Donación de órganos

Los trasplantes ex cadavere no presentan objeciones morales en sí mismos mientras se verifiquen estas condiciones: que se trate realmente de un cadáver, que haya reales probabilidades de éxito (de sobrevida y de calidad de vida), la conservación de la identidad psicológica del receptor y de sus descendientes, el consentimiento del difunto mientras se encontraba en el uso pleno de sus facultades o al menos de la familia de éste.

Actualmente los problemas más delicados giran en torno a la voluntad expresa de donar los órganos y la relación entre el médico y la muerte del donante. No se puede anticipar la muerte del donante haciendo u omitiendo una intervención sobre el mismo con el objeto de extraer un órgano. No se puede hacer el mal para obtener un bien; ni dejar de hacer el bien que corresponde para obtener otro bien. En dichos casos, la muerte del donante, causada directamente por la ablación del órgano vital, constituiría un homicidio, cuanto menos, culposo.

El problema más serio es, ciertamente, la constatación de la muerte del donante. El principio moral que debe regir es el siguiente: en el caso del trasplante de órgano único vital realizado ex cadavere, se requiere la certeza de la muerte del donante. Mientras haya vida, aunque sólo sea vida vegetativa, ésta es inviolable. Por el altísimo valor de la vida humana, si la intervención no se realiza bajo dicha certeza de muerte, encuadraría en el concepto de homicidio. Aquí se aplica en toda su extensión el principio que enuncia Juan Pablo II para el trato de los embriones humanos: “… desde el punto de vista de la obligación moral, bastaría la sola probabilidad de encontrarse ante una persona humana para justificar la más rotunda prohibición de cualquier intervención destinada a eliminar un embrión humano”.[3]

Otros tipos de trasplantes

Teniendo en cuenta el tipo de órgano trasplantado y los sujetos, encontramos:

  • Trasplantes en el mismo sujeto: trasplante autólogo, autoplástico o autoinjerto. No presenta mayores problemas morales, mientras exista una justificación razonable y una proporción entre los riesgos y los beneficios que el mismo acarrea. Ejemplo, traslado de trozos de piel de un lado a otro por quemaduras.
  • Trasplantes de un individuo a otro: este se subdivide en:

–     Trasplante entre individuos de distinta especie (de animal a hombre): aquí el problema ético radica ante todo por la actual incertidumbre del éxito y el elevado riesgo de rechazo, Así, la mayor parte de este tipo de intervenciones, al encontrarse en una fase puramente experimental y altamente riesgosa, lo hace éticamente impracticable con seres humanos.

–     Trasplante entre individuos de la misma especie: este deberá resultar el único último  remedio válido para prolongar la vida del paciente. Los trasplantes a partir de un donante vivo pueden afectar a órganos simples o pares. Sobre los órganos simples vitales siempre ha habido acuerdo en la inmoralidad a este tipo de actos[4]. En cuanto a los órganos pares, obviamente se produce la pérdida de un órgano y esto toca a la integridad de la persona; pero no se produce la pérdida de ninguna función (la función renal, por ejemplo, continúa a través del riñón remanente). Por tanto, se puede considerar como un debilitamiento o una disminución de la función, al menos en líneas generales. Por ser una ablación voluntaria con el fin de devolver a otra persona la función vital indispensable de la que está privado, se trata de una forma de solidaridad, motivada por la caridad. Claro que siempre debe haber una posibilidad cierta de éxito en el receptor que justifique el sacrificio que hace el donador.

[3] JUAN PABLO II, EV, 60.

[4] Salvo el caso concreto del hígado cuando se trata tan sólo de la ablación de un segmento hepático para injertarlo en un receptor urgido.

Eutanasia

“Por Eutanasia en sentido verdadero y propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor”[2]. Está comprendida en la calificación moral del homicidio y del suicidio directo. Concretamente, según las diversas modalidades, puede ser: solamente suicidio, solamente homicidio y al mismo tiempo suicidio-homicidio(suicidio asistido u homicidio consentido).

1)    Sólo Suicidio: pueden darse casos de moralidad subjetivamente atenuada por la desesperación y por perturbaciones psicológicas producidas  por ciertas enfermedades terminales. Lo cual no quita la gravedad objetiva del hecho, aunque puede limitar la responsabilidad subjetiva de la persona que le ejecuta sobre sí misma.

