Encarnizamiento terapéutico

La vida, propia y ajena, es un valor y un don, frente al cual el hombre debe comportarse como administrador y no como señor absoluto. Esto impone el respeto y el cuidado de la misma. Por lo dicho, el rechazo de los medios habituales y necesarios para conservarla (como por ej. la nutrición, el descanso) equivale a una autodestrucción que viola los derechos divinos. Pero, cuando la muerte es algo inminente e irreversible, el hombre no está obligado a conservarla a todo costo y por cualquier medio porque la disolución de la vida es algo natural e inevitable. Así, “la interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el ‘encarnizamiento terapéutico’. Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla. Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad, o sino por los que tienen los derechos legales, respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del paciente.[1]

En un caso de coma “irreversible”, quedando firme la obligación de las curaciones ordinarias, no se está obligado a practicar el empleo de medios particularmente dolorosos u onerosos para el paciente, condenándolo a una prolongación de su agonía. Prolongar la vida puramente aparente y totalmente artificial, después que las funciones cerebrales hayan cesado completa e irreversiblemente, sería una ofensa al moribundo y a su muerte.



[1] Catecismo…, n. 2278; Compendio, n. 471.

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