Espiritualidad


El Evangelio del día

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ORACIÓN POR LA VIDA (Beato Juan Pablo II)

Oh, María aurora del mundo nuevo,  Madre de los vivientes:
a Ti confiamos la causa de la vida; mira, Madre, el número inmenso
de niños a quienes se les impide nacer, de pobres a quienes se les hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas de violencia inhumana, de ancianos y enfermos
muertos a causa de la indiferencia o de una presunta piedad.
Haz que quienes creen en tu Hijo sepan anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo, el Evangelio de la vida.
Alcánzales la gracia de acogerlo como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud durante toda su existencia
y la valentía de testimoniarlo con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad,
la civilización de la verdad y del amor
para alabanza y gloria de Dios Creador y amante de la vida.
Amén.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                      
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ORACIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI 

POR LA VIDA NACIENTE

Señor Jesús, que con fidelidad visitas 
y colmas con tu Presencia la Iglesia
y la historia de los hombres; que en el
admirable Sacramento de tu Cuerpo y
tu Sangre nos haces partícipes de la vida divina
y nos concedes saborear anticipadamente
la alegría de la vida eterna; te adoramos y te bendecimos.
Postrados delante de ti, fuente y amante de la vida,
realmente presente y vivo en medio de nosotros,
te suplicamos: Aviva en nosotros el respeto por toda
vida humana naciente, haz que veamos en el fruto del seno materno
la admirable obra del Creador; abre nuestro corazón
a la generosa acogida de cada niño que se asoma a la vida.
Bendice a las familias, santifica la unión de los esposos,
haz que su amor sea fecundo.
Acompaña con la luz de tu Espíritu las decisiones de las asambleas legislativas,
a fin de que los pueblos y las naciones reconozcan y respeten
el carácter sagrado de la vida, de toda vida humana.
Guía la labor de los científicos y de los médicos, para que
el progreso contribuya al bien integral de la persona y nadie
sufra supresión e injusticia.
Concede caridad creativa a los administradores y a los economistas,
para que sepan intuir y promover condiciones suficientes
a fin de que las familias jóvenes puedan abrirse serenamente al nacimiento de nuevos hijos.
Consuela a las parejas de esposos que sufren a causa de
la imposibilidad de tener hijos, y en tu bondad provee.
Educa a todos a hacerse cargo de los niños huérfanos
o abandonados, para que experimenten el calor de tu caridad,
el consuelo de tu Corazón divino. 
Con María tu Madre, la gran creyente, en cuyo seno
asumiste nuestra naturaleza humana, esperamos de ti,
nuestro único verdadero Bien y Salvador, la fuerza de amar y servir a la vida,
a la espera de vivir siempre en ti, en la comunión de la santísima Trinidad.
Amén.-
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La devoción de las tres Ave María

Santa Matilde, religiosa benedictina, suplicó a la Santísima Virgen  que la asistiera en la  hora de  la muerte. La Virgen María le dijo lo  siguiente: “Sí que lo haré; pero quiero que  por tu parte me  reces  diariamente tres Avemarías. La primera, pidiendo que así como    Dios Padre me encumbró a  un trono de gloria sin igual, haciéndome  la más poderosa en el  cielo y en la tierra, así también yo  te asista en  la tierra para fortificarte y apartar de  ti toda potestad enemiga. Por  la segunda  Avemaría me pedirás que así como el Hijo de  Dios me  llenó de sabiduría, en tal extremo que tengo  más conocimiento de la  Santísima  Trinidad que todos los Santos, así te asista yo en el trance  de la  muerte para llenar tu  alma de las luces de la fe y de la  verdadera sabiduría, para que no la  oscurezcan las  tinieblas del  error e ignorancia. Por la tercera, pedirás que así como el Espíritu    Santo  me ha llenado de las dulzuras de su amor, y me ha hecho tan  amable que después de Dios  soy  la más dulce y misericordiosa, así yo  te asista en la muerte llenando tu alma de tal  suavidad de  amor divino, que toda pena y amargura de muerte se cambie para ti  en delicias.”

Y esta promesa se extendió en beneficio de todos cuantos ponen en  práctica ese rezo diario de las tres Avemarías.

Nuestra Señora prometió a Santa Matilde y a otras almas piadosas que  quien rezara diariamente tres avemarías, tendría su auxilio durante la      vida y su especial asistencia a la hora de la muerte, presentándose en esa  hora final con el brillo de una belleza tal que con sólo verla la consolaría  y le transmitiría las alegrías del Cielo.

La afirmación católica de que la Santísima Virgen poseyó, en el más alto grado posible a una criatura, los atributos de poder, sabiduría y misericordia.

Esto es lo que enseña la Iglesia al invocar a María como Virgen Poderosa, Madre de Misericordia y Trono de Sabiduría.

Nuestra Madre del Cielo nos regala estas hermosas devociones para que todos los días de nuestra vida podamos darle gracias por ser nuestra Protectora fiel. Siempre, al empezar el día recemos estas TRES Ave Marías, en honor a la Pureza de Nuestra Santa Madre, pidiendo la pureza de nuestro corazón y de nuestros actos.-

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El Bien Supremo

“Permanece con nosotros Señor, porque ya es tarde”

Lc. XXIV,29

Los discípulos que iban a Emaús se sintieron interiormente conmovidos, inflamados e iluminados con la conversación de aquél divino extranjero que se les  juntó en el camino. Cuando los quiso dejar le dijeron: “Permanece con nosotros, porque se hace tarde.”

No se cansaban de oír al Señor, y, al perderle, les parecía que lo perdían todo.

Lo mismo podemos decir ahora a nuestro Señor: “Quédate con nosotros, Señor, porque sin Ti se nos echa encima la noche, una noche terrible”

La Eucaristíaes en efecto, el bien supremo del mundo. La mayor desgracia que nos puede sobrevenir es privarnos dela Eucaristía.

Sí Jesús, es el soberano bien. “Con El –dicela Sabiduría-me han venido todos los bienes” Y San Pablo exclama: “Habiéndonos dado Dios a su propio Hijo, ¿Cómo no nos había de dar con El todas las cosas”? (Rom. VII,32)

En efecto, nos ha dado todo lo que tiene, todo lo que es; no pudo hacer más.

Con Jesús Eucaristía la luz brilla sobre la tierra.

Con la Eucaristía tenemos el pan de los fuertes, el viático para los caminantes, el pan de Elías que nos da fuerza para subir hasta la montaña de Dios, el maná que nos hace tolerable el horror al desierto.

Con Jesús tenemos consuelo, tenemos reposo en las fatigas y agitaciones de nuestra alma y bálsamo que sirva de lenitivo a los acerbos dolores del corazón.

En la Eucaristía encontramos el remedio para nuestros males, un medio seguro de satisfacer por las nuevas deudas de los pecados que continuamente contraemos con la justicia divina. Jesucristo nuestro Señor se ofrece todos los días como víctima de propiciación por los pecados del mundo.

 

Jesucristo ha prometido permanecer con su Iglesia hasta la consumación de los siglos; mas no ha hecho esta promesa a ningún pueblo ni individuo en particular.

Estaremos seguros de su permanencia  entre nosotros si sabemos rodear su sagrada persona del honor y del amor que le son debidos. Es una condición expresa.

Jesucristo tiene perfecto derecho a esta honra y El mismo la exige.

Es nuestro rey y nuestro salvador. Démosle un honor superior a todo honor, honrémosle con el culto de latría, tributémosle honores públicos: nosotros somos su pueblo.

La corte celestial se postra en presencia del Cordero inmaculado.

Acá en la tierra fue Jesús adorado de los ángeles en su nacimiento, de las muchedumbres durante su vida y de los apóstoles después de su resurrección.

Los pueblos y los reyes fueron a dorarle.

Y en el santísimo Sacramento, ¿no tendrá Jesucristo más derecho a nuestra adoración, puesto que mayores son sus sacrificios y más profundo su abatimiento?

Para El, el honor solemne, la magnificencia, la riqueza y la belleza del culto católico. Dios fijó hasta los más menudos pormenores de culto mosaico, aunque no era más que una figura. En los siglos de mayor fe nunca se ha creído hacer lo bastante para contribuir al esplendor del culto eucarístico, como atestiguan esas basílicas, esos vasos sagrados, esos ornamentos… obras maestras del arte, llena de magnificencia.

La fe ha obrado estas maravillas: por el culto y el honor que se rinde a Jesucristo podemos conocer la fe y las virtudes de un pueblo.

Claro que no le puede satisfacer por completo el culto exterior. Pide, además, culto de amor, interior servicio, la sumisión de nuestro espíritu de tal manera que no queden encerradas estas cosas dentro de nosotros mismos, sino que las manifestemos por medio de atenciones tiernas y amables.

Este es el culto de amor que Jesús reclama enla Eucaristía. Quien ama, buscala Eucaristía, se complace en hablar de ella, siente necesidad de Jesús, al que tiende incesantemente y ofrece todos sus actos, todas las satisfacciones de su corazón, sus alegrías y sus consuelos. Con esto forma un ramillete para Jesús sacramentado.

A la puesta del sol siguen las tinieblas, y, cuando el sol se esconde, hace frío. Si el amor ala Eucaristíase extingue en el corazón, se pierde la fe, reina la indiferencia y, en esta noche del alma, como bestias feroces, salen los vicios a hacer presa en ella.

Y lo que hace Jesucristo con los individuos, lo hace igualmente con los pueblos. Y si esto sucede, ¿quién podrá contener las calamidades?

¡Oh, señor! Permanece con nosotros. Nosotros seremos tus fieles adoradores! Preferimos el destierro, la muerte… antes que vernos privados de Ti!!

 

Permanece con nosotros, Dios mío, que se hace tarde y sin Ti la noche nos cae encima.

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16 de julio, día de Nuestra Señora del Carmen

Fue en el Monte Carmelo donde Elías consiguió que el pueblo de Israel volviese a dar culto al Dios vivo y en el que, más tarde, algunos, buscando la soledad, se retiraron para hacer vida eremítica, dando origen con el correr del tiempo a una orden religiosa de vida contemplativa, que tiene como patrona y protectora a la Madre de Dios.

Desde los antiguos ermitaños que se establecieron en el Monte Carmelo, Los Carmelitas han sido conocidos por su profunda devoción a la Santísima Virgen. Ellos interpretaron la nube de la visión de Elías (1 Reyes 18, 44) como un símbolo de la Virgen María Inmaculada. Ya en el siglo XIII, cinco siglos antes de la proclamación del dogma, el misal Carmelita contenía una Misa para la Inmaculada Concepción.

