar posturas correctas en clase y en casa, no tumbarse. o Procurar comer todo y terminar toda la comida. o Hacer los deberes antes de ponerse a jugar. o Levantarse a una hora fija y cumplir un horario. o Hacer bien los trabajos y tareas. o Cumplir su encargo en el momento previsto para ello aunque no tenga ganas. o Participar en un equipo deportivo. o Marcarse pequeñas metas y cumplirlas.

Fuente: http://www.aciprensa.com/Familia/

La educación de la fortaleza

“En situaciones ambientales perjudiciales a una mejora personal, resiste las influencias nocivas, soporta las molestias y se entrega con valentía en caso de poder influir positivamente para vencer las dificultades y para acometer empresas grandes.”

Es la virtud de los enamorados, de los convencidos, de aquellos que por un ideal que vale la pena son capaces de arrastrar los mayores riesgos, del que sin desconocer lo que vale su vida la entrega gustosamente, si fuera preciso, en aras de un bien mas alto,

Podríamos pensar que en los tiempos modernos no hay muchas posibilidades para desarrollar esta virtud. No quedan posibilidades de encontrar aventura porque todo está hecho, todo está descubierto, todo está organizado.

No se trata de realizar actos sobrehumanos: de descubrir zonas del Amazonas nunca pisadas por el hombre; de salvar a cincuenta niños de un incendio. Mas bien se trata de hacer las pequeñas cosas de cada día una suma de esfuerzos y actos viriles, que pueden llegar a ser algo grande, una suma de amor.

Ser extraordinarios en lo ordinario

Nuestros hijos necesitan saber que su vida sirve para algo; que, aunque tienen muchas miserias y su vida parece de poco valor, cada persona tiene una misión intransferible de glorificar a Dios. Puede y debe amar, salir de sí, servir a los demás, superarse personalmente para trabajar mejor

La persona que no quiere mejorar, que es egoísta, no tiene motivos para desarrollar la fortaleza porque es indiferente al bien.

La fortaleza es la virtud de los adolescentes porque, por naturaleza, son personas de grandes ideales, que quieren cambiar el mundo.

Si los jóvenes no encuentran cauces para estas inquietudes, si sus padres no los guían a aplicar estas fuerzas para el bien, ellas mismas pueden destruir en lugar de construir.

Si enseñamos a nuestros hijos a esforzarse, a dominarse pero no les enseñamos lo que es bueno, pueden acabar buscando lo malo con una gran eficacia.

Tradicionalmente se ha dividido la virtud de la fortaleza en dos partes:

Resistir y acomoter.

En contra de lo que comúnmente se cree, resistir en mas difícil que acometer, “es mas penoso y heroico resistir a un enemigo que por el hecho mismo de atacar se considera mas fuerte y poderoso que nosotros, que atacar a un enemigo quien por lo mismo que tomamos la iniciativa contra él, consideramos más débil que nosotros.

En la actividad cotidiana vemos que hay que resistir algunas molestias y al hacerlo, ya sabemos con claridad que va a resultar en nuestro propio bien (ej. Tomar un medicamento). Y hay otras molestias, que si no las resistimos, van a actuar perjudicialmente para una mejora personal. (resistir el cansancio y la rutina producidos por la asistencia a la escuela con horarios fijos)

Requiere menos esfuerzo resistir aquellas molestias que sabemos que van a resultar en nuestro propio bien. Cuando la finalidad es clara es mas fácil resistir las molestias. Es con este tipo de resistencia con la que podemos comenzar a educar a los niños pequeños en la virtud de la fortaleza. Aunque los niños pequeños viven el presente y es muy probable que un niño de seis años no acepte una inyección, aguantando sin quejarse aunque supiera que así se va a curar de una enfermedad.