2)    Sólo homicidio: la eutanasia presenta características particularmente agravantes y  repugnantes: el cinismo de desembarazarse de los seres juzgados “sin valor”, la negativa de prestar servicio al que sufre, el pecado contra la justicia -propio de todo homicidio-, la calidad de indefenso del enfermo. La vida del más débil queda en manos del más fuerte; se pierde el sentido de la justicia en la sociedad y se mina en su misma raíz la confianza recíproca, fundamento de toda relación auténtica entre las personas.

3)    Cuando se trata de suicidio asistido, aun mediando “razones de piedad”, se añade el agravante de los lazos de parentela de quien asiste positivamente o consiente al suicidio del moribundo, o las obligaciones de justicia y deontología de quienes lo practican (es el caso de los médicos, enfermeros, etc.): “La eutanasia, aunque no esté motivada por el rechazo egoísta de hacerse cargo de la existencia del que sufre, debe considerarse como una falsa piedad, más aún, como una preocupante ‘perversión’ de la misma. En efecto, la verdadera ‘compasión’ hace solidarios con el dolor de los demás, y no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar. El gesto de la eutanasia aparece aún más perverso si es realizado por quienes –como los familiares– deberían asistir con paciencia y amor a su allegado, o por cuantos  como los médicos–, por su profesión específica, deberían cuidar al enfermo incluso en las condiciones terminales más penosas.

En síntesis, encontramos una trágica expresión de todo esto en la difusión de la eutanasia, encubierta y subrepticia, practicada abiertamente o incluso legalizada. Se propone así la eliminación de los recién nacidos malformados, de los minusválidos graves, de los impedidos, de los ancianos, sobre todo si no son autosuficientes, y de los enfermos terminales. No nos es lícito callar ante otras formas más engañosas, pero no menos graves o reales de eutanasia. Éstas podrían producirse cuando, por ejemplo, para aumentar la disponibilidad de órganos para trasplante, se procede a la extracción de los órganos sin respetar los criterios objetivos y adecuados que certifican la muerte del donante.

[2] JUAN PABLO II, EV, 65.

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Respuesta a los argumentos más frecuentes en favor de la eutanasia

Eutanasia: catálogo de mitos

Los debates sobre la eutanasia suelen basarse en casos extremos, manipulación de sentimientos como la compasión, o el miedo al sufrimiento, y acusaciones infundadas a la Iglesia. Todo ello disfraza la verdadera naturaleza y las implicaciones de los argumentos pro-eutanasia
Hay situaciones muy duras en las que una persona puede decidir que la vida así no es digna. 
¿Quiere esto decir que la vida de todos los enfermos terminales es indigna y debe ser eliminada? Sería una afirmación muy cruda… Pero si la dignidad depende de la percepción del enfermo, entonces es subjetiva. Cualquiera podría decidir cuándo y en qué condiciones su vida es indigna. Por lo tanto, la sociedad debería dejar de intentar prevenir los suicidios y de luchar, por ejemplo, contra la anorexia, pues una persona podría decidir que su vida con cinco kilos de más es indigna, y suicidarse lentamente.

Si alguien ha perdido la conciencia o la capacidad de deliberación, no hay vida específicamente humana. 
¿Por qué una pérdida que se supone permanente de la conciencia hace que una vida deje de ser humana, y una pérdida temporal (durante el sueño, o tras un golpe), no? Mientras un ser humano vive, conserva la dignidad de todo ser humano. En una sociedad que presume de defender la dignidad humana y a los débiles, es una gran hipocresía defender que algunas vidas son más dignas que otras. Aquí ya no se habla de libertad del individuo, sino de poder de otros para eliminarlo.