En las palabras de Benedicto XVI, 15,VII,06:
“El Carmelo, alto promontorio que se yergue en la costa oriental del Mar Mediterráneo, a la altura de Galilea, tiene en sus faldas numerosas grutas naturales, predilectas de los eremitas. El más célebre de estos hombres de Dios fue el gran profeta Elías, quien en el siglo IX antes de Cristo defendió valientemente de la contaminación de los cultos idolátricos la pureza de la fe en el Dios único y verdadero. Inspirándose en la figura de Elías, surgió la Orden contemplativa de los «Carmelitas», familia religiosa que cuenta entre sus miembros con grandes santos, como Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Teresa del Niño Jesús y Teresa Benedicta de la Cruz (en el siglo, Edith Stein).

Los Carmelitas han difundido en el pueblo cristiano la devoción a la Santísima Virgen del Monte Carmelo, señalándola como modelo de oración, de contemplación y de dedicación a Dios. María, en efecto, antes y de modo insuperable, creyó y experimentó que Jesús, Verbo encarnado, es el culmen, la cumbre del encuentro del hombre con Dios. Acogiendo plenamente la Palabra, «llegó felizmente a la santa montaña» (Oración de la colecta de la Memoria), y vive para siempre, en alma y cuerpo, con el Señor.

A la Reina del Monte Carmelo deseo hoy confiar todas las comunidades de vida contemplativa esparcidas por el mundo, de manera especial las de la Orden Carmelitana, entre las que recuerdo el monasterio de Quart, no muy lejano de aquí [Valle de Aosta]. Que María ayude a cada cristiano a encontrar a Dios en el silencio de la oración”.

La estrella del Mar y los Carmelitas

Los marineros, antes de la edad de la electrónica, dependían de las estrellas para marcar su rumbo en el inmenso océano. De aquí la analogía con La Virgen María quien como, estrella del mar, nos guía por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo.

Por la invasión de los sarracenos, los Carmelitas se vieron obligados a abandonar el Monte Carmelo. Una antigua tradición nos dice que antes de partir se les apareció la Virgen mientras cantaban el Salve Regina y ella prometió ser para ellos su Estrella del Mar. Por ese bello nombre conocían también a la Virgen porque el Monte Carmelo se alza como una estrella junto al mar.

Los Carmelitas y la devoción a la Virgen del Carmen se difunden por el mundo

La Virgen Inmaculada, Estrella del Mar, es la Virgen del Carmen, es decir a la que desde tiempos remotos se venera en el Carmelo. Ella acompañó a los Carmelitas a medida que la orden se propagó por el mundo. A los Carmelitas se les conoce por su devoción a la Madre de Dios, ya que en ella ven el cumplimiento del ideal de Elías. Incluso se le llamó: “Los hermanos de Nuestra Señora del Monte Carmelo”. En su profesión religiosa se consagraban a Dios y a María, y tomaban el hábito en honor ella, como un recordatorio de que sus vidas le pertenecían a ella, y por ella, a Cristo.

La devoción a la Virgen del Carmen se propagó particularmente en los lugares donde los carmelitas se establecieron.

Es patrona de Chile; en el Ecuador es reina de la región de Cuenca y del Azuay, recibiendo la coronación pontificia el 16 de Julio del 2002. En la iglesia del monasterio de la Asunción en Cuenca se venera hace más de 300 años. Es además venerada por muchos en todo el continente.

“Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, llama a María”.

“Si eres agitado por las ondas de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición, si de la emulación, mira a la Estrella, llama a María”.

“Si la ira, o la avaricia, o la impureza impelen violentamente la navecilla de tu alma, mira a María”.

“Si, turbado a la memoria de la enormidad de tus crímenes, confuso a la vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a ser sumido en la sima del suelo de la tristeza, en los abismos de la desesperación, piensa en María”.

“En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud”.

“No te extraviarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas. Si Ella te tiende su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás, si es tu guía; llegarás felizmente al puerto, si Ella te ampara”. 

San Bernardo

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No contéis las espinas

Cuando se quiere labrar una piedra para adornar bellamente un palacio, no se escoge una piedra mala; sería una cosa inútil, porque se quebraría a los primeros golpes del obrero.

Cuando se quiere escoger un amigo, se le prueba antes de abrirle el corazón. No os extrañéis que Dios siga la misma conducta con nosotros.

Sentíos dichosos de poder ofrecer algo a Dios; no a todos es dado seguir tan de cerca a nuestro Señor.

Es preciso pasar por medio de muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios. El camino del cielo es para quienes llevan de buena gana la cruz de Jesús. El camino es corto y la recompensa es eterna.

¡Dios lo quiere! Que este lema divino os sostenga, os haga fuertes y os consuele.

La semilla de la gloria

La semilla de la gloria es el sufrimiento. Suframos con amor y a solas con Dios; que todos nos crean felices cuando nuestro corazón esté crucificado y nuestra alma se halle desconsolada.

Este es el camino seguro, corto y perfecto, el que han recorrido todos los santos, todas las almas favorecidas de Dios; es el martirio cotidiano que nos prepara para el cielo.

Dejémonos crucificar por los hombres, pero miremos al cielo, que es nuestro fin. Con tal que vayamos pronto al cielo, ¡Qué importa lo demás y lo escabroso del camino! En el cielo la cruz de Jesús es su cetro y el trono de su gloria.

No contéis las espinas

No os dejéis abatir ni tampoco turbar por las penas que experimentéis; no son más que gracias y medios de uniros más íntimamente al bien supremo.

No os entretengáis con las flores de la vida, no contéis las espinas ni los guijarros de vuestro camino; pasad rápidamente sobre ellos y llegad hasta nuestro Señor con los pies ensangrentados; pero sin mirarlos ni lamentaros por ello.

Robusteceos con el amor de Jesucristo y con las verdaderas pruebas de su amor, que son la cruz, el desprendimiento de las criaturas, la inmolación del propio yo, para su mayor gloria y sentiréis en vosotros como una nueva vida, un océano de paz, una necesidad de sufrir para poder ofrecer algo al amor divino, unas pocas astillas que poder arrojar al fuego divino.

Besar la cruz

Cuando las cruces llegan sobre nosotros y las espinas hieren nuestra frente no hemos de morderlas con despecho, sino besarlas como a portadoras de Jesucristo nuestro buen maestro.

Nos es preciso saber elevarnos por encima de las tempestades y borrascas, someternos humildemente a  Dios y confiar en El; hemos de tener paciencia para aguardar al sol de justicia, ya que la vida del hombre no es más que un movimiento de pruebas y de cambios; en él será más feliz quien coloque su virtud por encima de las borrascas y tempestades que se deshacen a sus pies.

Nos es necesario reposar a la sombra de este árbol de vida del calvario, sobre el ardiente pecho de nuestro Señor y esforzarnos en vivir más de El, para El y solo en El. Es preciso unirse  más vivamente a Dios, a su santa Cruz y esperar con amor la hora de Dios. Ya sé que cuando uno está sobre la cruz, en medio de los dolores de la crucifixión no se tiene más que un pensamiento y un sentimiento: el sacrificio. ¡Animo! Hay que amar a Jesús en la cruz hasta la muerte, hasta el sepulcro, hasta la resurrección y gloriosa ascensión a los cielos.

Ya sabéis lo que se hace cuando se nada en medio de una tempestad: se hacen todos los esfuerzos para tener la cabeza fuera del agua y se cierran los ojos cuando se acercan las olas.

Tened siempre el corazón fijo y sometido a Dios; cerrad los ojos para no ver los horrores de las olas,  llamad a Dios y estad seguros que vendrá en vuestra ayuda. Por lo demás, cuando todo sea sufrir y todo os haga padecer, agradeced a Dios el que os purifique y os santifique por medio de las criaturas y os haga reparar por vuestros pecados y por los ajenos.

Lo importante es que no os debilitéis por nada y que obréis por puro espíritu de fe en la misericordia, bondad y poder de Dios; que le sirváis noblemente tan sólo por El, por su bondad y su Gloria, mediante el sacrificio de vuestro bienestar, de vuestros goces, de vuestras dulzuras en su servicio, de sus tan suaves consuelos y de esta tan gozosa seguridad de que os ama con un amor de delicada satisfacción.

El sufrimiento provechoso

Decís que no os gusta el sufrimiento; tampoco lo aman naturalmente los santos. Pero no os desaniméis; el sufrimiento que gime y que lucha en el hombre viejo es con frecuencia el más perfecto, ya que hace uno lo que los pobres enfermos: recoger todas sus lágrimas, todos sus gemidos y suspiros y arrojarlos a los pies del Señor para ofrecérselos como un homenaje y una reparación: este es el amor de pobre.

Cuando se sufre, no se siente uno con fuerzas para reflexionar ni rezar; pero puede bendecir a Dios y glorificarle todavía más perfectamente, sometiéndose a su santa y amabilísima voluntad.

Mirad al cielo eterno y tan divino que Jesús os brinda. Cobrad ánimo y confianza.

¡Ah, qué contentos os sentiréis en el cielo de haber sufrido algo por nuestro Señor!

¡Oh cielo encantador! Comienzo ya a desearte, no para dejar de sufrir, sino para amar a Dios con mayor perfección. ¡Dios mío, me equivoco; es tan bello el sufrimiento! Muy singularmente el sufrimiento misterioso, callado, oculto bajo las apariencias de felicidad: ¡buen sufrimiento! Que os despoja de vosotros mismos, inmolándolos al amor puro de Jesús.

¡Animo! Pasa el tiempo, llega el cielo y con él Dios, en su amor eterno.__

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Regla práctica de la vida sobrenatural

“En el camino de la vida

 no adelantar es retroceder”

San Bernardo

Es ley del orden natural que la vida se manifiesta con el movimiento, lo cual ha llegado a ser un axioma. Así para definir la materia inerte y sin vida, se dice: es lo que no tiene movimiento. Todo ser vivo se mueve; hasta las plantas y los árboles se mueven con continuo movimiento de ascensión y de expansión; las mismas aguas, aunque carecen de vida, cuando les falta el movimiento se convierten en infectos pantanos, y ni el fuego podría durar sin la corriente de aire que hace subir las llamas hacia los cielos.

Otro tanto pasa en el orden intelectual. El que ya no aprende ni provoca cada día como un flojo y reflujo de su inteligencia a los conocimientos que ha de adquirir y de los conocimientos a la inteligencia, resultará ignorante; solo con el ejercicio se fortalece la memoria. Tiempo ha que se dijo esto, y con harta verdad por cierto.

¿Pasará también otro tanto en el orden sobrenatural? Sin género de duda que sí. La señal de nuestra vida sobrenatural será, por consiguiente, el movimiento hacia adelante, el progreso.

A lo que este progreso debe tender es a la perfección, y como nunca hemos de llegar a ella, nunca tampoco debe cesar. Las instrucciones que da Jesucristo sobre la perfección prueban que el progreso, el movimiento hacia delante, es necesario; así lo atestiguan sus expresiones; “Venid, seguidme; andad mientras tengáis luz”

Nuestra marcha espiritual ha de dirigirse, pues, hacia la perfección de Jesucristo, que es copia  perfecta y acabada de la perfección del mismo Dios: “Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto” Y como quiera que es imposible alcanzar nunca la plenitud consumada de esta perfección, estamos obligados a caminar siempre; nunca debemos dejar de trabajar creyendo haber llegado al término.