Por eso no solo hay que buscar la motivación del estilo causa y efecto, sino también reforzar esa motivación con otras de acuerdo con la situación y características del niño. Ej: Dos niños juegan con algo que hace bastante ruido, justo cuando el bebé que no duerme bien, por fin de ha dormido. Su mamá les dice: “No jueguen a esto porque van a despertar al bebé”. En este caso se ve que esta pidiendo a los niños que resistan a algo que puede tener una consecuencia desfavorable par otros. Otro enfoque sería sugerir concretamente otro juego que pueden realizar los niños y explicar que así el bebé puede dormir. El primer caso requiere más esfuerzo por parte de los hijos el segundo menos

En el caso anterior los hijos deberían captar cómo en un esfuerzo que han hecho al servicio del hermanito o de la mamá se está relacionando el saber resistir con el amor, con la capacidad de amar.

Muchas veces los hijos resisten las dificultades y tentaciones por subordinación a las reglas establecidas por la autoridad de los padres, pero es necesario que estos buenos hábitos tengan sentido para los hijos. Cuando los chicos renuncian a algo atractivo por un bien mayor, y lo hacen por propia iniciativa y voluntad, esta virtud está en un camino seguro de desarrollo.

Mas difícil resulta que nuestros hijos aprendan a resistir molestias y dificultades que no tienen como consecuencias unos beneficios claros, sino que lo único que se obtiene como consecuencia es mantenerse en la misma situación, no empeorar. Ej: un chico está por iniciar una pelea con otro, sus impulsos internos lo empujan a pelear, si resiste sus impulso y no pelea no obtendrá ningún bien concreto, pero si no los resiste y pelea puede esto resultar sumamente perjudicial.

En la vida familiar existen posibilidades de cultivar este buen hábito, por ejemplo con las exigencias preventivas. Ej: Exigimos a nuestro hijo de 5 años que no cruce la calle solo por si acaso lo pudiera atropellar un auto. En este mismo sentido los niños mayores deben aprender por si mismo lo que les puede dañar, lo que influir perjudicialmente y, en consecuencia establecer sus propias reglas adaptadas a su situación real.

Ejemplo: Miedo a la oscuridad. Se espera que los hijos pongan algo de su parte, pero de acuerdo a sus posibilidades. No se trata de protegerlos para que no lleguen a tomar contacto con el objeto de su temor, sino graduar el contacto, ofreciendo la ayuda necesaria para superar las dificultades. Evitar los extremos como exigir que duerma solo en un lugar oscuro, enviarlo a cumplir un encargo en un lugar solitario y oscuro, o bien permitir que duerma con la luz encendida toda la noche. Debemos mostrar confianza en el, ayudarle con cariño, explicarle la situación y hacerlo esforzarse gradualmente. Ej: Si está acostumbrado a dormir con la luz encendida, apagar la luz del dormitorio y dejar encendida la del pasillo. Luego apagar esa luz pero estar en un lugar donde pueda oír nuestras voces, etc.

Es posible educar esta virtud a posteriori. Después de haber vivido una molestia o soportada una dificultad, ayudarle a superarlo.

Quejarse y permitir que los hijos se quejen es crear un ambiente en contra del sentido de la fortaleza. Esta es una costumbre muy difundida en nuestra época. La fortaleza supone aceptar lo que nos ocurre, no pasivamente, con deseos de sacar algo bueno de las situaciones dolorosas.

Los tres vicios que se oponen a la fortaleza son el temor, la osadía y la indiferencia.

Son indiferentes las personas que, por no reconocer su deber de mejorar o por no reconocer o querer enterarse de las influencias perjudiciales, adoptan una actitud pasiva, cómoda o perezosa.

Existe una tendencia en algunos padres a proteger y sustituir a los hijos en los esfuerzos que deberían realizar ellos, de tal modo que los hijos no aprenden más que a recibir. Estos padres están criando a un futuro indiferente.

Para que los hijos no lleguen a ser indiferentes en la vida, habrá que exigirles esfuerzo desde muy pequeños; esfuerzo en resistir (desde el bebé que llora por capricho hasta el adolescente que se pone de mal humor porque algún amigo lo ha hecho enojar)

También hace falta paciencia que es “la virtud que inclina a soportar sin tristeza de espíritu ni abatimiento de corazón los padecimientos físicos y morales”. Los vicios contrarios son la impaciencia y la insensibilidad.

Fuente: ACI prensa