Legalizar la eutanasia no es aplicarla a todos, sino a quienes la elijan libremente.
Uno de los principales defensores de la eutanasia en España, el doctor Luis Montes, llegó a declarar ante el juez que no había consultado a algunos de sus pacientes sobre la sedación terminal para no hacerlos sufrir. Difícil creer que con la eutanasia vaya a ser distinto. Un estudio de 1995, en Holanda, encontró que 900 eutanasias, de 4.500, se habían hecho sin consentimiento del paciente. En 1990, el informe Remmelink detectó un total de 8.100 actuaciones destinadas a acelerar la muerte, el 61% de ellas sin consentimiento del paciente. En Oregón, único Estado estadounidense (hasta ahora) donde estaba legalizado el suicido asistido, la ley exige que, ante la sospecha de que quien lo solicita sufra de algún trastorno psíquico, como la depresión (frecuente en enfermos terminales), se le remita a un especialista que evalúe si tiene capacidad de decidir libremente. Pero este mandato es ignorado, pues ninguna de las 46 personas que se suicidaron en 2007 fue evaluada, aunque una cuarta parte de ellos presentaba síntomas claros de depresión. Un estudio similar en Holanda descubrió que, al menos, el 50% de enfermos que habían solicitado la eutanasia estaban deprimidos. Claro, que no todos verán en esto un argumento en contra de la eutanasia, porque, si la depresión empeora la calidad de vida de los enfermos terminales -y no sólo de ellos-, siguiendo los argumentos pro-eutanasia, esa misma depresión justificaría la eutanasia.

No se puede comparar la eutanasia con las prácticas nazis, porque aquéllas eran impuestas y la eutanasia es elegida libremente.
Dejando aparte las dudas sobre la libertad al pedir la eutanasia, la comparación no se basa en que la eutanasia fuera voluntaria o no, sino en que cualquier eutanasia supone acabar con una vida porque se considera indigna. Si se admite que alguien pueda decidir eso sobre su propia vida, pronto pasarán a poder decidirlo los familiares, o los médicos. O los gestores del Gobierno, que quieren recortar gastos. Entonces morir se puede convertir en un deber, como pide la baronesa Warnock, bioeticista inglesa, para ancianos con demencia, que «malgastan la vida de la gente y los recursos» del sistema sanitario. El actor y activista de izquierdas Martin Sheen (protagonista de El ala oeste), ante el referéndum que ha legalizado el suicidio asistido en el Estado de Washington, advirtió en un anuncio de radio de que perjudicaría a las personas con pocos ingresos, a los que, en vez de financiarles los tratamientos, «se animaría a elegir el suicidio asistido». Los enfermos con cáncer de Oregón están descubriendo que el sistema sanitario no cubre sus tratamientos, pero sí el suicidio asistido.

Si la autonomía del paciente está regulada, es una contradicción que no se le permita ser autónomo hasta el final.
Los derechos individuales no prevalecen siempre. Por ejemplo, el derecho a la propiedad cede ante un embargo e incluso ante una expropiación para realizar obras públicas. Cuánto más la autonomía del paciente, al entrar en conflicto con la propia vida, requisito previo de todos los demás bienes y derechos.

Aunque algunos no la compartan, diversas organizaciones defensoras de la vida han defendido la legitimidad de la decisión de Hanna Jones, la menor que ha rechazado un transplante de corazón. ¿Qué diferencia hay entre eso y la eutanasia, por ejemplo, retirando un ventilador o la alimentación?
No aplicar un tratamiento y aceptar la muerte es distinto a intervenir directamente para provocarla, ya sea con una inyección letal (eutanasia activa) o retirando la alimentación, hidratación, ventilación o higiene, que no son tratamientos médicos, sino cuidados básicos debidos a la dignidad humana (eutanasia pasiva).

Aun en el caso de legalizarse, la eutanasia sólo se aplicaría en casos muy concretos y limitados.
Una vez se abre la puerta a la eutanasia y/o al suicidio asistido, se entra en una pendiente deslizante, pues la sociedad se acostumbra a esta práctica y se reduce el umbral de tolerancia al sufrimiento. Cada vez se está aplicando más a enfermos no terminales, y se llega a casos extremos como el de la alemana Bettina Schardt, a quien un activista pro-eutanasia ayudó a morir porque le costaba cuidar de sí misma y no quería acabar en un asilo. En una carta al director en el diario El País, un lector justificaba la eutanasia como solución a la situación de tantos mayores desatendidos y solos como hay hoy en día, que «verían el cielo abierto».

La eutanasia y el suicidio asistido son una respuesta al sufrimiento.
El doctor Montes instauró en el servicio de Urgencias que dirigía la frase: «Hay que sedar [sedaciones terminales] por ética y por estética». La estética se refería a los pacientes en coma que, sin estar sufriendo, resultan desagradables de ver cuando tienen crisis epilépticas, se mueven o emiten sonidos. También son, claro, candidatos a la eutanasia.