Ahora bien; los medios de perfección que Jesucristo nos propine consisten en observar la ley y los consejos.

Nunca hay que darse por satisfecho con lo que se tiene, sea cual fuere la condición en que uno se encuentra, sino progresar siempre. El cesar de progresar es señal cierta de decadencia y de muerte próxima, de la misma manera que una saeta que ya no sube, baja infaliblemente y cae en el polvo.

Si cuando acabáis de un lado, comenzáis por otro, dais señales seguras de que adelantáis. La prueba de lo que digo es que cuando os sentís fervorosos, sabéis muy bien decir: “es evidente, me falta esta virtud, ese vicio me afea” Y al punto os imponéis como un deber el extirparlo, sin dejar de trabajar hasta haber triunfado.

Si al contrario decís: no tengo empreño en practicar ninguna virtud en particular: prefiero estar bien dispuesto con unión general con nuestro Señor, no siento necesidad alguna de practicar tal o cual acto de virtud en particular: me contento con practicarlas todas en general, según se presenta la ocasión, ese es lenguaje de la pereza. Nunca querréis ver la ocasión.

No es la perfección cosa que se recoge con echar una vez la red, sino mina que solo a trechos muestra un filoncito y eso después de haber cavado hondo y por mucho tiempo.

Decía San Bernardo a sus religiosos: no se llega a la perfección sino particularizando y de detalle en detalle. Bien sabía el gran santo que después que el fervor nos ha hecho combatir con un enemigo preciso y particular, viene la tibieza a hacernos pactar en definitiva con todos, bajo pretexto de combatirlos todos a la vez, siquiera lo haga sin caer nosotros en la cuenta.

El único medio de escapar a ese ardid es volver a nuestra primera resolución particular. Vuelve a tus primeras obras, haz lo que hacías antes. No retrocedas, avanza. Desea sincera y eficazmente obrar cada vez mejor, en un temor eficaz de ofender a Dios, que nos lleva a evitar realmente las menores faltas con el mayor esmero.

No adelantar es retroceder, y retroceder equivale a estar muerto y haber perdido todo lo que con tanto trabajo se había adquirido.  Tomemos resoluciones muy precisas, muy determinadas para corregirnos de nuestros defectos o adquirir las virtudes que nos faltan; añadamos a esta primera medida un ardiente deseo de amar más y más y de evitar hasta las menores apariencias del pecado. Así progresaremos sin nunca pararnos, hasta llegar ala Patriacelestial, donde cesará todo progreso porque seremos absorbidos en Dios.

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La vida de la naturaleza y la vida de la Gracia

La vida de amor no es sino el vivir Jesucristo en nosotros. Su mayor enemigo es el amor propio. Así que tenemos en nosotros dos vidas, natural la una, y la otra sobrenatural. Si de veras queremos ser de Jesucristo, es preciso que ésta triunfe y que aquella sea vencida, cambiada, transformada en vida divina, en esa vida que anima al justo.

Veamos qué es la vida natural para después compararla con la de Jesús en nosotros, de lo cual inferimos cuan necesario nos es vivir con Jesús para vivir de El.

La ley de la vida natural es el espíritu propio, el espíritu personal, su divisa es: todo para mí; sus medios, lo que le proporciona la sabiduría humana; sus luces, las de la razón natural; su fin, todo para mí y para el momento presente.

La ley de la vida sobrenatural, al contrario, es el espíritu de fe; sus medios, la gracia de Jesucristo y su ley; su fin, la gloria de Dios. Es lo que decía San Agustín: “La ciudad del mundo comienza por amar a Dios, y acaba odiándose a sí misma”

La vida natural se encuentra por dondequiera, y se la conoce por estos caracteres:

1° Naturaliza todo cuanto puede las acciones sobrenaturales. Las comenzamos por Dios y las acabamos por nosotros mismos; hemos dejado que nuestras miradas se desvíen y nuestra intención se vicie, de suerte que nuestros actos no son ya cabales ni perfectos a los ojos de Dios. La diferencia entre dos actos radica, por consiguiente, en la intención: la una, hecha por Dios, es santa y divina, en tanto que la otra, hecha para nosotros mismos, resulta inútil para el cielo y acaba con nosotros.

2° Naturaliza las virtudes cristianas y religiosas. Puede uno muy bien hacer actos de todas las virtudes morales, sin que haya una sola de entre ellas que cuente ante Dios. Es una verdad que enseña la experiencia. ¡Qué desdicha! La falta de elemento sobrenatural vicia nuestras virtudes y las torna estériles: les falta el estar unidas a la divina vid, sin cuya savia nada podemos para el cielo.

3° Somos naturales en nuestras gracias de piedad y de vocación cuando andamos sólo en pos del honor, de la dulzura, de la gloria, y rehusamos el sacrificio que nos ofrecen y nos piden.

4° Naturalizamos el amor de Jesucristo cuando le amamos por nosotros mismos; en lo que nos halague y redunde en gloria nuestra, y no en lo que nos humille y nos mantenga ocultos; cuando nos amamos a nosotros mismos en Jesucristo.

5° Hasta enla Comuniónse nos desliza el elemento natural, cuando en lugar de buscar la fuerza y la virtud que contiene, solo andamos tras la dulzura, el reposo y el goce que nos pueda proporcionar.

La naturaleza es de suyo astuta y a sí misma se propone siempre por fin.  Es grande la astucia del amor propio y sabe ocultar sus artimañas; se esconde, se disfraza bajo buenas apariencias, y como en todo lo que hacemos hay algo bueno, como también algo malo, nos muestra solo lo bueno, creemos obrar por celo puro y desinteresado, siendo así que es el amor propio el que nos mueve.

Prácticamente la norma de la naturaleza es buscarse a sí misma y tender a gozar. En esto la conoceréis, así como también en el fin que se propone, pues ambiciona descansar siempre y no depender de nadie, obra con rapidez por librarse cuanto antes; solo lo que le place hace con gusto.

Un santo, un varón, una mujer sobrenaturales son austeros en el deber.

Lo natural halla medio de hacer humana una vida divina y natural una vida de fe, de sustituir el amor de Dios por el amor propio, de reemplazar el cielo por la tierra.

Es por lo mismo necesario revestirnos de la vida sobrenatural de Jesús en el juzgar y en el obrar, en los efectos, en todos los estados del alma.

1° Los pensamientos del hombre natural van inspirados en el yo y se enderezan al yo, porque todo pensamiento natural procede del amor propio, que no se mueve sino conforme al interés de las pasiones.

Al contrario el hombre sobrenatural tiene su mira puesta en Dios. ¿Qué piensa Jesucristo de esto o de aquello? se pregunta, y así conforma su pensamiento con el del Maestro. Piensa con arreglo a la gracia de Dios; tiene así como un instinto divino con el que discierne los pensamientos naturales y terrestres, penetrándolos y desbaratando sus ocultos designios; y si por ventura llega a seguirlos por algún momento, experimenta cierta pena y desorden interior que le advierten que tiene que levantar el corazón hacia lo alto.

2° El que obra naturalmente juzga de las cosas según las sugestiones de los intereses personales, del amor propio, del bienestar, de la sensualidad, rechazando, combatiendo o mostrándose indiferente.

La persona espiritual para juzgar se fija en Jesucristo, en su palabra cuando ha hablado, o bien en los ejemplos que ha dejado; y cuando todas estas voces se callan, consulta la gracia del momento.

3° En su conducta el hombre natural no se presta más que a los que es simpático. ¿Qué gano con esto o con aquello? Quiere gozar de lo presente y hasta cuando trabaja.

El hombre sobrenatural obra para Dios y no para sí. No se encierra en el acto mismo, sino que mira a Dios sin adherirse a otra cosa que al fin superior que le mueve a obrar. No se para en la acción, sino en el fin de la acción, que es Dios.

Por eso es siempre libre de sus actos. Solo la divina voluntad del momento decide lo que debe hacerse, obrando o dejando de obrar según lo que dicte. Como a sólo Dios busca, le encuentra el todo.

Además está dotado del instinto de lo que agrada más a Dios. Que se le presenten dos cosas por hacer: pronto discierne la mejor y más agradable a Dios.

4° Por último, el hombre natural se apega servilmente a los estados interiores que le son simpáticos, como disfrute de paz en la oración, no aun para cumplir con la obediencia o la caridad querrá dejarla; así también para los demás estados de alma o de vida en que se encuentra: para quedarse tranquilo, rechaza todos los que sean contrarios  a su bienestar natural.

El sobrenatural ama todos los estados en que Dios le pone y de todos ellos saca bienes, pues sabe encontrar en los mismos la gracia, la virtud y la gloria de Dios. En una palabra vive de Jesucristo. Jesucristo es su medio divino. Además vive de Jesucristo y en Jesucristo, formando sociedad de vida con El.

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El espíritu de Jesucristo

 Al examinarnos atentamente no podemos menos de reconocer que lo natural vuelve sin cesar y trata de sojuzgarnos en la menor ocasión; que el entendimiento anhela de continuo entregarse a su ligereza, a su actividad, a su nativa curiosidad; el corazón a sus preferencias y humanos afectos; que la voluntad, tan tenaz en lo que hace por gusto y libremente, es flaca tratándose de seguir la inspiración de Dios; que el alma entera, poco ha tan sosegada y recogida en la oración, en un instante pierde su recogimiento y ya no piensa en Dios. En las relaciones con el prójimo se olvida de Dios. Así es nuestro natural cuando no está muerto, ni domado, ni ligado lo bastante para que no se escape en todo momento.

¡Pobre árbol espiritual falto de raíces! Somos como esas plantas de cálido invernadero que no pueden sacarse al aire libre sin que se marchiten o queden heladas. Lo cual demuestra que nuestra vida interior es ficticia, artificial, viva tan solo ante el fuego de la oración, helada tan pronto como se nos deja a nosotros mismos o nos damos a las ocupaciones exteriores.

¿De donde procede esto? De dos causas. La primera es que no nos alimentamos espiritualmente de lo que hacemos. Si estudiamos no es por devoción, sino por celo, por actividad natural; en el trato con el prójimo, nos disipamos en lugar de aprovecharnos de la ocasión de trabajar por Dios. Nuestras ocupaciones son, por lo mismo, al modo de la fiebre que nos debilita y consume. Es menester trabajar, pero alimentándonos de la virtud propia del trabajo que traemos entre manos, haciéndolo por espíritu de recogimiento en Dios y viendo en él el cumplimiento de una orden suya, diciendo como poseídos de su santísima voluntad antes de cada acto: Voy a honrar a Dios con esta obra.

