Donación de órganos

Los trasplantes ex cadavere no presentan objeciones morales en sí mismos mientras se verifiquen estas condiciones: que se trate realmente de un cadáver, que haya reales probabilidades de éxito (de sobrevida y de calidad de vida), la conservación de la identidad psicológica del receptor y de sus descendientes, el consentimiento del difunto mientras se encontraba en el uso pleno de sus facultades o al menos de la familia de éste.

Actualmente los problemas más delicados giran en torno a la voluntad expresa de donar los órganos y la relación entre el médico y la muerte del donante. No se puede anticipar la muerte del donante haciendo u omitiendo una intervención sobre el mismo con el objeto de extraer un órgano. No se puede hacer el mal para obtener un bien; ni dejar de hacer el bien que corresponde para obtener otro bien. En dichos casos, la muerte del donante, causada directamente por la ablación del órgano vital, constituiría un homicidio, cuanto menos, culposo.

El problema más serio es, ciertamente, la constatación de la muerte del donante. El principio moral que debe regir es el siguiente: en el caso del trasplante de órgano único vital realizado ex cadavere, se requiere la certeza de la muerte del donante. Mientras haya vida, aunque sólo sea vida vegetativa, ésta es inviolable. Por el altísimo valor de la vida humana, si la intervención no se realiza bajo dicha certeza de muerte, encuadraría en el concepto de homicidio. Aquí se aplica en toda su extensión el principio que enuncia Juan Pablo II para el trato de los embriones humanos: “… desde el punto de vista de la obligación moral, bastaría la sola probabilidad de encontrarse ante una persona humana para justificar la más rotunda prohibición de cualquier intervención destinada a eliminar un embrión humano”.[3]

Otros tipos de trasplantes

Teniendo en cuenta el tipo de órgano trasplantado y los sujetos, encontramos:

  • Trasplantes en el mismo sujeto: trasplante autólogo, autoplástico o autoinjerto. No presenta mayores problemas morales, mientras exista una justificación razonable y una proporción entre los riesgos y los beneficios que el mismo acarrea. Ejemplo, traslado de trozos de piel de un lado a otro por quemaduras.
  • Trasplantes de un individuo a otro: este se subdivide en:

–     Trasplante entre individuos de distinta especie (de animal a hombre): aquí el problema ético radica ante todo por la actual incertidumbre del éxito y el elevado riesgo de rechazo, Así, la mayor parte de este tipo de intervenciones, al encontrarse en una fase puramente experimental y altamente riesgosa, lo hace éticamente impracticable con seres humanos.

–     Trasplante entre individuos de la misma especie: este deberá resultar el único último  remedio válido para prolongar la vida del paciente. Los trasplantes a partir de un donante vivo pueden afectar a órganos simples o pares. Sobre los órganos simples vitales siempre ha habido acuerdo en la inmoralidad a este tipo de actos[4]. En cuanto a los órganos pares, obviamente se produce la pérdida de un órgano y esto toca a la integridad de la persona; pero no se produce la pérdida de ninguna función (la función renal, por ejemplo, continúa a través del riñón remanente). Por tanto, se puede considerar como un debilitamiento o una disminución de la función, al menos en líneas generales. Por ser una ablación voluntaria con el fin de devolver a otra persona la función vital indispensable de la que está privado, se trata de una forma de solidaridad, motivada por la caridad. Claro que siempre debe haber una posibilidad cierta de éxito en el receptor que justifique el sacrificio que hace el donador.

[3] JUAN PABLO II, EV, 60.

[4] Salvo el caso concreto del hígado cuando se trata tan sólo de la ablación de un segmento hepático para injertarlo en un receptor urgido.

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