El sufrimiento es siempre un mal y todo está justificado, con tal de evitarlo.
El sufrimiento es parte de la vida y, aunque se debe luchar por acabar con él, el fin no justifica los medios. «Me preocupa que, al defender el derecho a la sedación final definitiva, lo hagamos de tal forma que contribuya a fortalecer el miedo al sufrimiento y, como derivada, la intolerancia de cualquier situación que nos pueda parecer dolorosa. Porque entonces podemos legitimar socialmente actuaciones que obedezcan más a una cultura de anestesia que a una cultura de dignidad en el vivir». Lo afirmaba Milagros Pérez Oliva, especialista en temas de Sanidad de El País, en un seminario, aunque años después ha contribuido a lo que entonces criticaba.

Es admirable que algunas personas muy enfermas o con graves discapacidades saquen su vida adelante, pero no se le puede exigir eso a todas.
La sociedad tiene el deber de proteger a los grupos más vulnerables, como los discapacitados. Y estos colectivos han declarado en varias ocasiones el daño que les hace cada vez que se habla de eutanasia, cómo el mensaje que se transmite sobre la discapacidad es cada vez más negativo, e incoherente con la lucha por su integración.

Se debe legalizar la eutanasia para evitar el encarnizamiento terapéutico.
La misma deontología médica que se opone a un exceso, se opone al otro. Hay que investigar esos casos y sancionarlos, en el caso de que realmente se den. De existir de verdad, seguramente los medios pro-eutanasia les darían publicidad, cosa que no ha ocurrido.

La eutanasia es compatible y el complemento perfecto a los cuidados paliativos. 
En el hospital Severo Ochoa, de Leganés, a pesar de que, en el año 2003, se creó una Unidad de Cuidados Paliativos, se siguieron practicando las sedaciones terminales indebidas en Urgencias, lo que demuestra el divorcio que, en la realidad, existe entre los cuidados paliativos y otras prácticas que se intentan asimilar con ellos. El doctor Montes llegó a afirmar, en el periódico Diagonal, que «no hace falta que el enfermo haya pasado por una unidad de cuidados paliativos» antes de ser sedado terminalmente.

Hay un clima de opinión que pide que se legalice la eutanasia.
No es cierto. Ciertos sectores de la sociedad, con películas como Mar adentro (de argumento similar a una película de propaganda nazi), la manipulación política del caso Montes (que no consiguió impedir que el PP mejorara sus resultados electorales en Leganés y la Comunidad de Madrid en 2007) y las declaraciones periódicas del ministro Bernat Soria, pretenden que la eutanasia tenga una mayor presencia en los medios de la que realmente tiene en la calle o entre los profesionales sanitarios. Hasta la ex ministra de Sanidad socialista, Elena Salgado, declaró al poco de estrenarse Mar adentro que no existe «una demanda de este tipo, ni tan siquiera ese debate».

Es mejor que la eutanasia se aplique en el ámbito sanitario, en vez de que la gente busque formas de suicidarse por su cuenta.
Siempre habrá casos que no cumplan los requisitos, y los activistas son los primeros en aconsejar los métodos clandestinos. El activista Philip Nitschke, que explica su método de suicidio en conferencias y a través de Internet, recomendó a quienes crean que tienen alzheimer que busquen ayuda para suicidarse lo antes posible y no acudan al médico. La organización Dignitas enseñó a cuatro de sus clientes a suicidarse con helio para evitar los trámites legales.

María Martínez López
Para aclarar ideas
Eutanasia: Acción u omisión, por parte del médico u otra persona, con la intención de provocar la muerte del paciente terminal o altamente dependiente, por compasión y para eliminarle todo dolor (si el fin es reducir gastos sería homicidio). Puede ser voluntaria (con el consentimiento del paciente),involuntaria (contra la voluntad del paciente) o no voluntaria (no consta el consentimiento). En la eutanasia pasiva se omiten cuidados (hidratación, alimentación, ventilación) o tratamientos indicados y proporcionados. No es eutanasia pasiva la omisión de tratamientos desproporcionados o fútiles, que es legítima.
Encarnizamiento (obstinación o ensañamiento) terapéutico: Práctica, contraria a la deontología, de aplicar tratamientos inútiles o útiles, pero desproporcionadamente molestos, para el resultado que se espera.
Ortotanasia: Reconociendo en todo momento la dignidad de la vida del paciente, permitir que la muerte natural llegue, con los máximos tratamientos paliativos y recurriendo a medidas razonables, y con asistencia psicológica y espiritual.
Sedación terminal: Administración deliberada de fármacos para lograr el alivio, inalcanzable por otros medios, de un sufrimiento físico y/o psicológico, mediante la disminución suficientemente profunda y previsiblemente irreversible de la conciencia, en un paciente cuya muerte se prevé muy próxima, con el consentimiento explícito, implícito o delegado. No es relevante que, como efecto no buscado, se adelante la muerte, mientras no sea lo que se pretenda directamente y esté aplicada correctamente: cumpliendo los requisitos anteriores y empezando con la dosis mínima, que se subirá gradualmente hasta hacer remitir los síntomas.
Suicidio asistido: Ayudar a quitarse la vida cuando la persona no sea capaz por sus propios medios.