La segunda causa es que no tenemos un centro donde retirarnos para reparar nuestras fuerzas y renovarlas a medida que las vamos gastando. Corremos como torrente; nuestra vida no es sino movimiento y ruido de pólvora.

Lo que nos hace falta es el sentimiento habitual  de la presencia de Dios, o de su gloria, o de su voluntad, o de su misterio, o de una virtud; en una palabra, nos hace falta el sentimiento de Jesucristo, el vivir bajo sus ojos, bajo su inspiración, del propio modo que El vivía de la unión con su Padre.

Esa unión de Jesús con su Padre se manifiesta en sus palabras y actos. En sus palabras: “No hablo por mí mismo”. “Os he hecho saber cuanto he oído a mi Padre” Así en una sola palabra dice Jesucristo por sí mismo, sino que escucha al Padre, le consulta y luego repite fielmente su divina contestación, sin añadir ni quitar nada. No es sino la palabra del Padre: Verbum Dei, la cual repite con respeto, pues es santa, y con amor por ser una gracia de su bondad; con eficacia por cuanto ha de santificar al mundo y crearlo de nuevo en la luz y en la verdad, calentarlo con el fuego del amor y un día juzgarlo. Por eso eran espíritu y vida las palabras de Jesús, que calentaban como un fuego misterioso. Era omnipotente: “si mis palabras permanecen en vosotros, bien podéis pedir cuanto queráis, que se os concederá todo” Las palabras salían de Jesús como los rayos salen del sol, para alumbrar las tinieblas interiores.

He aquí lo que debemos ser para el prójimo, la palabra de Jesucristo. Eso fueron los apóstoles y también los primeros cristianos, pues el Espíritu Santo hablaba por su boca ante los paganos; eso recomienda San Pablo a los fieles: Que la palabra de Jesucristo habite con abundancia en vuestros corazones.

Es preciso, por consiguiente escuchar a Jesús cuando habla dentro de nosotros mismos, comprender y repetir su palabra interior; y escucharla con fe, recibirla con reverencia y amor; transmitirla con fidelidad y confianza, con dulzura y fuerza. Desgraciadamente, cuán poco nos hemos inspirado hasta el presente en la palabra de Jesucristo, y cuan a menudo, al contrario, en el afecto natural del prójimo. De este modo nuestras palabras resultan estériles, inconsideradas y hartas veces culpables.

El Padre inspiraba todas las acciones de Jesucristo y regulaba hasta sus menores detalles: “por mí mismo no hago nada” Nuestro Señor cumplía la voluntad de su Padre hasta en las cosas más menudas e insignificantes.

Pues este es también el deber de un verdadero servidor de Jesucristo, de un alma que se alimenta de El y tan a menudo lo recibe. ¿No es ya una gran dicha tener nada más que a Jesús como dueño y ver que se sujeta a dirigirme en todo e inspirar los menores detalles de mis acciones? ¿Por qué no habría de hacer lo que El hace y del modo y con la intención con que El lo hace, puesto que soy aprendiz suyo.

Si obráramos así, gozaríamos de libertad, paz y unión con Dios, no nos concentraríamos en lo que hacemos sino que permaneceríamos en Jesús por más que trabajáramos exteriormente; no tendríamos apego sino a lo que quiere nuestro Señor y todo el tiempo que El lo quiera.

 

Más para esto hace falta un cambio de gobierno, de jefe, de principio. En nuestra vida hace falta una revolución, pero una revolución completa que encadene y crucifique al hombre viejo; hace falta en suma, que dejemos la dirección de nuestra vida en manos de nuestro Señor y que nos contentemos con obedecerle.

Sin esta entrega de las facultades, de nuestra voluntad y de nuestra actividad, Jesús no vive en nosotros con vida actual. Nuestras acciones siguen siendo nuestras con algo de mérito; estamos unidos con El por medio de la gracia habitual y no por el amor actual, vivo y eficaz; no podemos decir con toda verdad y toda la profunda significación que encierra: “Ya no vivo yo, Jesucristo vive en mí

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25 de julio, Santiago el Mayor, Apóstol

El nombre Santiago, proviene de dos palabras Sant Iacob. Porque su nombre en hebreo era Jacob. Los españoles en sus batallas gritaban: “Sant Iacob, ayúdenos”. Y de tanto repetir estas dos palabras, las unieron formando una sola: Santiago.

Fue uno de los 12 apóstoles del Señor.

Era hermano de San Juan evangelista. Se le llamaba el Mayor, para distinguirlo del otro apóstol, Santiago el Menor, que era más joven que él. Con sus padres Zebedeo y Salomé vivía en la ciudad de Betsaida, junto al Mar de Galilea, donde tenían una pequeña empresa de pesca. Tenían obreros a su servicio, y su situación económica era bastante buena pues podían ausentarse del trabajo por varias semanas, como lo hizo su hermano Juan cuando se fue a estarse una temporada en el Jordán escuchando a Juan Bautista.

Santiago formó parte del grupo de los tres preferidos de Jesús, junto con su hermano Juan y con Simón Pedro. Después de presenciar la pesca milagrosa, al oír que Jesús les decía: “Desde ahora seréis pescadores de hombres”, dejó sus redes y a su padre y a su empresa pesquera y se fue con Jesucristo a colaborarle en su apostolado. Presenció todos los grandes milagros de Cristo, y con Pedro y Juan fueron los únicos que estuvieron presentes en la Transfiguración del Señor y en su Oración en el Huerto de Getsemaní. ¿Por qué lo prefería tanto Jesús? Quizás porque (como dice San Juan Crisóstomo) era el más atrevido y valiente para declararse amigo y seguidor del Redentor, o porque iba a ser el primero que derramaría su sangre por proclamar su fe en Jesucristo. Que Jesús nos tenga también a nosotros en el grupo de sus preferidos.

Cuenta el santo Evangelio que una vez al pasar por un pueblo de Samaria, la gente no quiso proporcionarles ningún alimento y que Santiago y Juan le pidieron a Jesús que hiciera llover fuego del cielo y quemara a esos maleducados. Cristo tuvo que regañarlos por ese espíritu vengativo, y les recordó que El no había venido a hacer daño a nadie sino a salvar al mayor número posible de personas. Santiago no era santo cuando se hizo discípulo del Señor. La santidad le irá llegando poquito a poco.

Otro día Santiago y Juan comisionaron a Salomé, su madre, para que fuera a pedirle a Jesús que en el día de su gloria los colocara a ellos dos en los primeros puestos: uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús les dijo: “¿Serán capaces de beber el cáliz de amargura que yo voy a beber?” Ellos le dijeron: “Sí somos capaces”. Cristo añadió: “El cáliz de amargura sí lo beberán, pero el ocupar los primeros puestos no me corresponde a Mí el concederlo, sino que esos puestos son para aquellos para quienes los tiene reservado mi Padre Celestial”. Los otros apóstoles se disgustaron por esta petición tan vanidosa de los dos hijos de Zebedeo, pero Jesús les dijo a todos: “El que quiera ser el primero, que se haga el servidor de todos, a imitación del Hijo del hombre que no ha venido a ser servido sino a servir”. Seguramente que con esta lección de Jesús, habrá aprendido Santiago a ser más humilde.

Después de la Ascención de Jesús, Santiago el Mayor se distinguió como una de las principales figuras entre el grupo de los Apóstoles. Por eso cuando el rey Herodes Agripa se propuso acabar con los seguidores de Cristo, lo primero que hizo fue mandar cortarle la cabeza a Santiago, y encarcelar a Pedro. Así el hijo de Zebedeo tuvo el honor de ser el primero de los apóstoles que derramó su sangre por proclamar la religión de Jesús Resucitado.

Antiguas tradiciones (del siglo VI) dicen que Santiago alcanzó a ir hasta España a evangelizar. Y desde el siglo IX se cree que su cuerpo se encuentra en la catedral de Compostela (norte de España) y a ese santuario han ido miles y miles de peregrinos por siglos y siglos y han conseguido maravillosos favores del cielo. El historiador Pérez de Urbel dice que lo que hay en Santiago de Compostela son unas reliquias, o sea restos del Apóstol, que fueron llevados allí desde Palestina.

Es Patrono de España y de su caballería. Los españoles lo han invocado en momentos de grandes peligros y han sentido su poderosa protección. También nosotros si pedimos su intercesión conseguiremos sus favores.

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26 de julio, Santos Joaquin y Ana, Padres de la Santísima Virgen María.

El protoevangelio de Santiago cuenta que los vecinos de Joaquín se burlaban de él porque no tenía hijos. Entonces, el santo se retiró cuarenta días al desierto a orar y ayunar, en tanto que Ana (cuyo nombre significa Gracia) “se quejaba en dos quejas y se lamentaba en dos lamentaciones”. Un ángel se le apareció y le dijo: “Ana, el Señor ha escuchado tu oración: concebirás y darás a luz. Del fruto de tu vientre se hablará en todo el mundo”. A su debido tiempo nació María, quien sería la Madre de Dios. Esta narración se parece mucho a la de la concepción y el nacimiento de Samuel, cuya madre se llamaba también Ana ( I Reyes, I ). Los primeros Padres de la Iglesia oriental veían en ello un paralelismo. En realidad, se puede hablar de paralelismo entre la narración de la concepción de Samuel y la de Juan Bautista, pero en el caso presente la semejanza es tal, que se trata claramente de una imitación. La mejor prueba de la antiguedad al culto a Santa Ana en Constantinopla es que, a mediados del siglo VI, el emperador Justiniano le dedicó un santuario. En Santa María la Antigua hay dos frescos que representan a Santa Ana y datan del siglo VIII. En 1382, Urbano VI publicó el primer decreto pontificio referente a Santa Ana; por él concedía la celebración de la fiesta de la santa a los obispos de Inglaterra exclusivamente. La fiesta fue extendida a toda la Iglesia de occidente en 1584.

Invoquemos a estos hermosos Santos, pidiéndole especialmente por aquellos matrimonios que aún no pueden ser Padres. Imitemos la actitud de Joaquin, que no ceso de rezar pidiéndole a Dios que le concediera el maravilloso Don de la Paternidad.
Que el ejemplo de estos Santos nos motiven a vivir de cara al Padre, siempre invocando su cuidado y protección y cumpliendo con su Santa Voluntad.

