Manipulación de embriones y células madre

La autonomía del embrión humano

Desde la concepción el embrión progresa sin interrupción según el programa trazado en su genoma. Así, llega a ser sucesivamente (sin intervención directiva desde fuera) cigoto, mórula, blastocito, embrión implantado, feto, niño, adolescente y adulto. Si esto acontece en la fecundación natural, ¿por qué no sucedería lo mismo en la clonación? El mismo Wilmut, creador de Dolly reconoce que: “cuando se crea un embrión,  se pone en “piloto automático”en su desarrollo inicial”.  Si el embrión fuera un “cúmulo de células”, no tendría autonomía propia y unitaria.

Las propiedades que caracterizan el desarrollo embrional humano son:

1) Coordinación: “El desarrollo embrional, desde la fusión de los gametos o “singamia”, hasta la aparición del disco embrional (14 días en adelante), es un proceso que manifiesta una secuencia coordinada y requiere la interacción de una actividad molecular y celular, bajo el control del nuevo genoma”. Esta propiedad implica una rigurosa unidad del sujeto que se está desarrollando.

2) Continuidad: La singamia inicia un nuevo ciclo de vida. “Hay una diferenciación ininterrumpida y progresiva de un individuo humano bien determinado, según un plan único y definido que comienza desde la fase de cigoto”. Esta continuidad implica y establece la unicidad del nuevo sujeto humano.

3) Gradualidad: Es un desarrollo permanentemente orientado desde la fase de cigoto hasta la forma final. Todo embrión humano mantiene su propia identidad, individualidad, unidad.

A partir de lo mencionado podemos deducir que el embrión vivo, desde el momento de la fusión de los gametos, no es un racimo de células, sino un individuo humano real en desarrollo.

¿Cómo valorar moralmente la investigación y experimentación con embriones?

El ser humano ha de ser respetado como persona desde el primer instante de su existencia

Desde el momento en que el óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. Todos los avances en la Biología Molecular reconocen que en el cigoto, ya está constituida la identidad biológica de un nuevo individuo humano, con sus características ya bien determinadas. Por tal motivo, este ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción, y ha de ser defendido en su integridad, cuidado y sanado, como cualquier otro ser humano. Se le deben reconocer los derechos de toda persona humana, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente: derecho a la vida.

La investigación médica debe renunciar a intervenir sobre embriones vivos, a no ser que exista la certeza moral de que no se causará daño alguno a su vida y a su integridad ni a la de la madre, y sólo en el caso de que los padres hayan otorgado su consentimiento, libre e informado, a la intervención sobre el embrión. Se desprende de esto que toda investigación, aunque se limite a la simple observación del embrión, será ilícita cuando, a causa de los métodos empleados o de los efectos inducidos, implicase un riesgo para la integridad física o la vida del embrión.

Cualquier experimentación que pretenda verificar el efecto de un determinado tratamiento (farmacológico, quirúrgico, etc.) sobre embriones vivos es ilícita, porque implica un grave delito contra su dignidad de ser humano.

Cuando se trata de cadáveres de embriones o fetos humanos, éstos deben ser respetados “como los restos mortales de cualquier otro ser humano”. Las posibles intervenciones con embriones no vivos son lícitas siempre y cuando se respeten las siguientes condiciones: certeza de muerte, consentimiento de los padres, exclusión de cualquier complicidad con un aborto voluntario, evitar peligro de escándalo y rechazo de prácticas comerciales.

El hecho de mantener con vida embriones humanos, in vivo o in vitro, para fines experimentales o comerciales, es completamente contraria a la dignidad humana. En la fecundación in vitro, no se transfieren todos los embriones al cuerpo de la mujer; por lo que algunos son congelados y otros son desechados. La Iglesia, del mismo modo que condena el aborto provocado, prohíbe también atentar contra la vida de estos seres humanos. “Resulta obligado denunciar la particular gravedad de la destrucción voluntaria de los embriones humanos obtenidos in vitro con el solo objeto de investigar, ya se obtengan mediante la fecundación artificial o mediante la fisión gemelar. Comportándose de tal modo, el investigador usurpa el lugar de Dios y, aunque no sea consciente de ello, se hace señor del destino ajeno, ya que determina arbitrariamente a quién permitirá vivir y a quién mandará a la muerte, eliminando seres humanos indefensos”[1].

El “rescate” de los embriones congelados

Se plantea, indudablemente, el gran problema ético sobre la actitud que hay que tener respecto de los embriones que ya han sido congelados injustamente: ¿qué se debe hacer con ellos? No es lícito producir embriones in vitro y mucho menos producirlos voluntariamente en número excesivo, de modo que sea necesaria la crioconservación. Ésta parece ser la única respuesta razonable a la cuestión de la congelación de embriones. El modo  antinatural en que estos embriones han sido concebidos y las antinaturales condiciones en que se encuentran, no pueden hacernos olvidar que se trata de criaturas humanas, y por esto se nos pide intervenir para resolver de modo éticamente aceptable el desagradable dilema.

“Una vez que los embriones son concebidos in vitro, existe por cierto la obligación de transferirlos a su madre y solamente ante la imposibilidad de una transferencia inmediata se podrían congelar, siempre con la intención de transferirlos apenas se hayan presentado las condiciones. En efecto, el seno materno es el único lugar digno de la persona, donde el embrión puede tener alguna esperanza de sobrevivir, reanudando espontáneamente los procesos evolutivos artificialmente interrumpidos.[2]

Si no se puede encontrar a su madre, o ésta rechaza la transferencia, se considera la posibilidad de transferir los embriones a otra mujer. Se trataría de una adopción prenatal diferente de la maternidad sucedánea y de la fecundación heteróloga con donación de ovocitos: aquí no se daría una lesión de la unidad matrimonial ni un desequilibrio de las relaciones de parentesco pues el embrión se encontraría, desde el punto de vista genético, en una misma relación con ambos padres adoptivos.

En el caso de los embriones congelados tenemos un ejemplo impresionante de los confusos laberintos en los que se aprisiona una ciencia cuando se pone al servicio de intereses particulares y no del bien auténtico del hombre, únicamente al servicio del deseo y no de la razón. Por esto, debemos redoblar nuestro compromiso por la defensa de la vida, respondiendo a las problemáticas emergentes con soluciones incluso audaces, pero siempre respetuosas de los valores de las personas y de sus derechos nativos, sobre todo cuando se trata de los derechos de los débiles y de los últimos.



[1] SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, DV, II, 5.

[2] Cf. M. FAGGIONI, O.F.M., “La cuestión de los embriones congelados”, en L’Osservatore…, 30 de agosto de 1996, 9 y 11.

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