Encarnizamiento terapéutico

La vida, propia y ajena, es un valor y un don, frente al cual el hombre debe comportarse como administrador y no como señor absoluto. Esto impone el respeto y el cuidado de la misma. Por lo dicho, el rechazo de los medios habituales y necesarios para conservarla (como por ej. la nutrición, el descanso) equivale a una autodestrucción que viola los derechos divinos. Pero, cuando la muerte es algo inminente e irreversible, el hombre no está obligado a conservarla a todo costo y por cualquier medio porque la disolución de la vida es algo natural e inevitable. Así, “la interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el ‘encarnizamiento terapéutico’. Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla. Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad, o sino por los que tienen los derechos legales, respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del paciente.[1]

En un caso de coma “irreversible”, quedando firme la obligación de las curaciones ordinarias, no se está obligado a practicar el empleo de medios particularmente dolorosos u onerosos para el paciente, condenándolo a una prolongación de su agonía. Prolongar la vida puramente aparente y totalmente artificial, después que las funciones cerebrales hayan cesado completa e irreversiblemente, sería una ofensa al moribundo y a su muerte.



[1] Catecismo…, n. 2278; Compendio, n. 471.

Naturaleza de la muerte

“El hombre, que no es dueño de la vida, tampoco lo es de la muerte; en su vida, como en su muerte, debe confiarse totalmente al ‘agrado del Altísimo’, a su designio de amor… La enfermedad no lo empuja a la desesperación y a la búsqueda de la muerte, sino a la invocación llena de esperanza…” [1]

La muerte, desde el punto de vista filosófico, consiste en la separación del cuerpo y del alma. Una vez que el cuerpo y el alma se separan, no tendremos una sola forma cadavérica que substituya de manera definitiva y estable al alma espiritual, sino que en el cadáver se va produciendo una ‘sucesión continuada’ de formas substanciales hasta la última reducción material, esqueleto óseo o cenizas.

Científicamente hablando, “una persona está muerta cuando ha sufrido una pérdida total e irreversible de la capacidad para integrar y coordinar todas las funciones del cuerpo –físicas y mentales– en una unidad funcional”.[2] Dicha definición enfatiza que la capacidad para coordinar las funciones físicas y mentales tiene que haber sido perdida en todo sentido, y que este estado debe ser irreversible. Es una capacidad exclusiva del organismo el unir y coordinar las funciones mentales y físicas en una unidad que no puede ser reemplazada por medios artificiales o por tecnología médica.

Es importante enfatizar que las funciones físicas del cuerpo de un individuo no son eliminadas instantáneamente, sino en forma sucesiva -una vez que el cerebro ha dejado de funcionar-. Algunas de ellas, como la respiración y la actividad del corazón, cesan casi instantáneamente, pero estas funciones pueden ser sostenidas por un tiempo limitado, generalmente no más que unos pocos días, con la ayuda de medios artificiales. Algunos reflejos espinales pueden sobrevivir por algunos días aun después de un cese completo e irreversible de todas las funciones cerebrales”.

Este concepto científico de muerte es plenamente compatible con la noción filosófica, es más… parece ser su traducción clínica, pues es el alma, como forma substancial del cuerpo (forma única de la persona humana) la que coordina y unifica todas las funciones de la persona humana. La separación del cuerpo y del alma debe redundar precisamente en la descoordinación total e irreversible de todas las funciones mentales y físicas del sujeto.

La muerte no puede conllevar adjetivos. Una persona está viva o está muerta”.[3] Por lo tanto, no puede hablarse de “muerte cerebral”, “puesto que también tendríamos que hablar de una muerte cardíaca, o una muerte pulmonar, etc.