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31 de julio, San Ignacio de Loyola

En 1534, a los 43 años de edad, San Ignacio obtuvo el título de maestro en artes de la Universidad de París. Por aquella época se unieron a Ignacio otros tres estudiantes de teología: Pedro Fabro, Francisco Javier, Laínez y Salmerón, que brillaban mucho en los estudios, Simón Rodriguez y Nicolás Bobadilla. Estos hicieron votos de castidad, pobreza y de predicar el Evangelio a Palestina, y si esto último resultaba imposible, de ofrecerse al Papa para que los emplease en el servicio de Dios cómo y dónde mejor lo juzgase. La ceremonia tuvo lugar en una capilla de Montmartre, donde todos recibieron la comunión de manos de Pedro Fabro, quien acababa de ordenarse sacerdote. Era el día de la Asunción de la Virgen de 1534. También resolvieron que si alguien les preguntaba el nombre de su asociación, responderían que pertenecían a la Compañía de Jesús, porque estaban dispuestos a luchar contra el error y el vicio bajo el estandarte de Cristo. Así, pusieron de manifiesto su espiritualidad militante.

Paulo III aprobó la Compañía de Jesús por una bula emitida el 27 de septiembre de 1540. Ignacio fue elegido primer general de la nueva orden y, algunos días más tarde, todos los miembros hicieron los votos en la basílica de San Pablo Extramuros.

La actividad de la Compañía de Jesús en Inglaterra es un buen ejemplo del importantísimo papel que desempeñó en la contrarreforma. Ese movimiento tenía el doble fin de dar nuevo vigor a la vida de la Iglesia y de oponerse al protestantismo. “La Compañía de Jesús era exactamente lo que se necesitaba en el siglo XVI para contrarrestar la Reforma. La revolución y el desorden eran las características de la Reforma. La Compañía tenía como características la obediencia y la más sólida cohesión. Se puede afirmar, sin pecar contra la verdad histórica, que los jesuitas atacaron, rechazaron y derrotaron la revolución de Lutero y, con su predicación y dirección espiritual, reconquistaron a las almas, porque predicaban sólo a Cristo, a Cristo crucificado.

Una de las obras más fecundas de San Ignacio fue el libro de los “Ejercicios Espirituales”. Empezó a escribirlo en Manresa y, lo publicó en Roma, en 1548, con la aprobación del Papa. Los Ejercicios cuadran con la tradición de santidad de la Iglesia. Lo nuevo en el libro de San Ignacio es el orden y el sistema de las meditaciones. Si bien, las reglas y consejos que da el santo en su obra se hallan diseminados en las obras de los Padres de la Iglesia, San Ignacio tuvo el mérito de ordenarlos metódicamente y formularlos con perfecta claridad. El fin específico de los Ejercicios es llevar al hombre a un estado de serenidad y despego terrenal para que pueda elegir “sin dejarse llevar por el placer o la repugnancia. Así, el principio que guía la elección es únicamente la consideración de lo que más conduce a la gloria de Dios y a la perfección del alma”. Como lo dijo Pío XI, el método ignaciano de oración “guía al hombre por el camino de la propia abnegación y del dominio de los malos hábitos a las más altas cumbres de la contemplación y el amor divino”.

Durante los 15 años que duró el gobierno de San Ignacio, la orden aumentó de diez a mil miembros y se extendió en nueve países europeos, en la India y en Brasil.

San Ignacio, dice Papini, es el más católico de los santos. Era un gran asceta y a la vez gran místico, como San Juan de la Cruz. ¡Que vil me parece la tierra cuando contemplo el cielo!, exclamaba San Ignacio. Tuvo como nadie el don de lágrimas en la celebración de la Misa, como se ve en su diario. Es amoroso, no sentimental. Vive la mística del servicio. Su virtud preferida es la obediencia (es la forma concreta de practicar la humildad en su pensamiento).

En su mesa sólo tenía el Nuevo Testamento y el Gersoncito “la perdiz de los libros espirituales” (el Kempis). San Ignacio, Caballero Andante a lo Divino, murió el 31 de Julio de 1556. Fue canonizado por Gregorio XV el 1622 y esperemos que pronto sea proclamado Doctor de la Iglesia Universal por la fecundidad y difusión de su Ejercicios Espirituales.

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El Triunfo de Jesucristo por la Eucaristía

“Jesucristo vence, reina, impera; El libra a su pueblo de todo mal.”

El Papa Sixto V hizo grabar estas palabras en el obelisco que se levanta en medio de la plaza de San Pedro en Roma.

Estas magníficas palabras se hallan en presente, y no en pretérito, para indicarnos que el triunfo de Jesucristo es siempre actual, y que este triunfo se obtiene por la Eucaristía y en la Eucaristía.

Christus vincit. Cristo vence

Jesucristo ha combatido, y ha quedado dueño del campo de batalla; en él tremola su estandarte y en él ha fijado su residencia: la Hostia santa, el tabernáculo eucarístico.

Venció al judaísmo y su templo, y sobre el monte clavario se levanta un tabernáculo ante el cual le adoran todas las naciones bajo las especies del Sacramento.

Venció al paganismo… y la ciudad de los césares ha sido elegida por El para hacerla su propia capital.

Ha vencido la falsa sabiduría de los que se tenían por sabios, y, ante la Eucaristía que se levanta sobre el mundo difundiendo sus rayos por todo él, huyen las tinieblas como  las sombras de la noche al aproximarse la salida del sol. Los ídolos rodaron por el suelo y fueron abolidos sus sacrificios: Jesucristo en la Eucaristía es un conquistador que nunca se detiene, marchando siempre adelante: se ha propuesto someter el mundo a su dulce imperio.

Christus regnat. Jesucristo reina

Jesús no reina sobre los territorios, sino sobre las almas; reina por la Eucaristía.

El dominio efectivo de un rey consistirá en que sus súbditos guarden sus leyes y le profesen un amor verdadero.

Ahora bien: la Eucaristía es la ley del cristianismo: ley de caridad, de amor, promulgada en el cenáculo por aquél admirable discurso que Jesús pronunció después de la cena: “Amaos los unos a los otros, este es mi precepto. Amaos como yo os he amado. Permaneced en mí y observad mis mandamientos”

Ley que se hace íntima en la Comunión: como los discípulos de Emús, el cristiano ve entonces claro y comprende la plenitud de la ley.

La fracción del pan era lo que hacía a los primeros cristianos tan fuertes contra sus perseguidores, y tan fieles en practicar la ley de Jesucristo: “perseveraban en la fracción del pan”.

La ley de Jesucristo es una, santa, universal, eterna: nada en ella se cambiará, ni nada debilitará su fuerza: la observa el mismo Jesucristo, su divino autor, y es Él quien la graba en nuestro corazón por medio de su amor. El mismo legislador es el que se encarga de promulgar su divina ley en cada una de nuestras almas.

Es una ley de amor: su reinado es la dulzura misma y sus verdaderos súbditos se someten a El en vida y en muerte, y mueren, si es preciso, antes que serle infieles.

Christus imperat.  Cristo manda

No hay rey que mande en todo el mundo. Cualquiera que este sea, tendrá en los otros reyes iguales que él. Pero Dios Padre dijo a Jesucristo: “Te daré en herencia todas las naciones”. Y Jesús, al enviar por el mundo a sus lugartenientes, les dijo: “Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra: id y enseñad y mandad a todas las naciones”

Del cenáculo salieron sus órdenes, y el tabernáculo eucarístico, que es una prolongación y una multiplicación del cenáculo, es el cuartel general del rey de los reyes. Aquí reciben sus órdenes todos los que defienden la buena causa.

Ante Jesús Eucaristía todos son súbditos, todos obedecen; desde el Papa, vicario de Jesucristo, hasta el último fiel.

Christus ab omni malo plebem sum defendat. Que Jesucristo nos defienda de todo mal.

La Eucaristía es el divino pararrayos que aparta de nuestras cabezas los rayos de la justicia divina. Jesús se ha multiplicado por todo el mundo y cubre y rodea toda la tierra con su presencia misericordiosa. La justicia divina no encuentra ya lugar donde pueda cumplir su oficio ni se atreve a ello.

Y contra el demonio, ¡qué protección eficaz! La sangre de Jesús que nos ha marcado nos hace terribles a Satanás, señalados con la sangre del cordero, no hay que temer ya al ángel exterminador.

La Eucaristía protege al culpable para que tenga tiempo de arrepentirse: en otros tiempos, los asesinos perseguidos por la justicia encontraban un lugar de refugio en las iglesias, de las cuales no los podían sacar para castigarles, y allí vivían a la sombra de la misericordia de  Jesucristo.

Sin la Eucaristía, sin ese calvario perpetuo, ¡cuantas veces la cólera divina habría estallado contra nosotros!

¡Y cuan desgraciados son los pueblos que se han quedado sin la Eucaristía! ¡Qué desamparados quienes la han abandonado y n acuden a Ella!

¡Qué tinieblas y qué anarquía reina en los espíritus, qué frialdad en los corazones!

A nosotros la Eucaristía nos libra de todos los males.

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Oración en la espera de un Hijo

Oh Señor, Padre nuestro,
te damos gracias por el don maravillosa
con el cual nos haces partícipes
de tu divina paternidad.
En este tiempo de espera, te pedimos:

protege este hijo nuestro,
lleno aún de misterio,
para que nazca sano a la luz del mundo
y al nuevo nacimiento del bautismo.
Madre de Dios, a tu corazón maternal confiamos nuestro hijo.

Amén.


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Como enseñar a rezar a los hijos

Hoy, en muchas de nuestras familias, ya no se reza. Y empiezan las justificaciones: nos da pena proponer a la familia; la oración parece algo forzado, artificial, no nos sale dentro; los hijos son demasiado pequeños o demasiado crecidos… Sin embargo, la oración en familia es hoy posible. El primer paso lo tiene quedar la pareja aprendiendo a orar ellos juntos. Una oración en pareja, sencilla, normal, sin demasiadas complicaciones, hace bien a la pareja creyente y es la base para asegurar la oración en los hijos.

Provocar el ambiente apropiado

La oración en familia pide un cierto clima. Algunas familias llegan a reservar en la casa un lugar o “rincón de oración” especialmente destinado para orar, como expresión de que se le deja a Dios un sitio en la casa. Es un rincón preparado con alguna Biblia, un Cirio, alguna planta, que se puede adornar de manera apropiado en algunos tiempos litúrgicos.

También se puede cuidar más lo que entra en el hogar (cierto tipo de revistas, videos, libros, cassettes, programas de TV). No es difícil hoy suscribirse alguna revista cristiana, comprar libros sanos y educativos para los hijos, Evangelios y Biblia para los niños, cassettes con grabaciones para orar, grabación del Rosario.

Se puede también introducir algún símbolo, imagen o signo religioso de buen gusto. Los lugares más apropiados son, sin duda, la sala de estar donde la familia se reúne para descansar, hablar o ver la tele, y las habitaciones de los hijos donde, entre otros pósters y objetos variados, pueden haber algunos te tipo religioso, algún recuerdo de la primera comunión o de la confirmación, los Evangelios, alguna imagen de Jesús.

Saber enseñarles

Antes que nada, es necesario que el niño vea rezar sus padres. Si ve a sus padres rezar sin prisas, quedarse en silencio, cerrar los ojos, ponerse de rodillas, desgranar las cuentas del Rosario, poner el Evangelio en el centro de la mesa después de haberlo leído despacio, el niño que capta y críticamente la importancia de estos momentos, percibe la presencia de Dios en el hogar como algo bueno, aprende un lenguaje religioso, palabras y signo que quieran grabados en su experiencia, aprende unas actitudes y se va despertando en el la sensibilidad religiosa.

Nada puede sustituir a esta experiencia. Pero, además, es necesario orar con los hijos. Los niños aprenden a orar rezando con su padres. Hay que hacerlo participar en la oración, que aprendan hacer los gestos, a repetir algunas fórmulas sencillas, algún canto, a estar en silencio hablando Dios. El niño ora como ve orar. Llegará un momento en el que el mismo podrá bendecir la mesa, iniciar una oración o leer el Evangelio con la mayor naturalidad. La oración queda grabada en su experiencia como algo bueno, que pertenece a la vida de la familia, como el reunirse, el hablar, el reír, el discutir o el divertirse.

Cuando era muy pequeño, esto es, desde la fecha que aún tengo recuerdos, no podía dormir si no se sentaba en mi cama junto a mi madre, yo soy el segundo de 6 hermanos, lo primero era oír algún cuento o alguna historia, y luego la infaltable oración antes de dormir. “Jesusito de mi vida, eres niño como yo, déjame ser tu amigo, yo te entrego mi corazón, y tu me das tu amor, cuídame al dormir por favor” o la bien conocida oración “Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”, luego me pergsinaba y a dormir.

Cuando conversamos de este tema entre adultos ya de mi edad, a muchos les trae bellos recuerdos esta costumbre, y no encontramos mucha explicación porque no es un hábito como lo fue antes.

Cuando asistimos a la Santa Misa, la proporción de edad de los fieles que vemos es mas o menos un setenta por ciento de adultos mayores, y en el treinta por ciento restante no son todos adolescentes, tal vez la minoría, creo que eso es consecuencia de esta falta de enseñanza de orar que tienen los niños, es una de las tantas razones por la cual debemos retomar esta costumbre tan bella, porque así se iniciaba la comunicación de los padres con los hijos, es el primer catecismo, es la primera enseñanza de amor por Jesús. No es esto nada de difícil, empecemos de nuevo.

Comencemos de una manera muy familiar y sencilla, oremos con nuestros hijos junto a su cama, ambos padres, y seguro que nuestros hijos y nosotros dormiremos con una gran paz interior. No busquemos ninguna oración complicada, lo más sencillo y natural posible y estaremos sembrando las más hermosas de las semillas en el corazón de nuestros hijos, y esta  podrá dar los frutos que el Señor no pide.

“En un jardín de hermosas flores, el Señor dejo caer una semilla, y encargo a su hijo el riego y el cuidado, así fue como germinó la mas bella de todas, el Señor la esta ahora esperando en su mesa sólo él sabe cuando, porque y para que” (PSADB-1990)

No olvidemos poner en un lugar destacado en la habitación donde duermen los niños, alguna imagen de Jesús, a mi me agrada más en las que esta en brazos de su Madre la Virgen María.

Importante que tengan a la vista algún recuerdo de su bautismo y luego si lo han hecho de su primera comunión. Una pregunta me he hecho siempre, ¿porque no se pone una foto del día de matrimonio en la habitación de los hijos?

Percibir la presencia de Dios, de Jesús, de la Virgen María, desde pequeño, nos reconforta y nos da paz, no hace sensible en nuestra fe, porque si los hijos por ejemplo observan a sus padres que están tomados de la mano, con los ojos cerrados en comunicación con Dios, seguro de que ellos harán lo mismo, y de verdad percibirán al Señor, recuerden que el no dijo, que si dos o mas se reúnen en mi nombre yo estaré dentro de ellos.

Creo que esta experiencia es imborrable en nuestros niños, Dios Padre, Dios Hijo, el Espíritu Santo, mi padre, mi madre, mis hermanos, junto a mí orando en casa, que confianza para quedar en las manos de Dios.

FUENTE: ACI Prensa. http://www.aciprensa.com

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Cultivar la fe en familia

Cada familia cristiana es una “comunidad de vida y de amor” que recibe la misión “de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa” (Juan Pablo II, “Familiaris Consortio” n. 17). Es una comunidad que busca vivir según el Evangelio, que vibra con la Iglesia, que reza, que ama.

Para vivir el amor hace falta fundarlo todo en la experiencia de Cristo, en la vida de la Iglesia, en la fe y la esperanza que nos sostienen como católicos.

En estas líneas queremos reflexionar especialmente sobre la responsabilidad que tienen los padres en el cultivo de la fe en la propia familia. No sólo respecto de los hijos, sino como pareja, pueden ayudarse cada día a conocer, vivir y transmitir la fe que madura en el amor y lleva a la esperanza.

Los hijos también, conforme crecen, se convierten en protagonistas: pueden ayudar y motivar a los padres y a los hermanos para ser cada día más fieles a sus compromisos bautismales.

Entre los muchos caminos que existen para cultivar la fe en familia, nos fijamos ahora en tres: la oración en familia, el estudio de la doctrina católica, y la vida según las enseñanzas de Cristo.

Muchas de las ideas que siguen son simplemente sugerencias o pistas de trabajo. La actitud de fondo que debe acompañarlas, el amor verdaderamente cristiano, da el sentido adecuado a cada una de las acciones que se lleven a la práctica. Un gesto realizado sin profundidad puede secar el alma, puede perder su eficacia. Es posible, sin embargo, iniciar algunos actos sin comprenderlos del todo, pero con el deseo de que nos conduzcan a una actitud profundamente evangélica, a un modo de pensar y de vivir que corresponda plenamente con lo propio de nuestra vocación cristiana.

1. La oración en familia

La oración es para cualquier bautizado lo que es el aire para los seres humanos: algo imprescindible.

Aprender a rezar toca a todos: a los padres, en las distintas etapas de su maduración interior; a los hijos, desde pequeños y cuando poco a poco entran en el mundo de los adultos.

La oración en la vida familiar tiene diversas formas. El día inicia con breves oraciones por la mañana. Por ejemplo, los padres pueden levantar a sus hijos con una pequeña jaculatoria; o, después de asearse o antes del desayuno,  todos rezan juntos una pequeña oración (el Padrenuestro, el Ave María, parte de un Salmo o del Magnificat, etc.).

Otras plegarias surgen de modo espontáneo, según las necesidades de cada día. La familia reza por el examen de selectividad, por la situación de la fábrica donde trabaja papá o mamá, por las lluvias, por el eterno descanso del abuelo…

Son muy hermosas aquellas oraciones que recogen la gratitud de todos y de cada uno. Esas oraciones pueden fijarse en los hechos más sencillos: ya funciona el frigorífero, tenemos pasteles para la merienda, se acercan las vacaciones. O pueden dar gracias por hechos más importantes: el amor entre papá y mamá ha sido bendecido con un nuevo embarazo, acaba de nacer un nuevo sobrino, el abuelo ha superado la pulmonía, un amigo ha ido a encontrarse con Dios…

El clima de oración se prolonga a lo largo del día. Para ello, ayuda mucho crear un hábito de “jaculatorias”, pequeñas oraciones espontáneas que dan un toque religioso a la jornada. “Señor, confío en Ti”. “Creo, Señor, ayúdame a creer”. “Te alabamos, Señor, porque eres bueno”. “Gracias, Señor, por esto y por esto”. “Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo”…

La hora de comer permite un momento de gratitud y de unión en la familia. ¡Qué hermoso es ver que todos, junto a la mesa, rezan! Algunos hogares recitan el Padrenuestro; en otros, los padres y los hijos se turnan para dirigir una oración espontánea antes de tomar los alimentos.

Otro momento de oración consiste en el rezo del Ángelus (se puede rezar hasta tres veces en la jornada, o si se prefiere al menos a medio día) y del Rosario.

Para los niños (y para algunos adultos también), a veces el Rosario resulta un poco aburrido. Los padres pueden ayudar a los hijos a descubrir la belleza de esta sencilla oración, quizá enseñándoles a rezar primero un solo misterio, luego dos, etc., y explicando el sentido de esta hermosa plegaria dirigida a la Madre de Dios y Madre de la Iglesia.

Cuando llega la noche, la familia busca un momento para dar gracias por el día transcurrido, para pedir perdón por las posibles faltas, para suplicar la ayuda que necesitan los de casa y los de fuera, los cercanos y los lejanos. Es muy hermoso, en ese sentido, aprender a rezar por las víctimas de las guerras, por las personas que pasan hambre, por los que viven sin esperanza y sin Dios.

La oración constante ha permitido a la familia, chicos y grandes, descubrir que la jornada, desde que amanece hasta la hora de dormir, tiene sentido desde Dios y hacia Dios. Todo ello prepara a vivir a fondo los momentos más importantes para todo católico: los Sacramentos.

Si el Sacramento de la Eucaristía es el centro de la vida cristiana, también debe serlo en el hogar. La familia necesita descubrir la belleza del domingo, la maravilla de la Misa, la importancia de la escucha de la Palabra, la participación consciente y activa en los ritos.

Participar juntos, como familia, en la misa del domingo es una tradición que vale la pena conservar. También cuando los hijos son pequeños. Los padres pueden enseñarles, poco a poco, el sentido de cada rito, las posturas que hay que adoptar, el respeto que merece la Casa de Dios. Son cosas que luego quedan grabadas en los corazones para toda la vida.

La semana se vive de un modo distinto si arranca del domingo y desemboca en el domingo. Durante la semana, la familia busca vivir aquello que ha escuchado, que ha vivido en la celebración eucarística dominical. A la vez, se prepara con el pasar de los días para el encuentro íntimo y personal con Cristo que tendrá lugar, Dios mediante, el domingo siguiente.

Ayuda mucho, en este sentido, hacer “visitas” a Cristo eucaristía durante la semana, de forma personal o en pequeños grupos (el padre o la madre con algunos hijos, varios hermanos juntos, etc.). También es muy provechoso, entre semana, recordar en casa cuál fue el evangelio del domingo anterior, o dar pistas para abrirse a los textos sagrados que serán leídos el domingo siguiente.

Además de buscar maneras para vivir mejor la Eucaristía, también es hermoso recordar el aniversario del bautismo de cada miembro de la familia. Si celebramos el nacimiento, ¿por qué no celebrar también el día en que empezamos a ser hijos de Dios y miembros de la Iglesia? Algo parecido podría hacerse con la confirmación, un sacramento que debemos valorar en toda su riqueza y que debemos tener muy presente en un mundo hostil al Evangelio.

En cuanto al matrimonio, el aniversario de bodas suele ser recordado por muchas familias católicas, incluso con la ayuda de algún día de retiro espiritual. En ese día, los esposos pueden renovar sus promesas matrimoniales, o hacer un momento de oración familiar con los hijos, quizá con la lectura en común de algún texto bíblico (por ejemplo, Tb 8,5-10, o Ef 5,21-33).