El problema consiste en determinar con exactitud cuáles son los signos físicos o biológicos que  constituyen un indicio de la pérdida total e irreversible de todas las funciones.

 

 

CRITERIOS PARA VERIFICAR LA PÉRDIDA TOTAL E IRREVERSIBLE DE TODAS LAS FUNCIONES

No vamos a considerar aquí el criterio para corroborar el advenimiento de la muerte que sostienen quienes aceptan la “muerte aparente”. Para estos, la muerte puede considerarse ocurrida cuando se constata la pérdida irreversible de la conciencia (pérdida de la capacidad de relación). Es evidente que esto no es la muerte… por lo tanto, proceder a cualquier acción contra la persona que se encuentra en tal estado puede constituir una auténtica eutanasia positiva.

 

Fuera de éste podemos señalar dos posiciones:

  1. El criterio cardio-respiratorio como criterio directo: aceptarán sólo la detención del corazón como “signo” de la muerte avenida. Los que defienden esta posición niegan tanto la validez de los signos, como el mismo criterio de muerte encefálica. Por este motivo consideran que la extracción del corazón latiendo constituye un delito de homicidio culposo por imprudencia.
  2. El criterio de la pérdida total e irreversible de todas las funciones: La posición que define la muerte como pérdida total e irreversible de todas las funciones mentales y físicas, etc., tal como lo hemos puntualizado más arriba, reconoce dos criterios, uno directo y otro indirecto.
  • Criterio indirecto relacionado con el corazón: “La pérdida total e irreversible de todas las funciones cerebrales, implica un paro cardíaco y respiratorio, de más de 15 a 20 minutos como regla. Durante este tiempo, el tejido cerebral sucumbe irreversiblemente debido a la falta de oxígeno. De aquí que el criterio “indirecto” es siempre suficiente para probar una pérdida total e irreversible de todas las funciones cerebrales. El criterio indirecto, no es siempre válido en nuestros días ya que la respiración y la actividad cardíaca pueden ser mantenidas artificialmente, aunque todo el funcionamiento cerebral haya sido perdido irreversiblemente. De todas maneras, el criterio indirecto de muerte ha sido y permanecerá aplicable en el futuro en más del 99% de las muertes”.
  • Criterio directo de muerte relacionado con el cerebro: Este criterio es usado en un número reducido de pacientes, generalmente bajo cuidados intensivos, en los que la actividad cardíaca y pulmonar es mantenida artificialmente por medio de un respirador. Según Obiglio sería usado en un 0,2-0,7 % de las muertes. Este criterio es usado en pacientes que han sufrido un infarto total de cerebro, también mal llamada, según hemos dicho, muerte cerebral.

 

La definición dada por la Pontificia Academia de las Ciencias[4] fue la siguiente: “una persona está muerta cuando ha sufrido una pérdida irreversible de toda capacidad de integrar y de coordinar las funciones físicas y mentales del cuerpo”. La muerte sobreviene cuando:

  1. Las funciones espontáneas cardíacas y respiratorias cesaron definitivamente
  2. Se verificó el cese irreversible de toda función cerebral

 

Así, la detención definitiva de las funciones cardio-respiratorias conduce muy rápidamente a la muerte cerebral, siendo este último el verdadero criterio de la muerte.

Como vemos, el momento de la muerte es un acontecimiento que ninguna técnica científica o método empírico puede identificar directamente. Pero la experiencia humana enseña también que la muerte de una persona produce inevitablemente signos biológicos ciertos, que la medicina ha aprendido a reconocer cada vez con mayor precisión. En este sentido, los ‘criterios’ para certificar la muerte, que la medicina utiliza hoy, no se han de entender como la determinación técnico-científica del momento exacto de la muerte de una persona, sino como un modo seguro, brindado por la ciencia, para identificar los signos biológicos de que la persona ya ha muerto realmente.


[1] JUAN PABLO II, EV, 46.

[2] Comité para la Definición de la Muerte”, del grupo de trabajo de la Pontificia Academia de Ciencias, reunido en la Ciudad del Vaticano en 1989.

[3] Cf. H. OBLIGIO, “A propósito de una definición sobre la muerte…”, 3-4.

[4] La Pontificia Academia de las Ciencias no es órgano del Magisterio Pontificio, ni compromete a éste con sus conclusiones.