Un sacramento que merece ser vivido por todos los miembros de la familia es el de la Reconciliación (la confesión). Los niños quedan muy impresionados cuando ven a sus padres pedir perdón, de rodillas, en un confesionario. No es correcto, desde luego, recurrir a presiones para que se confiesen. Pero sí es hermoso enseñarles lo que es el pecado, lo grande que es la misericordia divina, y cómo la Iglesia pide que nos confesemos con frecuencia.

Un ámbito de la oración familiar se construye con la ayuda de imágenes de devoción. No basta con colocar aquí o allá un crucifijo, una imagen de la Virgen o el dibujo de algún santo. La imagen tiene sentido sólo si evoca y eleva los corazones a la oración y a la confianza en un Dios que está muy presente en la historia humana.

En algunos hogares existe un cuartito en el que se encuentra una especie de “altar de la familia”, donde todos se reúnen algún momento del día para rezar juntos, o donde cada uno puede dedicar un rato durante el día para meditar el Evangelio y dialogar de modo personal con Cristo. La tradición es hermosa, pues así es posible tener un lugar concreto donde todo ayuda a pensar en el Dios que tanto nos ama.

Existen otros modos para fomentar la oración en familia que se refieren a los tiempos litúrgicos. Por ejemplo, preparar un Belén en casa y tener ante el mismo momentos de oración y de cantos; ayudarse de la “Corona de Adviento” o de otras iniciativas parecidas para prepararse a la Navidad; dar un especial relieve a la Cuaresma como tiempo de oración, limosna y sacrificio; participar intensamente en la Semana Santa, de forma que permita a todos unirse íntimamente a Cristo; descubrir en familia el sentido gozoso de la Pascua y de Pentecostés, que ayude a participar del triunfo de Cristo y a descubrir la presencia del Espíritu Santo en lo más íntimo del corazón cristiano…

2. Aprender la fe en familia

Vivir en un clima continuo de oración abre los corazones al mundo divino. Esa apertura necesita ir acompañada por el estudio de todos, tanto de los padres como de los hijos, para conocer a fondo el gran regalo de la fe católica.

Los modos para lograrlo son muchos. La lectura y el estudio de la Biblia, especialmente de los Evangelios, resultan un momento esencial para conocer la propia fe. Para ello, hace falta recibir una buena introducción, sea a través de cursos en la parroquia, sea a través de la lectura de libros de autores católicos fieles al Papa y a los obispos.

Existe, por ejemplo, un curso de Biblia “on-line” del P. Antonio Rivero, que ofrece una buena ayuda para comprender mejor los libros sagrados. Se encuentra en http://es.catholic.net/conocetufe/804/2778/

De un modo más concreto, la familia en su conjunto o cada uno (según la propia edad) puede encontrar un momento al día para leer una parte del Evangelio. No se trata de una lectura simplemente informativa. Se trata de preguntarse, sencillamente, en un clima de oración: ¿qué quiere decirme Cristo con este texto? ¿Cómo ilumina mi vida?

Junto a la lectura de la Biblia, es necesario estudiar y conocer el “Compendio del Catecismo de la Iglesia católica” y, si fuera posible, también el mismo “Catecismo de la Iglesia católica”. El primero debería ser leído por los padres y, en la medida en que van creciendo, por los hijos. El segundo puede servir para ir más a fondo sobre temas importantes o ante dudas que puedan surgir. Los dos textos son ofrecidos en internet en la página del Vaticano, www.vatican.va.

La lectura del Catecismo permite conocer la fe católica en sus aspectos más importantes. Además, une a la familia con toda la Iglesia, al acercarse todos y cada uno a aquellas enseñanzas que nos permiten tener vivos y actualizados contenidos que no son simple “doctrina”, sino que nos ponen en contacto con Cristo y con su Cuerpo Místico: con el Papa, los obispos, los sacerdotes, los demás creyentes; con la Iglesia purgante (la que espera en el purgatorio) y con la Iglesia triunfante (que ya participa en el Banquete de Bodas del Cordero).

A través de estas lecturas, los padres estarán preparados para enseñar la doctrina católica en casa, si esto fuera posible. Si los hijos van a clases de catecismo en la parroquia o reciben clases de religión en la escuela, los padres ayudarán mucho a sus hijos para ver si han entendido bien, si tienen dudas. Les preguntarán los temas que están aprendiendo, no para “controlar”, sino para saber por dónde van en la catequesis y así ayudarles a vivir lo que les explicaron.

Por desgracia, en algunos lugares no se ofrece una buena enseñanza del catecismo a los niños. En otros, incluso, se les enseña ideas equivocadas. Toca a los padres velar para que la doctrina recibida por los hijos corresponda a lo que nos enseña la Iglesia y está contenido en el Catecismo. Si hace falta, pueden avisar al párroco de los errores que reciben sus hijos, o incluso al obispo, para que no se ofrezcan, bajo la apariencia de una “catequesis”, ideas confusas o contenidos claramente ajenos a nuestra fe católica.

Hemos mencionado la importancia de conocer a fondo la Biblia y el Catecismo. El estudio de la propia fe se enriquece a través de buenos libros, adaptados a cada edad. Unos serán cuentos navideños o novelas misioneras. Otros ofrecerán consejos para los adolescentes. Otros irán más a fondo sobre temas de fe, de ciencia, de moral.

Hacer un elenco de esos libros no resulta fácil. En catholic net hay un valioso arsenal de libros “on-line” (cf.http://es.catholic.net/biblioteca/). Podemos, además, recordar libros como los siguientes:

* P. Jorge Loring, “Para salvarte” (es posible encontrarlo en internet, o comprarlo como volumen).

* Mons. Tihámer Toth, “El joven de carácter” (también presente en internet).

Dos particulares ámbitos formativos se encuentran en los modernos medios de comunicación. Tenemos, en primer lugar, a los medios “clásicos” de noticias (televisión, radio, prensa). La familia no puede olvidar que en los mismos se ofrecen valoraciones sobre los hechos religiosos llenas de distorsiones o, incluso, de mentiras solapadas. Otras veces se escogen unos temas y se ocultan otros que tienen gran importancia para la vida de la Iglesia. Los padres deben conocer estos peligros y hacerlos presentes a sus hijos.

En segundo lugar, tenemos el mundo informático, especialmente internet (aunque no sólo). También aquí reina un enorme caos, y los temas religiosos son tratados en algunas páginas con mucha superficialidad, si es que no se cae en manipulaciones grotescas.

Los padres están llamados a educar a los hijos para tener un sano espíritu crítico. No se trata de aislarlos (hay temas que, a base de presión informativa, se convierten casi en “obligados”), pero sí de guiarlos para saber que no todo lo que se dice por ahí es verdad, y para comprender que los medios de comunicación no permiten alcanzar una imagen exacta de la Iglesia y de la vida ejemplar de miles y miles de buenos católicos.

Ayudará, en ese sentido, un doble esfuerzo. Por un lado, filtrar cualquier tipo de programas o de textos (escritos en papel o en la computadora) que presenten el mal como bien, que calumnien a personas o instituciones de la Iglesia, que promuevan incluso actitudes claramente antievangélicas (desenfreno, hedonismo, consumismo, odio racial o clasista, etc.).

Por otro, hay que saber individuar tantas (y son muchas, gracias a Dios) fuentes informativas sanamente católicas, que ofrecen la doctrina correcta (según el Catecismo) y que ayudan a conocer la actualidad del mundo y de la Iglesia en una perspectiva justa.

En ese sentido, es.catholic.net es una página que merece la pena ser conocida en sus distintas partes, así como otras páginas (la enumeración podría ser larga) donde la familia puede encontrar excelentes herramientas para la propia formación, incluso grabaciones de radio o pequeñas conferencias filmadas sobre la Iglesia, su historia, su doctrina, su vida actual.

En cuanto a la información católica, contamos con la que se ofrece con bastante puntualidad en www.vatican.va (la página del Vaticano), y con los servicios informativos de agencias como www.zenit.com.

Una presentación más amplia sobre este tema se encuentra en el estudio de Jorge Enrique Mújica, El rostro católico de internet en español (en  http://es.catholic.net/jorgemujica/articulo.php?tem=1430&id=34119).

3. Vivir el Evangelio en familia

Una fe sin obras, nos recuerda la Carta de Santiago, es estéril (cf. Sant 2,20). No entra en el Reino de los cielos el que dice “Señor, Señor”, sino el que cumple la Voluntad del Padre (cf. Mt 7,21).

La familia que reza, la familia que estudia su fe, también sabe vivir aquello que ha llevado a la oración, busca aplicar lo que ha conocido gracias a la bondad del Padre que nos ha hablado en su Hijo.

La mejor escuela para vivir como cristianos es la familia. Las indicaciones que podrían ofrecerse son muchísimas, como son muchas las enseñanzas morales que encontramos en la Biblia (los diez Mandamientos, el Sermón de la montaña, etc.) y que la Iglesia nos explica en la Tercera Parte del Catecismo. Como un resumen, el Catecismo enumera las 14 “obras de misericordia” (7 corporales y 7 espirituales) que ilustran ampliamente cuál es el modo de vivir según el Evangelio.

Para concretar un poco más cómo vivir evangélicamente, enumeremos algunos ámbitos en los que la familia se hace educadora en el arte de actuar como cristianos auténticos.

El primer ámbito, desde luego, es el de la propia familia. Vivir el Evangelio implica crear un clima en el hogar en el que se lleva a la práctica el principal mandamiento: la caridad. El amor debe ser el criterio para todo y para todos.

Ese amor se aprende, se hace vida, cuando los hijos ven cómo se tratan sus padres. Si los padres se aman profundamente, si saben darse el uno al otro como Cristo se dio por la Iglesia (cf. Ef 5,21-33), si saben perdonar hasta 70 veces 7 (cf. Mt18,22), si confían en la Providencia más que en las cuentas del banco (cf. Mt 6,24-34), si ayudan al peregrino, al hambriento, al sediento, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,33-40)… los hijos habrán encontrado en la familia un auténtico “Evangelio vivo”.

Aprenderán entonces a dar gracias, a ayudar al necesitado, a compartir sus objetos personales, a escuchar a quien desea hablar, a dar un consejo a quien tenga dudas (de matemáticas o de fe…).

La caridad debe ser el criterio para lo que uno hace y para lo que uno deja de hacer. Por ello, la misma caridad lleva al católico a mortificar los apetitos de la carne, a controlar las propias pasiones, a huir de aquellos estilos de vida que nos atan al mundo, que nos llevan al egoísmo y a alejarnos de Dios y del prójimo.

No hay verdadera vida cristiana allí donde no hay abnegación. Hay vida cristiana allí donde cada uno renuncia al propio “yo”, cuando aprende a desapegarse de lo material para abrirse confiadamente a la providencia del Padre de los cielos (cf. el texto que ya citamos de Mt 6,24-34).

Aprender lo anterior resulta clave para lograr una familia auténticamente cristiana. ¿De qué manera puede conocer un hijo cómo se vive el Evangelio si ve en sus padres rencillas, malas palabras, afición por el dinero, críticas continuas a otros familiares o conocidos? Al revés, el hogar en el que Cristo ha entrado realmente en los corazones se convierte en un continuo testimonio de aquella caridad que nos plasmó el Espíritu Santo en 1Cor 13.

Un “capítulo” que resulta no fácil se refiere a modos de comportarse y de vestir, a diversiones, a objetos de uso. La sociedad crea necesidades y los hijos sienten una presión enorme que les hace desear lo que tienen otros y hacer lo que “todos hacen”. Los padres de familia sabrán discernir entre cosas sanas (como deportes no peligrosos y capaces de promover un buen espíritu de equipo) y “necesidades” que son falsas y que pueden llevar a los hijos a la ruina personal, incluso a la triste desgracia del pecado. Luchar contra corriente puede parecer duro, pero vale la pena si tenemos ante los ojos el premio que nos espera: la amistad con Cristo.

El segundo ámbito para vivir evangélicamente surge cuando la familia se abre a los demás. Tratamos con personas muy distintas en las mil encrucijadas de la vida. El corazón que aprende a vivir como cristiano descubre en cada uno la presencia del Amor del Padre, el deseo de Cristo de acogerlo en el número de los amigos, la acción del Espíritu Santo que susurra en los corazones y que los guía hacia la Verdad completa.

Un cristiano necesita ver a todos “con los ojos de Cristo” (cf. Benedicto XVI, encíclica “Deus caritas est” n. 18). Porque lo que se hace al hermano más pequeño es hecho al mismo Cristo (cf. Mt 25,40). Porque todos estamos invitados a ofrecer y a recibir cariño. Porque no hay amor más grande que el de dar la vida los unos por los otros (cf. 1Jn 3,16).

Esta actitud se plasma en actos concretos, que van desde el “enseñar al que no sabe” (las obras de misericordia espirituales) hasta el “visitar y cuidar a los enfermos” (las obras de misericordia corporales).

Es importante lo que uno hace por el necesitado, y es importante la actitud con la que se hace. Sirve de muy poco una limosna hecha con un rostro apático. En cambio, muchas veces llega más al corazón necesitado una mirada llena de afecto que la medicina regalada (desde luego, hay que velar también para que el enfermo tenga sus medicinas…). Los hijos que ven en sus padres actitudes profundas y gestos sinceros de amor al prójimo aprenden, más allá de las palabras, lo que significa ver a Cristo en los hermanos.

Vivir el Evangelio llega hasta el heroísmo de amar al propio enemigo (cf. Mt 5,43-48). Hay hogares en los que nunca se escucha una palabra de odio o de amargura hacia quienes ofendieron en el pasado (quizá un pasado muy reciente) a alguno de los miembros de la familia. Incluso hay hogares en los que los hijos admiran a sus padres cuando saben acoger, con los brazos abiertos, a alguien que les hizo daño, mucho daño…

La actitud profunda de amor a los otros lleva al apostolado, al compromiso continuo por conseguir que muchos hombres y mujeres lleguen a conocer a Cristo.

Es muy hermoso, en ese sentido, descubrir a familias que se convierten en “misioneras”. Saben comunicar, con su testimonio y con palabras oportunas, que Dios ama a todos, que Cristo ofrece la Salvación, que la Iglesia es la barca regalada por Dios para acometer la travesía que nos lleva a la Patria eterna.

4. A modo de conclusión

En el V Encuentro Mundial de las Familias que tuvo lugar en Valencia (España), el Papa Benedicto XVI recordaba que “transmitir la fe a los hijos, con la ayuda de otras personas e instituciones como la parroquia, la escuela o las asociaciones católicas, es una responsabilidad que los padres no pueden olvidar, descuidar o delegar totalmente” (Benedicto XVI, 8 de julio de 2006).

El Papa añadía, de un modo muy hermoso y comprometedor, que “la criatura concebida ha de ser educada en la fe, amada y protegida. Los hijos, con el fundamental derecho a nacer y ser educados en la fe, tienen derecho a un hogar que tenga como modelo el de Nazaret y sean preservados de toda clase de insidias y amenazas”.

Cuando un hijo pequeño empieza a preguntar a sus padres cómo es Dios, surge en algunos hogares una cierta inquietud: ¿estaremos preparados para introducir al hijo en el mundo del Evangelio? ¿Seremos capaces de ofrecer a los hijos un hogar semejante al de Nazaret?

Las preguntas inocentes del niño pueden convertirse en una ayuda providencial por la que Dios se vale para mover a los padres a elevar una oración confiada, para abrirse a la ayuda divina a la hora de afrontar con mayor entusiasmo sus compromisos como esposos llamados a la tarea de educar a los hijos en la fe.

“Padre Santo, los hijos que han nacido de nuestro amor existen porque Tú los amas desde toda la eternidad. Enséñanos a cuidarlos siempre con cariño exigente y con exigencia cariñosa. Danos luz y consejo para que podamos transmitirles las palabras de tu Hijo. Ayúdales a vivir según tu Amor. Protégelos de los peligros del mundo. Sobre todo, permítenos ser, como esposos y como padres, ejemplos limpios y alegres de tu bondad y de tu misericordia. Para que así, algún día, podamos cantar tu gloria, todos juntos, como familia, en el lugar que Cristo nos ha preparado en el cielo. Amén”.

FUENTE: http://www.aciprensa.com

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Dios está allí

“Verdaderamente está Dios aquí y yo no lo sabía” (Gen XXVIII,16)

A nuestro Señor le debemos respeto; es nuestra primera obligación; y este respeto debe ser espontáneo, no razonado, respeto instintivo, que salga del corazón, y si no, señal que nos falta en algún sentido.

Este respeto es como una impresión. Hay que honrar a Jesucristo dondequiera que se halle, como lo exige su dignidad de hombre-Dios. Ante su nombre se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos.

En el cielo se prosternan los ángeles ante su majestad divina y le adoran temblorosos. Allí donde se ostenta glorioso nuestro señor Jesucristo es también el lugar de su soberano respeto.

Por lo demás, el respeto a nuestro Señor presente enla Eucaristíano debe razonarse. Se anuncia la llegada del rey o de su corte: todos se levantan como por instinto.

Pasa el soberano: todos le aplauden produciéndose un movimiento espontáneo de respeto y deferencia; y su alguno no participa de estos sentimientos, o procura que no los tengan los demás, ese tal no puede considerarse como hombre.

¡Cuánto tenemos que avergonzarnos los católicos de la falta de respeto en la presencia de nuestro Señor!

Si se entra en una sinagoga con actitud irreverente o hablando, pronto os sacan a la calle. Si se quiere entrar en una mezquita, es obligatorio sacarse el calzado. Y ellos no tienen la presencia real de quien adoran. Por ello mismo, se deduce que el respeto que ellos tienen a su templo, supera en mucho al nuestro.

A una madre no le agradaría que sus propios hijos la desconociesen en público. Y esa conducta heriría vivamente el corazón. ¿Por qué lo hacemos así con Jesucristo?

Ofrezcamos a nuestro señor Jesucristo este primer homenaje de afectuoso respeto cuando estemos en su presencia.

El que tiene fe no desconoce adonde va: esto es, a la iglesia, a nuestro señor Jesucristo. Al entrar allí dice, con San Bernardo: “…tengo necesidad de acercarme a Dios para confortar mi espíritu”

Obrad de igual manera. Pues sabéis el tiempo que habéis de permanecer enla Iglesia, dejad todo lo demás. Si venís a orar no es para arreglar vuestros negocios. Y si las distracciones, la disipación del espíritu y las preocupaciones os zarandean, desechadlas fuera de la puerta y no os inquietéis por ello; continuad allí respetuosos y ofreceos como en satisfacción por vuestras culpas; adoptad en lo posible una postura más digna y que nuestro señor vea que detestáis vuestras distracciones: así, ya que no con el espíritu, por vuestro porte exterior daréis testimonio de su divinidad, de su presencia, y aunque esto solo hiciereis, ya sería mucho.

Veamos lo que hace un santo al entrar en una iglesia: para nada se cuida de los que están allí, y todo lo olvida para no ver más que a nuestro señor Jesucristo. ¡A Dios solo todo honor y gloria! Sigamos esta conducta: en la iglesia no hay más que Dios nuestro señor.

Después de haber entrado, permaneced en reposo algunos momentos; el silencio es la mayor demostración del respeto que se tiene, y éste la primera disposición para la oración. La mayor parte de las veces, la sequedad que tenemos en la oración y la falta de fervor en nuestras devociones provienen de que al entrar en el templo hemos faltado al respeto debido a nuestro Señor, o de que nuestra compostura no es tan respetuosa como debiera.

Formemos una firme resolución de no faltar el respeto. ¿Habrá necesidad de probar la presencia de nuestro señor Jesucristo cada vez que entramos en la iglesia o tendrá que enviar un ángel para decirnos que está allí?

Debemos a nuestro señor Jesucristo el respeto exterior, es decir, la oración del cuerpo: nada contribuye como esto a que el alma haga bien la oración. Ved con qué religioso celo ha prescritola Iglesiahasta los más insignificantes detalles del culto externo. Es que esa oración es muy gloriosa para nuestro señor Jesucristo. El mismo nos dio ejemplo orando de rodillas y, según la tradición con los brazos extendidos y levantados al cielo. Los apóstoles nos transmitieron ese modo de orar y los sacerdotes lo emplean en el santo Sacrificio.

Es necesario orar obligándose a tomar una postura respetuosa.

La negligencia en cuanto a la disposición del cuerpo debilita la disposición del alma, mientras que una postura mortificante la fortifica y la ayuda; no debéis adoptar una actitud que, por lo incómoda, os haga sufrir demasiado, pero sí una que sea realmente seria. No os permitáis nunca en presencia de nuestro Señor posturas familiares. Amad, sed tiernos y afectuosos; pero nunca os permitáis familiaridades, que rayan la irreverencia al presentarnos delante de Dios.

No toméis posturas que debilitan las disposiciones del alma, haciéndola menos apta para orar.

Seamos soldados del Dios de la Eucaristía; y si nuestro corazón no arde en amor, que nuestro cuerpo al menos, atestigüe nuestra fe y el deseo que tenemos de amar y de adorar bien.

Hagamos orar a nuestro cuerpo en unión con la adoración del espíritu. Formemos todos el cortejo de nuestro rey Jesús. Grabemos bien esta idea en la mente:

¡¡¡Nuestro Señor está aquí presente!!!

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